viernes, 30 de octubre de 2009

Todos los Santos (B)

1-11-2009 TODOS LOS SANTOS (B)
Ap. 7, 2-4.9-14; Slm. 23; 1 Jn 3, 1-3; Mt. 5, 1-12
San Juan María Vianney (Santo Cura de Ars) (I)

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Queridos hermanos:
Como ya sabéis, al llegar la festividad de Todos los Santos suelo hablaros de un santo, y proponeros su vida y sus palabras como modelo. Los santos estaban y están hechos de la misma “pasta” que nosotros. La única diferencia es que ellos se dejaron modelar dócil y totalmente por la acción del Espíritu. En el día de hoy quisiera hablaros del Santo cura de Ars. Ars es un pueblo pequeño cerca de Lyon, una ciudad del sureste francés. ¿Por qué os hablo este año precisamente de este cura francés de mediados del siglo XIX? Pues porque este año se cumple el 150° aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, conocido como el cura de Ars, y el Papa Benedicto XVI, con ocasión del comienzo del Año Sacerdotal (desde la festividad del Sagrado Corazón de Jesús de 2009 hasta la misma celebración en 2010), lo ha propuesto como modelo para todos los sacerdotes.
Siendo seminarista leí una biografía suya y enseguida quedé prendado de su persona, de su vida y de su unión con Dios. Como a mí me ayudó mucho, tanto en mi vida sacerdotal como en mi vida de discípulo de Cristo, quiero ahora poner, junto con el Papa, ante vuestros ojos y vuestro corazón a este cura humilde y bueno, a este cura santo.
En muchas ocasiones, al contemplar a los santos, los ojos se nos van hacia sus acciones más maravillosas, pero a mí me gusta mucho más… 1) indagar y conocer cómo han llegado a la cima de la unión con Dios y 2) palpar los tesoros de su corazón. Juan María, de niño y de adolescente, siempre fue muy devoto y amante de Jesús. En sus primeros años de existencia vivió los tiempos del terror de la Revolución francesa, cuando la Iglesia católica, los sacerdotes, los fieles y los actos de culto estaban perseguidos. De hecho, Juan María en muchas ocasiones acompañó, siendo muy pequeño, a su madre de noche por los caminos para ir a la Misa que celebraba un sacerdote en un pueblo cercano. O también Juan María tuvo que recibir la Primera Comunión de noche en una habitación con todo cerrado para no ser descubiertos.
Con poco más de veinte años se restableció en Francia la libertad de culto y pudo por fin acudir a un centro para estudiar y ser sacerdote a fin de “llevar almas al cielo”. Los otros seminaristas eran diez años menores que él. A Juan María le costaba memorizar, comprender las ideas abstractas de la filosofía y de la teología, pero sobre todo le costaba el latín. Entonces las clases se daban en latín, pero los profesores a él tuvieron que dárselas en francés. Sin embargo, tenían que exigirle el latín, pues era el idioma en que se celebraban los sacramentos y se recitaban muchas oraciones, y el sacerdote tenía que conocer el latín de modo suficiente. En una ocasión un compañero suyo que lo ayudaba con este idioma, y sintiéndose impotente de meterle “los latines” en la cabeza, en un arrebato le dio un bofetón delante de los demás compañeros. Juan María se arrodilló inmediatamente y le pidió perdón por su torpeza. Entonces el otro también se arrodilló y se abrazaron. Al poco tiempo de este episodio Juan María sintió un gran desaliento y quiso dejar los estudios, pero el sacerdote-formador que lo acompañaba le dijo: “¿Y las almas para el cielo?” Aquello traspasó el corazón y entonces Juan María redobló sus esfuerzos con el latín. Supo lo justo para pasar. De hecho, en el examen que le hizo el vicario general, al ver que iba muy justo, preguntó al resto de profesores si era piadoso, si tenía devoción a la Virgen María, si sabía rezar el rosario, y le contestaron que Juan María era un modelo de piedad. Entonces el vicario general dijo: “La gracia de Dios hará el resto”.
