domingo, 31 de enero de 2010

Homilía D. Jesús Sanz, Arzobispo Oviedo

Homilía de la Toma de posesión de
D. Jesús Sanz como Arzobispo de Oviedo

Se me ha ocurrido coger este enlace de la radio COPE y publicarlo en el blog para que podáis escuchar la homilía de D. Jesús Sanz, el sábado 30 de enero de 2010 en la Catedral de Oviedo. Creo que no tiene desperdicio. ¡Que aproveche!

Andrés Pérez


Una vez dentro del enlace de la COPE, pinchad en la tecla de la izquierda del todo de la barra negra y escucharéis a D. Jesús.

jueves, 28 de enero de 2010

Domingo IV Ordinario (C)

31-1-2010 DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO (C)

Jer. 1, 4-5.17-19; Slm. 70; 1ª Cor. 12, 31-13, 13; Lc. 4, 21-30



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

- Mirando un poco a nuestro alrededor vemos lo volubles y variables que somos los seres humanos: lo que hoy nos gusta, mañana no nos gusta; lo que hoy damos por cierto, mañana lo desechamos como falso; la moda de hoy y por la que pagamos un montón de dinero, mañana la dejamos en el fondo del armario y nos reímos de ella. Siempre recordaré a Maradona, que hacia 1988 jugaba en el Barça y llevó al equipo a lo alto de la liga; luego se fue para el equipo de fútbol del Nápoles en Italia y fue recibido allí como un héroe, como un ser divino. Efectivamente, aquel año hizo ganar a este equipo el “Scudetto” (el primer puesto de la liga de fútbol de Italia); al poco tiempo Maradona se metió en drogas, fiestas, etc. y ya no rindió en el campo de juego y poco tiempo después fue expulsado entre insultos de los mismos “tifosi” (aficionados) que un día lo habían aclamado como el mejor del mundo.

Algo parecido le pasó a Jesús en varias ocasiones. La más famosa es aquella en que la misma gente que lo aclamó el Domingo de Ramos y le cantó los “aleluya” y los “¡bendito sea el que viene en nombre del Señor!”, el Viernes Santo gritó: “¡fuera, fuera, crucíficalo!” Otra ocasión se nos narra en el evangelio que acabamos de escuchar. Se dice al principio sobre Jesús: todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios”. Pero inmediatamente Jesús les dijo que un profeta no es nunca bien mirado en su tierra, y esa misma gente reaccionó de esta manera: “Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo”. En cuanto Jesús les dice unas palabras duras, se ponen contra él, y ya querían matarlo.

Yo he observado en tantas ocasiones a gentes muy preocupadas de no perder la estima y la consideración que los demás tenían de ellas. Por eso, callaban sus razones o sus convicciones para no ser juzgados o despreciados por los otros. De la misma manera actuaban o dejaban de actuar de un modo u otro para no perder la imagen que se tenía de ellos. Pienso que tenemos que actuar según nuestra conciencia y de cara a Dios, y no de cara a lo que piense el mundo o la sociedad. Así lo decía ayer nuestro arzobispo, D. Jesús Sanz, en su toma de posesión: que no buscaba los halagos ni temía o huía de las críticas. Por eso, era libre para servir a Jesucristo y anunciar su evangelio. Así actuaron siempre y lo hacen hoy día los santos. Recuerdo a este respecto que en el muro de Shishu Bhavan, la Casa Infan­til que las Misioneras de la Caridad de la M. Teresa de Calcuta tienen en esta ciudad estaban escritas estas palabras: “Las personas son irrazonables, inconsecuentes y egoístas, ámalas de todos modos. Si haces el bien, te acusarán de tener oscuros motivos egoís­tas. Haz el bien de todos modos. Si tienes éxito y te ganas amigos falsos y enemigos verdade­ros, lucha de todos modos. El bien que hagas hoy será olvidado mañana, haz el bien de todos modos”.

- Ahora de la mano de estas palabras quisiera pasar a la segunda idea y apoyarme en la segunda lectura. En ésta nos habla San Pablo del amor. Para Pablo amar es lo más importante que puede hacer un ser humano. Dice él que, si uno sabe todos los idiomas del universo, y habla y predica como los ángeles convirtiendo a todos los hombres al evangelio de Cristo Jesús, pero no tiene amor en su corazón, entonces es como una campaña que suena: “tan, tan, tan”, pero nada más. Dice Pablo que, si uno tiene toda la fe del mundo, puede hacer multitud de milagros y es el más sabio de los hombres llevándose año tras año los premios Nóbel en todas las materias del saber, pero no tiene amor en su corazón, entonces eso no vale de nada. Dice Pablo que, si uno da todo el dinero que posee, si entrega todo el tiempo que tiene para curar, para enseñar, para dar de comer…, pero no tiene amor en su corazón, entonces todo eso no sirve de nada.

