lunes, 1 de septiembre de 2008

Homilía de las Bodas de oro de mis padres

Para empezar tras el período vacacional os entrego esta homilía, que prediqué en la Misa de celebración de las bodas de oro de mis padres.
16-VIII-2008 50 ANIVERSARIO DE MATRIMONIO

Homilía de audio en MP3
Homilía de audio en WAV

Queridos hermanos:
A la hora de preparar esta homilía del 50 aniversario de las bodas de mis padres se me ocurrió hacerlo sobre cuatro palabras: gracias, perdón, recuerdo y fuerza o fortaleza. Estas cuatro palabras resumen el matrimonio de mis padres y también cuatro palabras que resumen nuestra vida, cualquiera vida humana:
- Gracias. Mis padres tienen que dar gracias ante todo a Dios. Tienes que dar gracias a Dios, porque les ha puesto en el camino uno ante el otro y viceversa. Su vida hubiera podido ser mejor o pero, pero seguro que, si no se hubieran conocido, hubiera sido muy distinta. Por lo tanto, Sabina y Emeterio tenéis que dar gracias a Dios, porque os puso en el camino mutuo e hizo surgir entre vosotros el amor, el cariño y la idea de pasar toda vuestra vida juntos. Gracias a Dios.
Gracias también a Dios, porque ha hecho posible, no sólo el que os conocierais, sino que también El os ha ido acompañando durante todos los años de vuestra vida: antes de casaros y después de casaros. Seguramente, en el momento en que pasaron las cosas, a lo mejor no fuisteis capaces de reconocerlo, de reconocer la presencia de Dios, pero, ahora que uno mira para atrás, uno ve claramente cómo siempre, siempre Dios estuvo a vuestro lado: ante tanta enfermedad, ante accidentes que casi le costaron la vida a mi padre, ante tantas dificultades de tipo económico, de tipo laboral… Ante tantas dificultades de todo tipo, Dios siempre estuvo ahí presente. Y Dios siempre os fue bendiciendo: ante las dificultades del matrimonio, estando ahí presente una y otra vez. Ante tantos problemas había que empezar una y otra vez. En muchas ocasiones daba ganas de arrojar la toalla, de mandarlo todo “a la porra”. Y sin embargo, una y otra vez Dios os decía en vuestro corazón: “merece la pena.”
Gracias a Dios también por los hijos que os ha ido dando, que hemos sido vuestra corona de espinas con tantos dolores de cabeza y sufrimientos, pero también vuestra corona de rosas. Hoy por hoy… miráis y lo que más queréis en esta vida es… a vuestros hijos. Hijos que os ha dado Dios. También yo doy gracias a mis padres porque se casaron en 1958. Si se hubiera casado en el año 2000, yo habría nacido; mi hermano Gerardo… quizás, pero Sara y Luci iban a quedarse “por el camino”, porque ahora sólo se tienen un hijo o dos hijos. Por lo tanto, doy gracias a mis padres, que no sabían demasiado de métodos anticonceptivos ni píldoras… y, gracias a eso, estamos hoy aquí cuatro hijos. Uno, (señalo para mí, porque soy el mayor), dos (señalo para Gerardo), tres (señalo para Sara) y cuatro (señalo a Luci). Y Dios se sirve también de esas cosas: de la ignorancia, del no saber, de pensar que es lo que toca: casarse, estar juntos y tener hijos. Por ello, igualmente hay que dar gracias a Dios por estos cuatro hijos… y los demás que venís detrás (me refiero a los nietos), darle gracias, porque si no… Juan, Beatriz y los demás (hijos de mi hermana Sara y de mi hermana Luci) no sé cómo estaríais. Gracias, gracias hay que dar a Dios. Esta es la primera palabra sobre la que quería reflexionar y orar hoy en este 50 aniversario de bodas.
- Perdón. Es la segunda palabra. Los únicos que no tienen pecados son Jesucristo y la Virgen María. Todos los demás que estamos aquí, tenemos fallos, tenemos pecados. Pues bien, ¡cuántas veces mi padre ha herido de palabra, de obra, de omisión, con gestos a mi madre! ¡Cuántas veces mi madre ha herido de palabra, de obra, de omisión, con gestos a mi padre! Y, por eso, después de 50 años hay que pedirse perdón. Sabina pide perdón a Emeterio. Emeterio pide perdón a Sabina. Y Emeterio y Sabina tienen que pedir perdón a Dios por no haber hecho las cosas como El quiso o por haber herido asimismo a otras personas que estaban a su lado. La palabra “perdón” siempre tiene que estar en la boca de una persona de bien y sobre todo en la boca de un cristiano.
- Recuerdo de los ya fallecidos. Hace 50 años Emeterio y Sabina se casaban en esta misma iglesia. Y había gente, mucha o poca, pero ahora no están… salvo algunos, muy pocos. Recuerdo de los fallecidos. Voy a nombrar únicamente a aquellos más cercanos a mis padres: de mi abuela Paula, de mi abuelo Domingo, de mi tío Nicanor, de mi abuelo Constantino, de mi abuela Guadalupe, de mi tío Kiko, de mi tía Tina, de mi primo Paco, de mi tío Antolín, de mi tío Avelino, de mi tía Pili, y los demás. Tantos que hoy no están aquí físicamente, pero sí que están. Nuestra fe nos dice que sí que están presentes entre nosotros. Por eso, recuerdo, recuerdo de tantas personas que han estado y que ya no están físicamente. Recuerdo también, porque ese recuerdo nos pone en nuestro sitio. Mis padres han vivido 50 años casados. No vivirán, gracias a Dios, otros 50 años de casados. Ya están a las puertas de la muerte. ¿Cuándo? Cuando Dios quiera. ¿Cómo? Como Dios quiera, pero lo que les queda de vida es para estar juntos. No sé quién irá primero, no sé quién irá después. No importa. El Dios que les ha acompañado de solteros y de casados les acompañará hasta el día que falten. Y lo mismo que ellos cuidaron de nosotros, sus hijos y sus nietos, también nosotros vamos a cuidar de ellos.
- Fuerza o fortaleza. Y así de esta manera enlazo con la cuarta palabra: la fortaleza. Fortaleza para vivir lo que les queda. Cuando uno va para mayor, el cuerpo se deteriora. Uno puede perder la mente, pero, como decía el otro, que me quiten lo bailado, que le quiten a Emeterio y a Sabina lo que han “bailado” y lo que queda, Señor, te pido, te pedimos que los dejes juntos. Juntos hasta que los lleves a ti. Ojalá tengan tanta suerte, quizás, que se llevaron 13 días entre sí a la hora de morir. ¡Eso Dios lo dirá!
Termino y lo hago recordando las cuatro palabras: gracias, perdón, recuerdo y fuerza o fortaleza. Y lo que he dicho de mis padres, igualmente quisiera decirlo de todos y cada uno de nosotros en nuestro matrimonio, en nuestro sacerdocio o en nuestra soltería.