En estos años de estudiante Juan María aprendió en sus propias carnes que no podía confiar en sí mismo, que no era nadie, que no era mejor que los demás, que no tenía destreza, ni conocimientos, ni ciencia. El era nada y Dios haría de aquella “nada” alguien a quien nada ni nadie se resistirían. Con el tiempo Juan María traspasaría los secretos del corazón de todos los que vinieran a él, atravesaría almas, derrocaría los razonamientos más seguros de sí mismos y contestaría a las preguntas más intrincadas[1]. Parecía que Dios le había puesto multitud de obstáculos para alcanzar el sacerdocio, pero Juan María practicó el abandono, la confianza absoluta en Dios y la aceptación de Su voluntad.
Una vez ordenado sacerdote Juan María fue enviado a Ars y allí estuvo desde 1818 a 1859. Si algún día vais a Ars, encontraréis a la entrada del pueblo una estatua en donde aparece el santo con un niño. Resultó que la primera vez que Juan María fue a Ars se perdió y no encontraba el camino hasta que le preguntó a este niño, quien lo llevó al pueblo. Al ver las primeras casas, Juan María dijo al niño: “Tú me has enseñado el camino a Ars; yo te enseñaré el camino al cielo”.
El Obispo, al mandarle a esta parroquia le dijo que no había mucha fe allí, pero que él tendría que dársela. Así su oración inicial era ésta: “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”. En cuanto llegó, consideró el templo parroquial como su casa y allí pasaba muchas horas, aunque también se dedicó a visitar casa por casa, y familia por familia.
El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía.”No hay necesidad de hablar mucho para orar bien”, les enseñaba el Cura de Ars[2]. Una anécdota muy famosa que le ocurrió es la siguiente: Un día entró en la iglesia y vio a un parroquiano sentado delante del sagrario. Estaba quieto, con la vista fija en el sagrario y no movía los labios. El Santo cura le preguntó qué hacía y el parroquiano le contestó: “Yo le miro, y El me mira”.
Amor a Jesús Eucaristía. Para animar Juan María a sus feligreses a que estuviesen tiempo ante el sagrario les decía: “Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración”. Y les persuadía: “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él...”. También les decía: “Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis”.
[1] Recuerdo que en una ocasión un famoso predicador de toda Francia llegó a su parroquia y se puso a predicar desde su púlpito. Juan María escuchaba con mucha atención y devoción, pero sus fieles le miraban a él y no a aquel sacerdote “extraño”, pues no entendían las ideas teológicas de aquel predicador. Este se bajó del púlpito y dejó que Juan María subiera. El lo hizo y predicó. Cuando bajó, el predicador le preguntó que de dónde sacaba aquella sabiduría y aquellas cosas que llegaban al corazón. Juan María señaló al sagrario. Lo que él sabía de teología lo aprendió en la oración de Dios y de Dios directamente, y no en los libros.
[2] Un parroquiano le preguntó una vez, porqué cuando predicaba hablaba tan alto y cuando oraba tan bajo, y él le dijo: “Ah, cuando predico le hablo a personas que están aparentemente sordas o dormidas, pero en oración le hablo a Dios que no es sordo”.