¿Qué es el amor, pero el amor de verdad, no el de quita y pon? ¿Dónde podremos encontrar la fuente del AMOR? El AMOR es Dios y sólo en Dios podremos encontrar este AMOR. Si no se lo pedimos a Dios, si Dios no nos lo da, entonces nunca podremos tener este AMOR. Aquellos que buscan el AMOR sólo en sí mismos, no lo encontrarán.

Pero, ¿Dios nos puede dar su amor en cualquier circunstancia? Por ejemplo, ¿es posible recibir amor de Dios en medio de una violencia extrema y sentir el amor de Dios, y hacia Dios y hacia los demás hombres en medio de una violencia extrema? Yo he creído siempre que sí. Siempre he creído que el amor es más fuerte que el odio, el bien que el mal, Dios que Satanás. Esto me lo ha confirmado una vez más en estos días el texto precioso de un sacerdote: el padre Alfredo Delp, detenido por la Gestapo en 1944 y ahorcado al año siguiente. Durante su prisión meditó el Veni Sancte Spiritus, y escribió lo siguiente: “Las colinas eternas están allí, de donde viene la salvación. Dios me lo muestra cada día y mi vida entera es ahora un testimonio de ello. Todo lo que yo creía tener seguridad en mí mismo, de astucia y de habilidad ha volado hecho añicos bajo el peso de la violencia[1] y de aquello que me era opuesto. Estos meses de cautiverio han roto mi resistencia física y otras muchas cosas en mí. Sin embargo, he vivido horas maravillosas. Dios ha tomado todo en su mano y sé ahora implorar y esperar el socorro y la fuerza de las colinas eternas. La persona que reconoce su pobreza, que aleja de sí toda autosuficiencia y todo orgullo, incluso el de sus harapos, el hombre que se presenta desnudo delante de Dios, sin velos y en su indigencia, ese hombre conoce los milagros del amor y de la misericordia; desde la consolación del corazón y la iluminación del espíritu hasta el apaciguamiento del hambre y de la sed. Repetidas veces, en la agitación y sufrimientos de estos últimos meses, plegado bajo el peso de la violencia, he sentido de golpe que la paz y el gozo espirituales invadían mi alma con la fuerza victoriosa del sol que se levanta. El Espíritu Santo es la pasión con que Dios ama. El hombre tiene que encomendarse a esta pasión. Entonces el mundo se hará capaz de amor verdadero. Sólo podemos reconocer y amar a Dios si Dios nos toma y nos arranca de nuestro egoísmo. Es preciso que, en nosotros y por nosotros, Dios ame. Entonces viviremos en la verdad y el amor de Dios llegará a convertirse en el corazón viviente del mundo”.

Veamos la descripción del amor que nos hace Isaac el Sirio: “¿Qué es un corazón misericordioso? Es un corazón que arde por toda la creación, por todos los hombres, por los pájaros, por las bestias, por los demonios, por toda criatura. Cuando piensa en ellos y cuando los ve, sus ojos se llenan de lágrimas. Tan intensa y violenta es su compasión, tan grande es su constancia, que su corazón se encoge y no puede soportar oír o presenciar el más mínimo daño o tristeza en el seno de la creación. Por ello intercede con lágrimas sin cesar por los animales irracionales, por los enemigos de la verdad y por todos los que le molestan, para que sean preservados del mal y perdonados. En la inmensa compasión que se eleva de su corazón –una compasión sin límites, a imagen de Dios-, llega a orar incluso por las serpientes”.

San Pablo experimentó del mismo Dios el AMOR y nos dio una descripción maravillosa: “El amor es paciente, es servicial; la amor no es envidioso, no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. El amor no acaba nunca”.



[1] En los campos de nazis sucedía lo siguiente: Se sufría humillaciones, golpes, insultos, mordiscos de perros, chorros de agua helada cuando uno estaba devorado por la fiebre, sed y hambre, idas y venidas arrastrando cadáveres desde las celdas al horno crematorio. Aquello era la antesala del infierno.

jueves, 21 de enero de 2010

Domingo III del Tiempo Ordinario (C)

24-1-2010 DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO (C)

Nehm. 8, 2-4a.5-6.8-10; Slm. 18; 1ª Cor. 12, 12-30; Lc. 1, 1-4; 4, 14-21

Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre varios puntos:

- Nosotros creemos en un Jesús liberador. Así se presenta El en el evangelio de hoy: Dios Padre “me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar li­bertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”. Por lo tanto, la misión de Cristo es la de anunciar una Buena Noticia a todos los hombres y también la de liberar a todos los hombres de diversos males, pero esta liberación que nos promete y que nos da Jesús es integral. El otro día entrevistaron a Monseñor Munilla, el obispo de San Sebastián, y con ocasión del terremoto de Haití dijo que había desgracias tan grandes o peores que ésta. La gente se escandalizó, algunos salieron enseguida a atacarle y le llamaron el “obispo sin alma”. Entonces Monseñor Munilla publicó un comunicado en el que decía que sus palabras fueron tergiversadas, manipuladas y sacadas de contexto. Cuando decía que hay desgracias tan grandes o peores que el terremoto de Haití, hablaba en un plano teológico en el que el pecado es mucho peor aún que la enfermedad física[1] o que la misma muerte física y terrena[2]. Pues ésta acaba ahí, y el pecado nos puede llevar a la muerte eterna y a apartarnos para siempre de Dios. Y ya sobre la situación vivida en Haití, se ha de recordar que Monseñor Munilla había dado instrucciones a Caritas diocesana de San Sebastián para que donasen 100.000 € para las victimas de Haití. Igualmente os recuerdo el caso que os narraba el domingo del Bautismo del Señor, hace 15 días: Contaba una misionera, a la que una vez la invitaron a hablar en una universidad estatal de la India sobre Cristo y sobre los Evangelios, que al terminar le dijeron: “Conocemos misioneros que trabajan en la enseñanza o en hospitales; Vd. se ocupa de las mujeres del campo. Admiramos esto. Pero no trabaje sólo para mejorar el nivel de vida de otras personas. Por favor, transmítales la energía que toma de Jesu­cristo y su Mensaje. Ayúdeles a caminar hacia ese mismo Dios, para que también ellas tengan esa misma fuerza interior”.

Por lo tanto, hemos de repetir que la liberación de Cristo es integral. Jesús nos salva de la esclavitud del pecado, pero también de las miserias físicas del hombre como las enferme­dades, de las miserias sociales como la pobreza y la cárcel, de las miserias psicológicas como la depresión, etc. Ante todas estas mise­rias Jesús se presenta como el liberador. La libertad o la liberación siempre ha sido un mensaje atrayente para todos los hombres. En la primera mitad del siglo XX Hitler se presentó ante los alemanes como un libertador en medio de su miseria y de su humillación. Luego Hitler usó a los alemanes para sus fines de megalomanía, de odio y de destrucción.

Jesús libera realmente al hombre de todas sus ataduras, de sus esclavitudes. Pero no se aprovecha de él ni le pasa factura. La prueba de que Jesús no se aprovechó de nadie es que prefirió morir El a que cayesen algunos de sus compañeros, por ejemplo, en el huerto de los Olivos. Jesús no es como el capitán Araña que enrola una tripulación para el barco y él se queda en el puerto, mientras son los demás los que tienen que arrostrar los peligros y tormentas. Jesús es el que libera a costa de su propia vida.

Bien, Jesús nos ofrece a nosotros la libertad verdadera, total e integral. Pero, ¿nosotros nos sentimos necesitados de la liberación de Jesús? He tratado algo con personas que padecen trastornos psicopatológicos (neurosis o psicosis) y ¿sabéis qué es lo peor?, pues que, cuando tratas de llevarlos a un médico o especialista, dicen que no lo necesitan, que no están enfermos. Dicen que ellos están bien, que vayamos los demás. Igual pasa con los alcohólicos y con los drogadictos. Vuelvo a preguntar: ¿Nos sentimos necesitados de la liberación que nos ofrece Jesús? ¿Me siento esclavo de algo, de mi físico porque me gusta o porque no me gusta; de mis miedos, de mis inseguridades, de lo que diga la gente, de la moda, de mi trabajo, de mis depre­siones, de mis pertenencias, de mi mujer o marido o hijos, de mi enferme­dad, del alcohol, del tabaco? ¿Cómo sé si yo soy esclavo de algo? Muy fácil: si yo no soy feliz, eso significa que yo soy esclavo de algo. Pues bien, os anuncio que CRISTO ES EL UNICO QUE PUEDE LIBERARNOS DE TODAS NUESTRAS ESCLAVITU­DES.

b) En la segunda lectura se nos dice que los cristianos formamos un mismo cuerpo. Todos somos miembros de un mismo cuerpo (la Iglesia); todos somos diferentes y necesa­rios. Nadie es más importante que nadie. Todos necesitamos unos de otros. Como dice S. Pablo, cuando uno sufre, todos sufren. Pensad en un dolor de muelas: una muela con caries y tocando el nervio puede derrumbar al más pintado. Es sólo una pequeñísima parte del cuerpo, pero todo éste está mal. De la misma manera, cuando un miembro sana (la muela), todos se alegran con él. Pues lo mismo pasa con la Iglesia. Somos un cuerpo, en el que cada uno tiene su misión (pensad en una parroquia): está el sacerdote, los catequistas, la comisión económica, las limpiadoras, los lectores, los monagui­llos, el sacristán, el coro, los que se preocupan de visitar a los enfermos en la parroquia, etc. Cada uno tenemos una misión y todos somos necesarios. Si un cristiano que viene con frecuencia a Misa hace un acto malo, entonces desacre­dita a todos los cristianos de la parroquia; y al revés, si uno que viene a Misa con frecuencia y hace un acto bueno como cristiano, entonces honra a la parroquia, a Cristo y a su mensaje.