jueves, 22 de octubre de 2009

Domingo XXX del Tiempo Ordinario (B)

25-10-2009 DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO (B)
Jr. 31, 7-9; Sal. 125; Hb. 5,1-6; Mc. 10, 46-52

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Queridos hermanos:
- Las noticias que nos van llegando por televisión, por la radio, por el periódico, por Internet… nos siguen machacando sobre la cruda realidad: la crisis económica se sigue cebando en España y alcanza cada vez a más gente: empresas que cierran, caída de los ingresos y, por tanto, del gasto de las familias, pisos embargados y gente desahuciada. Leí el jueves en Internet que un hombre, que vive en un centro de acogida, nunca pensó que pudiera él venir a parar a lugar así. ‘Ni en un millón de años creí que yo estaría aquí’. El tenía, a principios de 2008, su casa, su trabajo, su coche, y ahora, a finales de 2009, vive de la caridad. Pero no nos hace falta mirar o escuchar a los medios de comunicación. En nuestras propias familias o en nuestros vecinos y conocidos vemos palpablemente lo que está pasando: gente que se queda en paro, gente que tiene negocios y saca en un día 7 € de venta, gente que va a la Cocina Económica de Oviedo y lleva fiambreras para coger comida para sus hijos.
Hace unos días se quejaba en Oviedo una persona de la crisis que estamos teniendo y le escuchó una mujer marroquí. Esta mujer estaba extrañada y decía ella: ‘¿Crisis? En España no hay crisis, pues tenéis la nevera con comida. En mi país muchos no tienen comida en la nevera, pero es que tampoco tienen nevera’.
El martes pasado una chica me decía que había bajado el día anterior por la noche a tirar la basura y se encontró con gente revolviendo en la basura. Vivían por allí mismo, pero en casas en donde se les ha cortado la luz y el agua por impago; no tienen nada para comer y miran los restos que otros tiran en los cubos de basura.
- En el evangelio que acabamos de escuchar se nos habla de Bartimeo. Se nos dice que él era ciego y mendigo. No sólo que no veía, sino que, además, que no tenía casa donde atecharse, ni tenía ropas de recambio, ni tenía comida que llevar a la boca… El otro día escuché que las personas que viven en la calle viven, por término medio, unos 20 años menos que otras personas. Es decir, por si fuera poco que los mendigos no tienen nada o poco para subsistir, encima su vida es más corta.
Bartimeo no tenía nada y, cuando oye que Jesús pasa a su lado, grita desesperado y ronco de tanto suplicar al vacío, y a la vez grita esperanzado de ser escuchado y ayudado: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” Jesús se para y le pregunta qué puede hacer por él. Y Bartimeo contesta: “Maestro, que vea”. Fijaros que no pide una casa, o ropa, o dinero, o bienes materiales. Le pide ver. Para Bartimeo era más importante ver que tener.
- Todos los que estamos aquí somos como Bartimeo, incluido yo mismo. Estamos ciegos y algunos de nosotros tendrán o tendremos hasta necesidades económicas.
* Como Bartimeo hemos de gritar al Señor que nos dé la vista, que veamos. ‘Señor, danos tus ojos para ver como tú, para ver lo mismo que tú’. En el evangelio del martes pasado Jesús llamaba la atención a aquellas personas que viven en este mundo para amontonar riquezas y bienes materiales, pero no son ricos ante Dios. Como dice Jesús, nuestra vida no depende de nuestros bienes (Lc. 12, 13-21). Hay una frase del Antiguo Testamento que siempre me llamó la atención. Dice así: Señor, "no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti, diciendo: '¿Quién es el Señor?'; no sea que, necesitando, robe y blasfeme el nombre de mi Dios" (Prov. 30, 8-9).
* Esta situación de crisis económica nos tiene que hacer ver, con los ojos de Dios, que hemos sido demasiado soberbios. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Hemos gastado de más, pero también hemos ganado de más. Hemos pedido créditos de más. Nos hemos creído más que lo que realmente somos. Hemos querido imitar a otros vecinos, o a gente de la televisión o de las revistas. ‘Señor, que veamos nuestra realidad. Haznos humildes, y que aceptemos lo que somos y lo que tenemos sin querer compararnos con nadie’.
* En este tiempo de crisis hemos de vivir también en austeridad. Alguna persona me pregunta en ocasiones si puede comprar esto o lo otro, si puede ir aquí o allá de vacaciones. Una de las cosas que contesto es que, aunque él pueda, no puede gastar en lo superfluo sabiendo que hay otros a su lado que lo están pasando mal. Mis derroches no pueden convivir con las necesidades de los otros; ni ahora ni nunca. ‘Señor, haznos austeros y que seamos capaces de ver que lo material no nos da la verdadera felicidad, que lo material nos deja más vacíos después de haber consumido o alcanzado eso material’.
* En este tiempo de crisis y de tantas necesidades a nuestro alrededor hemos de ser solidarios y de compartir lo que tenemos. Hace años me contaba un misionero que llegó a una aldea muy pobre y a un niño le regaló un paquete de galletas. Enseguida el niño, en vez de guardarse las galletas para sí, fue a donde estaban otros niños y las compartió con ellos. Pero esto no es propio de ese niño; en los lugares más pobres funciona como algo normal y habitual el compartir, la comunicación de bienes. Si yo tengo, entonces tú también tienes. No podemos contestar como la hormiga a la cigarra en aquel famoso cuento: ‘¿No cantaste durante el verano?, pues ahora baila’. Dios tiene muchas más razones que nosotros para decirnos eso y, sin embargo, no lo hace ni nunca lo hará. Lo cual no quiere decir que la ayuda que prestemos no haya de ser “con cabeza”. ‘Señor, todo lo que tengo me lo has dado tú. Que yo sepa compartir con los otros, aunque no sean de mi misma sangre, lo que tú me has dado; que no me reserve nada para mí. Yo confió en ti’.
‘Señor, que vea lo que tú ves…
Señor, hazme humilde…
Señor, hazme austero…
Señor, hazme solidario y que comparta lo que tú me has dado y que, además, es tuyo…’

viernes, 16 de octubre de 2009

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (B)

18-10-2009 DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO (B)
Is. 53, 10-11; Sal. 32; Hb. 4,14-16; Mc. 10, 35-45


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Queridos hermanos:
Voy a seguir con el tema que ya comencé el domingo pasado referido a las nulidades eclesiásticas de matrimonio. Sigo donde terminé: sobre los vicios del consentimiento.
c) También existe como origen de nulidad de matrimonio la incapacidad psíquica para llevar adelante una vida de matrimonio. Aquí es necesario que exista de modo documentado y demostrado una anomalía psíquica con una gravedad suficiente, que impida el correcto desarrollo de la vida conyugal, es decir, el cumplimiento por parte de un esposo o de los dos de las obligaciones esenciales del matrimonio. Por ejemplo, un cónyuge que es drogadicto y toda su meta es conseguir dinero como sea (robando, vendiendo los objetos de la casa, pidiendo a todo el mundo) para comprar droga. Si el otro cónyuge no le da ese dinero, puede robarlo de casa o ponerse muy violento. Muchas veces hay líos de policías, deudas bancarias, despidos de trabajos, embargos judiciales, etc. En ocasiones el cónyuge no drogadicto es conocedor de la situación del otro antes de la boda, pero piensa que, con cariño y comprensión, podrá sacarlo de ahí. El cónyuge drogadicto se deja querer y realmente quisiera llevar adelante una vida auténtica de matrimonio, pero la droga es más fuerte. Otro ejemplo, se da con el alcohol y puede pasar lo mismo que en la droga. También puede suceder parecido con el juego. Igualmente puede suceder con personas que padecer graves trastornos de personalidad como esquizofrenias, narcisismos, borde-line, histrionismos, antisociales, dependencias. De esto últimos hemos tenido en los tribunales diversos casos: se trata de personas que se han criado con una dependencia enfermiza de sus padres o de algún familiar cercano y al casarse no pudieron posponer a su familiar al marido o a la mujer (Ejemplo: “porque estamos en Canarias, sino me iba para casa de mi madre”. Dicho y hecho).
d) Otra de las causas de nulidad es el engaño, también conocido como error doloso. Se da este caso cuando uno de los novios, para conseguir que el otro otorgue el consentimiento matrimonial, por acción u omisión, induce a un engaño. Por ejemplo, dice uno de ellos que sólo se casara cuando el otro tenga la carrera terminada y un trabajo fijo, pues, en caso contrario, sería temerario contraer matrimonio. Entonces el que engaña asegura que ya terminó los estudios y presenta la orla como “prueba” y, además, dice que ya tiene trabajo fijo. Al cabo de dos años de casados, la parte engañada descubre que su cónyuge tiene aún varias asignaturas pendientes de la carrera y que sale de casa, pero no para trabajar, sino a dar una vuelta de 8 de la mañana a 3 de la tarde. Otro caso se dio cuando una chica dijo que estaba embarazada del chico con el que mantenía relaciones y que su padre buscaba al “culpable” de aquello. El chico aterrorizado se casó y, al cabo de 3 meses de matrimonio, se dio cuenta que el vientre de su mujer no cambiaba nada. Entonces ella confesó su engaño. En definitiva, cualquiera que se casa de este modo, contrae inválidamente y, por tanto, su matrimonio es nulo.
e) Los últimos casos que trataré aquí son la de aquellos que se casan, pero excluyen de modo permanente tener hijos, guardar la fidelidad o casarse para siempre.