Con alguna frecuencia, cuando una persona descubre a Dios dentro de su corazón, quiere enseguida hacer algo por los demás, por la Iglesia, por anunciar a Jesucristo, y preguntan en qué pueden colaborar o actuar. Primero hay que ver cuáles son los carismas que Dios da a cada persona, sus circunstancias personales y, a partir de aquí, descubrir la tarea a la que Dios llama a cada uno. Todos tenemos nuestro lugar en este Cuerpo maravilloso que es la Iglesia de Cristo y este mundo que Dios ha creado.

¡¡Señor, te pedimos que cada vez nos sintamos más unidos entre nosotros, los cristianos; que nos demos cuenta que nuestros actos, buenos o malos, repercuten en los demás; y muéstranos la tarea para la que tú nos has llamado en tu Iglesia y en tu mundo desde la creación del mismo!!




[1] Recordad el pasaje del evangelio en que cuatro hombres presentan a Jesús un paralítico en una camilla para que lo curara y lo que se le “ocurre” a Jesús decirle al paralítico es lo siguiente: “Hijo, tus pecados quedan perdonados” (Mt. 9 2). Estas palabras pueden parecer un sarcasmo; también se podría decir aquí que Jesús es un hombre sin alma o un Dios sin alma. ¿Por qué Jesús habrá perdonado los pecados al paralítico antes de curarlo de su parálisis? Pues porque, para Jesús, era mucho más grave su situación espiritual que su situación física: un hombre postrado en una cama para el resto de sus días.

[2] En otro lugar del evangelio dice Jesús: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no puede quitar la vida; temer más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno” (Mt. 10, 28).

jueves, 14 de enero de 2010

Domingo II del Tiempo Ordinario (C)

17-1-2010 DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO (C)
Is. 62, 1-5; Slm. 95; 1ª Cor. 12, 4-11; Jn. 2, 1-12

Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
Quienes me conocéis un poco, sabéis lo mucho que me cuesta preparar las homilías y charlas, pues me pongo frente al ordenador y no sé por dónde voy a salir. Sin embargo, luego maravillosamente van surgiendo ideas y palabras. Hoy es uno de esos días: leo las lecturas de la Misa, miro en cosas que pasan a mi alrededor y veo muchos temas sobre los que hablar: la Iglesia y los diversos ministerios o carismas que Dios nos da; el amor de Dios para su pueblo; la acción de María y su figura en la fe de todo cristiano; el matrimonio; el hombre ante Dios… Hoy voy a hablaros de dos de estos temas:
- El primero de los temas se refiere a la Virgen María. Nos dice el evangelio de hoy: “Faltó el vino y le dijo su madre: ‘No les queda vino’. Jesús le contestó: ‘¿Quién te mete a ti en esto, mujer? Todavía no ha llegado mi hora’. Su madre dijo a los sirvientes: ‘Haced lo que él os diga’”. Siempre me ha sorprendido en este texto que acabamos de escuchar cómo Jesús da el brazo a torcer ante su madre. Ésta oye la respuesta negativa del hijo a su indicación, pero María no hace caso y actúa cómo si la respuesta de su hijo Jesús hubiera sido positiva. Él no tenía intención de hacer ningún signo o milagro aquel día en que fue invitado a una boda, pero su madre, de modo muy femenino y de la forma en que sólo una madre puede hacerlo, le mete en el brete de hacer tal milagro. María pidió a Jesús que se metiera en cosas muy prácticas, en cosas de la vida ordinaria, en cosas de la cocina. Aquí comprobamos la fuerza y el peso que tiene la Virgen María ante Dios, ante su hijo Jesús.
Estoy leyendo estos días un libro de Vittorio Messori, un periodista italiano, que en su juventud tuvo un encuentro con Jesús, se convirtió y dio un vuelco completo a su vida. En este libro suyo, titulado “Por qué creo”, habla en un momento de la Virgen María y dice que en el ámbito protestante se ha debilitado mucho la fe en Cristo, y precisamente por estar convencidos los protestantes que dar honores, alabanzas y oraciones a María era quitárselos al Hijo. “Justamente allí, donde se proclamaba el ‘Solus Christus’, allí donde se despreciaba como superstición pagana una devoción a María que habría oscurecido y contaminado la fe en el Único Redentor, he aquí que el Cristo como Hijo de Dios ha terminado por desvanecerse para transformarse en un sabio, en un moralista, en un profeta judío. La fe en Jesús, Hombre-Dios, se ha demostrado bastante más sólida entre católicos y ortodoxos, es decir, donde María tiene un lugar más importante. Por eso, si la fe es auténtica, cultivada, pensada, consciente, ocurrirá lo contrario de lo que se piensa, o espera, una cierta teología: antes o después nos encontraremos con María. La Virgen María es una garantía de salvaguardia, como sintetiza una antigua antífona litúrgica: ‘Gaude, Virgo Maria, tú que, sola, has destruido las herejías en el mundo’. Palabra de experiencia milenaria: allí donde está Ella, no sólo está Él también, sino que está la seguridad de que la fe es la justa, la ortodoxa. Pero esta certeza sobre María fue para mí una conquista y un don progresivo” (pp. 205-206). Recuerdo haber leído o escuchado hace tiempo que las sectas protestantes son muy activas en América Latina; por ejemplo, en Méjico. Aquí la gente tiene mucha devoción a la Virgen de Guadalupe y, cuando los integrantes de la secta les dicen que, para entrar en las comunidades protestantes, tienen que dejar de rezar a la Virgen de Guadalupe, porque eso es algo pagano y no querido por Dios ni por la Biblia, entonces los católicos mejicanos y amantes de la Virgen dejan de lado a los protestantes y continúan con su devoción a María. Ella está haciendo que mucha gente siga dentro de la Iglesia católica. Aquí también se comprueba la fuerza y el peso que tiene la Virgen María entre los hombres.
- Por otra parte, en el texto evangélico que acabamos de escuchar me ha llamado hoy la atención lo siguiente: “Jesús les dijo: ‘Llenad las tinajas de agua’. Las llenaron hasta arriba. Luego les mandó: ‘Ahora sacad y llevádselo al mayordomo’. Lo llevaron al mayordomo. Este probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues la habían sacado ellos)”. Aquí se nos dice que Jesús convirtió agua en vino, y era un vino bueno. Más adelante Jesús convertirá el vino en su propia sangre: “Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos” (Mc. 14, 24).
Pero en lo que quiero fijarme en el día de hoy es en unas palabras muy simples, pero que esconden mucha profundidad y carga detrás: El mayordomo no sabía de dónde venía el vino, pero los criados sí que lo sabían, pues habían sido ellos los que habían sacado el agua y llenado las tinajas. Los criados SABÍAN que el vino venía de Jesús, pues fue Jesús quien convirtió agua en vino. El mayordomo sólo se preocupó de gustar el vino y comprobar que estaba bueno, que tenía buen “bouquet”; el mayordomo sólo se preocupó de reñir con los novios, porque habían dejado el vino bueno para el final. Para nada le importaba de dónde venía ese vino bueno. Repito: los criados sí que SABIAN de dónde venía el vino: de Jesús.
Me preguntaréis que por qué me fijé en estas palabras: “sabían los criados y no sabía el mayordomo”. Pues porque el miércoles me llamaron a grabar una entrevista para un programa de radio y hablando con el chico del estudio, éste manifestó que no tenía fe, que no creía en Dios, que no creía que existiera otra Vida después de esta vida. Me di cuenta que este chico no “sabe” de Jesús… aún. El no lo conoce todavía.
El miércoles me enteré de la terrible noticia del terremoto en Haití. En uno de los periódicos se contaba la experiencia de un comerciante español, que estaba allí y que vivió esos momentos angustiosos. El iba en un coche por la carretera y vio cómo se abría ésta y la tierra tragaba coches con todos los ocupantes dentro. En esos momentos se vio morir y exclamó: ‘¡Yo soy cristiano y creo en Dios!’ Era una especie de confesión de fe y de acto de arrepentimiento ante Dios. No sé si este hombre era creyente y practicante, o más bien lo tenía un tanto olvidado. No sé si este hombre “sabía” de Jesús. Lo que sí sé es que en ese momento “supo” de donde venía el “vino bueno y auténtico”: de Jesús, y por eso hizo ese acto de fe, de certeza, de saber.
Otro ejemplo: os transcribo ahora la carta de un soldado americano que murió en la segunda guerra mundial, en el desembarco del norte de África de 1943. En un bolsillo de su guerrera se encontró una carta que decía así: “¡Escúchame, Dios mío!, nunca te había hablado; pero ahora quiero decirte: ‘¿Cómo te encuentras? Escucha, Dios mío; me dijeron que no existías y como un tonto me lo creí. La otra tarde, desde el fondo de un agujero hecho por una bomba, vi tu cielo… De pronto me di cuenta de que me habían engañado. Si me hubiera tomado tiempo para ver las cosas que Tú has hecho, me habría dado cuenta de que esas gentes no consentían en llamar al pan, pan y al vino, vino. Me pregunto, Dios, si Tú consentirás en estrecharme la mano… Y, sin embargo, siento que Tú vas a comprender. Es curioso que haya tenido que venir a este sitio infernal antes de tener tiempo de ver tu rostro. Te quiero terriblemente; quiero que lo sepas. Ahora se va a dar un combate terrible. ¿Quién sabe? Puede ser que llegue yo a tu casa esta misma tarde… Hasta ahora nunca habíamos sido camaradas, y me pregunto, Dios mío, si Tú me vas a estar esperando a la puerta. Mira, ¡estoy llorando! ¡Yo, derramando lágrimas! ¡Ah, si te hubiera conocido antes…! ¡Bueno, tengo que irme! Es extraño, pero desde que te he encontrado ya no tengo miedo a morir. ¡Hasta la vista!” También este chico americano “supo” de dónde venía el “vino bueno y auténtico”: de Jesús.
¡Señor, queremos ser en nuestra vida como los criados que llevan las tinajas siguiendo tu voz, y no como el mayordomo! ¡Señor, queremos “saber!”