Por supuesto, no basta simplemente afirmarlo una vez separados, sino que hay que demostrar que todo esto estaba presente ya antes de la boda o a la vez que la boda.
- Mucha gente piensa que, una vez obtenida la nulidad, uno puede casarse sin más por la Iglesia. Nada más lejos de la realidad, pues hay que saber que en un 95 % de las sentencias de nulidad existe una cláusula por la que se prohíbe el matrimonio canónico a uno de ellos o a los dos. Es lo que se conoce con el veto. Normalmente el veto se impone a aquel o aquellos que han originado la nulidad de matrimonio a fin de que no accedan a nuevo matrimonio, pues el segundo enlace sacramental sería nulo de nuevo. Por ejemplo, si uno padece una grave enfermedad psiquiátrica y ésta es incurable, todos los matrimonios que haga o que se le permitan hacer serán nulos. Por lo tanto, el veto tiene la finalidad de proteger el sacramento del matrimonio, pero también salvaguardar a otro fiel que inocentemente desconoce alguna circunstancia importante de la persona que ha tenido un matrimonio nulo y con la que pretende casarse. El veto puede ser levantado por el Obispo, pero una vez demostrado fehacientemente que la causa que originó la nulidad del primer matrimonio ha desaparecido.
- ¿Cuánto cuesta un proceso de nulidad matrimonial? En este aspecto ha de saberse que un proceso de nulidad puede ser llevado por “justicia gratuita” (es decir, sin cobrar) o en “clase de derechos” (o sea, pagando). Cuando una persona no tiene medios económicos suficientes para afrontar los gastos de una nulidad y lo demuestra documentalmente, el tribunal le concede la exención total o parcial de los gastos. Se entiende que una persona que gana unos 1.000 € al mes no puede afrontar estos gastos. Pero, ¿cuánto cuesta el proceso? En Oviedo tenemos las siguientes tarifas: - a unos 1.000 € suben los costes del tribunal; - unos 300 € el pago del psiquiatra, si ha de intervenir por causa de tipo psíquico; - algo más de 1.200 € el pago de un abogado del elenco del tribunal, aunque uno es libre para escoger otros abogados (que le cobrarán en Asturias unos 3.000, 6.000 ó 12.000 €); - menos de 500 € el pago de un procurador; - y, si todo va bien, unos 500 € en segunda instancia, en la Rota de Madrid. En total son unos 3.000 €, que se pueden ir pagando en plazos. Pero se ha de subrayar que, por falta de dinero, nadie deja de iniciar la nulidad y de conseguirla, si es que tiene motivos para esto último.
- Ya para terminar, voy a poner un ejemplo práctico: Alguien se ha casado por la Iglesia, ha fracasado en su matrimonio y piensa, ante Dios, que su boda ha sido un gran error y que aquello que vivió no puede ser ni matrimonio, ni sacramento, ni tiene por qué vivir con ese peso el resto de su vida. ¿Qué hacer? Mi consejo es que esa persona se acerque al tribunal de Oviedo y hable con alguna de las personas que están allí para saber si su caso concreto tiene motivos para la nulidad. Para eso en el tribunal se facilita un cuestionario a fin de que sea respondido por escrito por parte de la persona interesada; a continuación se tiene una entrevista entre esta persona y un miembro del tribunal y ya se le explica los posibles motivos de nulidad y los trámites a realizar. Por otra parte, se contestan a todas las dudas que pueda tener la persona que pretende iniciar su causa de nulidad matrimonial.
Confío que estas rápidas ideas hayan aclarado algo en torno a este tema en el que circulan tantos bulos, pero sobre todo tanto desconocimiento.