viernes, 8 de enero de 2010

Domingo del Bautismo del Señor (C)

10-1-2010 BAUTISMO DEL SEÑOR (C)

Is. 42, 1-4.6-7; Slm. 28; Hch. 10, 34-38; Lc. 3, 15-16.21-22

Homilía de audio en MP3
Homilía de audio en WAV

Queridos hermanos:

Con la festividad de hoy, Bautismo del Señor, finaliza el tiempo de Navidad. A partir de mañana comienza el tiempo litúrgico Ordinario, que se prolongará en un primer momento hasta el 17 de febrero, Miércoles de Ceniza, en que empezará la Cuaresma. Vamos a reflexionar hoy una vez más sobre el sacramento del Bautismo, el primero que recibe un cristiano:

- La realidad es que hasta hace poco en España mayoritariamente se recibía el Bautismo y, sin embargo, hoy en día cada vez lo recibe menos gente. El otro día me comentaba una persona que en La Corredoria, en su bloque de viviendas, sólo su hijo ha recibido este sacramento. Todos los demás niños están sin bautizar. Hablamos de un barrio de las afueras de Oviedo en donde hay bastantes parejas jóvenes y con algún hijo.

- Otra realidad con la que nos encontramos es que diversas personas que se acercan a la Iglesia católica para pedir este sacramento tienen motivaciones no demasiado acordes con el evangelio de Jesucristo. Por eso, en ocasiones me he visto en la obligación de decir claramente a los padres y/o abuelos que pedían el Bautismo para el hijo o para el nieto que el Bautismo no es 1) un rito de adscripción a una sociedad más. Hay gente que, al nacer un hijo, lo asienta en el ayuntamiento, le hace socio del club de fútbol del Oviedo, o del Gijón, o del Madrid, de un club de golf o de tenis, y lo quiere apuntar también en la Iglesia (mediante el Bautismo) para tener todo el abanico posible sobre su hijo perfectamente completo y rellenado. 2) El Bautismo tampoco es una fiesta social para celebrar el naci­miento de un hijo y donde se reúne toda la familia. Ya sabéis que en Avilés se ha inventado el “bautismo civil” con padrinos y todo, e incluso con una pequeña “ceremonia” por parte de algún concejal. 3) De la misma manera el Bautismo no es un medio para obtener un certificado para el día de mañana. 4) Finalmente, tampoco el Bautismo es un tranquilizante de la conciencia de los padres o de la abuela por si se muere el niño sin el sacramento.

- Pero, entonces, ¿qué es el Bautismo, qué significa nuestro Bautismo? Sobre estas preguntas ya os he hablado el año pasado por esta misma fecha. No obstante, hoy repetiré que… el Bautismo es el sacramento del principio y comienzo de la vida cris­tiana. Consiste en un baño de agua con las palabras de la fórmu­la: “N, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. ¿Qué riqueza habrá encerrada en el sacramento cuando un santo (aquel que ve las cosas con los ojos de Dios) como el P. Pío de Pietrelcina lloró toda su vida por las horas que estuvo sin bautizar desde que nació? Sí, él fue bautizado a las pocas horas de nacer y, sin embargo, lloró por ese poco tiempo que estuvo sin recibir las gracias del sacramento. ¿No será un tanto exagerado este P. Pío, o más bien será que nosotros no alcanzamos a percibir la grandeza de este sacramento por nuestra ceguera y por nuestra cortedad?

- ¿Hace falta la fe para ser bautizado? Sí. En la primitiva Iglesia sólo se ofrecía o se daba este sacramento a las personas que creían en Jesús como Señor, como Salvador, como Dios. Hay un texto bíblico que a mí siempre me ha gustado mucho. Se trata del ministro de la reina de Etiopía que se encuentra con el apóstol Felipe. Este le habla de Jesús y de su Buena Noticia. Entonces el ministro, al saber que existía el Bautismo como posibilidad de entrar en la gracia maravillosa de Cristo, le dice a Felipe (fijaros qué diálogo más precioso): “Aquí hay agua. ¿Hay algún impedimento para que me bautices? Felipe le dijo: Si crees con todo tu corazón, se puede. El respondió: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Acto seguido, el etíope mandó detener el carro, ambos bajaron al agua y Felipe lo bautizó” (Hch. 8, 36-38). Por lo tanto, hace falta la fe para ser bautizado. Quien no tiene fe, debe ser rechazado y no se le debe permitir recibir este sacramento. Por otra parte, yo siempre digo que no es suficiente cualquier fe. No basta creer en Dios; yo siempre digo que es necesario creer en el Dios de Jesucristo predicado por la Iglesia católica. Por ello, antes de efectuar el Bautismo se pregunta al bautizando si acepta el credo. Y si quien pide el Bautismo tiene una fe débil, vg., desea el sacramento por presión social o por costumbre, entonces hay que purificar y profundizar esa fe.

Algunos de vosotros podréis decir que qué fe pueden tener unos bebés de pocas horas de vida. En definitiva, ¿se puede bautizar a los niños que no pueden dar una res­puesta personal de fe? El Nuevo Testamento nos habla de bautizos de familias enteras, niños incluidos (Hch. 16, 31-33). Esta fue una práctica muy extendida en la Iglesia primitiva a causa de la elevada mortandad infantil. Los niños se bautizaban en la fe de los padres y padrinos, y existía un compromiso muy serio de educación en la fe católica sobre esos niños. Recuerdo un episodio que me sucedió hace ya algunos años, y es que una chica me pidió que bautizara a su hijo y yo acepté. Poco antes de derramar agua sobre el niño hice el rito del credo, es decir, pregunté a los padres y padrinos si creían en todas y cada una de las verdades contenidas en el credo. Como el niño no podía responder por sí, los padres y padrinos debían hacerlo por él. Les indiqué que tenían que contestar a cada pregunta ‘sí creo’, y se me ocurrió decir también que, si alguno de ellos no creía, que no dijera ‘no creo’, sino que estuviera callado. Pues bien, pregunté y a cada pregunta la madre y los padrinos contestaron: ‘sí creo’, pero el padre contestó: ‘mmm’ con la boca cerrada; o sea, que no creía. Si esto lo hubiera respondido alguno de los padrinos o los dos, entonces había que parar la ceremonia y buscar otros padrinos. La madre pedía el Bautismo y eso bastaba. Además, los padrinos eran garantes ante Dios y garantes de la Iglesia de que ese niño iba a ser educado en cristiano. Si faltara esa garantía, habría que diferir el sacramento hasta que se salvaguardase la futura educación cristiana del niño.

- ¿A qué nos compromete nuestro Bautismo? Este sacramento tiene una función social, ya que implica el deseo, el deber y el derecho a vivir la fe cristiana en comunidad. Y vivir la fe cristiana en comunidad implica también el esfuerzo por un mundo más humano y más divino según los designios de Dios. Voy a poner tres ejemplos de esto: 1) Las lecturas de hoy nos invitan al compromiso en pro de nuestros hermanos: Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, Saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas”. Y también: “Está claro que Dios acepta al que practica la justicia […] Jesús de Nazaret […] pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. 2) Contaba una misionera, a la que una vez la invitaron a hablar en una universidad estatal de la India sobre Cristo y sobre los Evangelios, que al terminar le dijeron: “Conocemos misioneros que trabajan en la enseñanza o en hospitales; Vd. se ocupa de las mujeres del campo. Admiramos esto. Pero no trabaje sólo para mejorar el nivel de vida de otras personas. Por favor, transmítales la energía que toma de Jesu­cristo y su Mensaje. Ayúdeles a caminar hacia ese mismo Dios, para que también ellas tengan esa misma fuerza interior”. 3) Hace años estuve de capellán de emigrantes españoles en Alemania y allí conocí a Antonia, una mujer de Zamora. Ella visitaba a muchos enfermos por los hospitales y casas en la ciudad alemana en la que vivía. Ella lo hacía desde el carisma y el don que Dios la dotó para preocuparse por las personas dolientes. Lo hacía desde su forma de ser, pero también como cristiana que era. Por eso, cuando la gente decía que Antonia era muy buena por hacer eso, yo contestaba que no era Antonia quien visitaba a los enfermos, sino que era el mismo Dios y la misma Iglesia quienes los visitaban. Nadie puede apropiarse de las cosas buenas que hace, pues es Dios mismo quien las hace a través nuestro.

martes, 5 de enero de 2010

6-1-2010 EPIFANIA (C)

Is. 60, 1-6; Slm. 71; Ef. 3, 2-3a.5-6; Mt. 2, 1-12

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Queridos hermanos:

Celebramos hoy la fiesta de Reyes, también llamada Fiesta de la Epifanía o de la Manifestación de Dios a todos los hombres. En el día de hoy podemos resaltar las siguientes ideas:

* Los judíos pensaban que la salvación o el Mesías eran nada más para ellos. Sin embargo, Dios les mostró que la salvación, que Jesús era para todos los hombres. Y así se dio el caso de que un judío como Herodes no reconoció a Jesús como Dios y Rey; es más Herodes quiso matarlo. Y, por el contrario, unos extran­jeros, los Magos de Oriente, sí lo reconocieron como salvador. Nosotros, según la primitiva mentalidad de los judíos, no seríamos destinatarios de la salvación de Dios, pero Él nos dice que sí en un día como hoy. En efecto, en los Magos de Oriente, unos extranjeros, estamos representados todos y cada uno de nosotros.