viernes, 9 de octubre de 2009

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (B)

11-10-2009 DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO (B)
Sb. 7, 7-11; Sal. 89; Hb. 4,12-13; Mc. 10, 17-30

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Queridos hermanos:
El evangelio de domingo pasado comenzaba así: “Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le preguntaban: ‘¿Puede el marido repudiar a la mujer?’ El respondió: ‘¿Que os prescribió Moisés?’ Ellos le dijeron: ‘Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.’ Jesús les dijo: ‘Teniendo en cuenta la dureza de vuestros corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre’”.
El otro día celebré la boda de unos amigos y en los pinchos que se tomaron a continuación uno de los invitados se acercó a mí y, sabiendo que yo estaba de juez en el Tribunal eclesiástico, me preguntó cómo podía ser que la Iglesia Católica concediese nulidades de matrimonio cuando Jesús mismo había dicho tan claramente en el evangelio: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”. El comentario de esta persona y el evangelio del domingo pasado me dan pie para que predique en dos homilías algo sobre las nulidades eclesiásticas de matrimonio. Ya tenía ganas de abordar este tema, pues entiendo que hay un gran desconocimiento en la sociedad, en general, y entre los católicos, en particular.
- Preliminares: antes de empezar propiamente con la homilía tengo que apuntar algunos puntos. 1) Se trata de un tema muy extenso y aquí diré sólo algunas cosas. Otras quedarán en el tintero para quien desee hablarlo más tranquilamente. 2) Esta homilía va a ser entendida de distinto modo por aquellos que la escuchen ahora o la lean en otro momento, ya que pueden acceder a ella católicos practicantes, católicos no creyentes, personas anticlericales, agnósticos, ateos, solteros, casados felices, fracasados en su matrimonio, etc. 3) Hablaré del matrimonio cristiano´, pero no del civil, ni tampoco hablaré de las parejas de hecho, aunque muchas cosas que diré sobre el matrimonio cristiano valen para los otros. 4) Cuando hablo de un esposo, me refiero igualmente a la esposa. Cuando hablo de la esposa, me refiero del mismo modo al esposo.
- Terminología: 1) Hay que distinguir entre separación eclesiástica y separación civil. La primera es concedida por un juez eclesiástico y la segunda por un juez civil. Con la separación los cónyuges pueden irse cada uno por su lado, pero el vínculo matrimonial permanece, por lo que ninguno de los esposos es libre para casarse de nuevo con otra persona. 2) El divorcio es la disolución del matrimonio que otorga el juez civil a petición de uno de los esposos o de ambos, de tal manera que cada uno puede irse por su lado; para el Estado ya no existe matrimonio y ambos son libres para casarse de nuevo con quien deseen. Por supuesto, el divorcio no es reconocido por la Iglesia y, quienes se hayan casado por la Iglesia, y luego hayan obtenido el divorcio, aunque para el Estado queden libres, para la Iglesia siguen casados con su primer cónyuge. 3) La anulación. La anulación referida al matrimonio de la Iglesia no existe. Esta no puede “anular” ningún matrimonio. 4) Declaración de nulidad. Se trata del reconocimiento que hace la Iglesia, a través de una sentencia judicial, sobre un matrimonio concreto. En la sentencia se reconoce, con las pruebas aportadas, que el matrimonio canónico no existió nunca, por lo que el hombre y la mujer quedan libres ante Dios y ante la Iglesia para casarse de nuevo.
- El matrimonio canónico tiene tres elementos fundamentales: 1) dos personas libres de impedimentos para casarse (mayores de edad, no parientes entre sí, que no son ni monjas ni curas, que no tienen un matrimonio anterior[1], etc.); 2) el consentimiento (el “sí quiero”) libremente manifestado por los esposos en el sentido de que desean contraer matrimonio entre sí; y 3) la forma canónica, es decir, la manifestación del consentimiento delante de un ministro sagrado (diácono, sacerdote, obispo) y de dos testigos. Si falla uno de estos elementos fundamentales, entonces el matrimonio no se ha producido y puede ser declarado nulo. Un 95 % de los matrimonios nulos lo son en razón de no haber otorgado debidamente el consentimiento, el “sí quiero”.
- Vicios del consentimiento. Como acabo de decir, la mayoría de las causas de nulidad de un matrimonio eclesiástico se producen porque el consentimiento no ha sido bien otorgado o no ha sido otorgado por una persona o personas capacitadas para el matrimonio. Voy a especificar las causas más comunes de nulidad de matrimonio y daré algunos ejemplos para que se pueda entender mejor la explicación:
a) Un matrimonio puede ser nulo porque uno de los esposos o los dos tienen un grave defecto de discreción de juicio, es decir, que no son capaces de valorar de modo adecuado cuáles son las obligaciones y los derechos en la vida matrimonial. El origen de este grave defecto de discreción tiene una causa psíquica, la cual ha de ser determinada por un psicólogo o un psiquiatra. Se puede dar una grave inmadurez (que ha de ser probada), de tal manera que el cónyuge no sea capaz de responsabilizarse de su estado de vida: por ejemplo, se trata de una persona que quiere seguir viviendo de casado igual que de soltero: entrar a la hora que quiere a casa, no ocuparse de los hijos ni de la mujer o del marido, el sueldo quedárselo para sí sin atender las necesidades de la familia y que sean los padres o los suegros quienes paguen las facturas y los comestibles, etc. Otro caso puede suceder cuando una persona padece una grave psicopatía por una drogadicción o alcoholismo, de tal manera que el contrayente está tan deteriorado en el momento de la boda, que no es capaz de valorar los compromisos que adquiere al casarse. O también porque padece una grave esquizofrenia u otra enfermedad mental que le impide valorar los derechos y obligaciones recimatrimoniales.
b) Otra de las causas se da cuando una persona contrae matrimonio sin la suficiente libertad interna. Es decir, por determinadas circunstancias, alguien se casa, pero viéndose obligado a ello. Aquí se ha de tener en cuenta la peculiar personalidad de cada uno y las circunstancias que le rodean. Por ejemplo, se están dando bastantes casos de un noviazgo largo (más de 10 años); él ya tiene unos 39 años, ella unos 35; a ella se le “está pasando el arroz” (por la edad va a ser más difícil que quede embarazada, y todas sus amigas ya están casadas y con hijos); los novios tienen un piso o una casa comprada en común y con una hipoteca a nombre de ambos; las familias ya se conocen entre sí y se tratan mucho; los novios entran con mucha frecuencia en casa del otro y han pasado fines de semana y vacaciones juntos; todo el mundo espera de ellos que se casen… El o ella o los dos están muy a gusto así, pero se sienten en la obligación de dar el paso de la boda. Sienten cariño el uno por el otro, pero ya no es aquel enamoramiento primero. No se atreven a cortar… A veces aparece una tercera persona… En fin, Por todos estos motivos y por otros que pueden surgir, el novio o la novia se siente obligado interiormente a casarse: (Caso del chico al que la novia le apuntó la fecha de la boda en contra de su opinión y él a la fuerza aceptaba. Caso de la chica que tenía a su novio de siempre y conoció a otro; quiso dejar al primero, pero su madre le obligó a seguir con la relación antigua o, en caso contrario, no la dejaría entrar nunca más en casa a visitar a su padre enfermo).
[1] Caso de hombre de las Cuencas mineras que pidió partida de bautismo sin las marginales para “renovar el permiso de armas para cazar” y al poco tiempo vino un comunicado desde Sevilla que se había casado allá. El estaba previamente casado en Asturias. Su matrimonio en Sevilla fue declarado nulo ante la Iglesia por ser bígamo.

viernes, 2 de octubre de 2009

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (B)

4-10-2009 DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO (B)
Gn. 2, 18-24; Sal. 127; Hb. 2,9-11; Mc. 10, 2-13

Este domingo no “subiré” ninguna homilía al blog. Estaré fuera de Asturias, dando una convivencia en Cantabria.
Un saludo, la bendición de Dios y hasta el próximo domingo.

Andrés Pérez Díaz