* Otra de las ideas centrales del día de hoy es el hecho de que Jesús viene presentado como Luz en medio de las tinieblas que rodean al mundo. Por ejemplo, los Magos fueron guiados hasta Belén por un estrella, que desapareció en cuanto se mostró el lugar donde yacía el niño Jesús. Desapareció la estrella, porque todas las estrellas desaparecen cuando llega el sol y trae el día. Así el Sol-Jesús hizo desaparecer la Estrella del Oriente. Isaías, en la primera lectura, profetiza también en este mismo sentido: “¡Levántate Jerusalén, que llega tu luz! Mira: las tinieblas cubren la tierra, las oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz”. Así, vemos cómo Cristo Jesús es la Luz para todos noso­tros. Para todo el que cree en El, Jesús es la Luz en medio de las oscuridades y dudas de esta vida. El que no cree en Jesús camina en la oscuridad. Sí, camina en la oscuridad, porque no ve más que lo que toca, que lo que palpa.

Veamos un ejemplo concreto de cómo Dios busca manifestarse y ser luz para todos los hombres de hoy: Hace un tiempo me encontré con un hombre en una celebración religiosa, a la que siguió la comida en un restaurante. Este hombre ganaba sólo de sueldo unos 600.000 € al año. Dirigía una empresa que estaba y está entre las más importantes de España y exporta a muchas partes del mundo. Tenía una buena mujer como esposa, unos hijos encantadores, muchos amigos, salud... Sin embargo, no era feliz. Después de la Misa me andaba buscando continuamente y, hasta que no se sentó a mi lado en la mesa a comer no paró, para poder hablar conmigo. Enseguida me preguntó: ‘¿Tienes tú el poder de Dios para transmitirlo a otras personas?’. No le importaba si yo era canónigo o juez de la Rota o doctor en derecho canónico. Sólo le importaba si yo tenía el poder de transmitir a Dios. Hablamos largo y tendido. Él me hacía preguntas y yo le contestaba; luego yo le preguntaba y le hablaba. Al día siguiente le escribí un correo por Internet en donde le decía:

“Estimado N: Después de haber tenido ayer nuestro encuentro-conversación, le he estado dando vueltas y creo que debo de manifestarte lo siguiente: Pienso que dentro de ti hay una serie de pensamientos y sentimientos encontrados acerca de Dios y del hecho religioso:

* Por una parte, te atrae, percibes que hay en ello una riqueza extraordinaria, algo que dará sentido a tu vida, ahora y para siempre. Sientes que Dios dará respuesta a tus preguntas más angustiosas y llenará todo tu ser como nunca nada ni nadie lo ha hecho. Colmará tus anhelos más profundos y te hará feliz, a ti y a los tuyos, a los que están a tu alrededor y a los de más lejos. Esto, sin embargo, es más una intuición que una certeza.

* Por otra parte, te gustaría ser como otras personas que están cerca de ti y que no se plantean todas estas cosas y viven "feliz y tranquilamente". Intuyes que abrirte a ese Dios significará, por primera vez en tu vida, no dominar, ni comprender, ni controlar nada. No saber a dónde te llevará eso ni por dónde. No saber lo que perderás de ti y de lo tuyo, y no saber lo que encontrarás y si te agradará. Intuyes que, si te abres a Dios y existe, tendrás que someterte a su voluntad, a su deseo (un deseo y una voluntad de vida y de felicidad para ti), pero no quieres y no estás dispuesto a perder tu autonomía, tu independencia, tu criterio. NO.

Y mientras te debates entre estas dos líneas, sientes que tu vida es mediocre, que le falta algo, que no te llena y corres y corres, y haces y cosechas triunfo tras triunfo (triunfos materiales y de reconocimiento de la sociedad), pero eso no te llena. Sabes que te falta algo. Intuyes que eso que te falta está por el lado de Dios y temes meterte por ahí, por todo lo que ello supone.

Como te decía ayer, pienso que Dios ha metido dentro de ti su sabia divina y eso te hace percibir que la vida tiene que ser algo más que lo que tienes o aparentemente te ofrece.

Hay muchas más cosas que vienen a mi espíritu para decirte, pero tengo que dejarlo aquí ahora. No obstante, te diré, para terminar, que si quieres dar el paso, Dios no te ofrece un seguro a todo riesgo ni te explicita paso por paso lo que va a pasar. O te fías o no te fías, o saltas al vacío sin paracaídas o no saltas, o te crees que El está para recogerte o no te lo crees. Y es que creer es apostar por Dios sin condiciones. Otra cosa te he de decir: sabes que cuentas conmigo para lo que consideres oportuno y necesario, con libertad y sin obligaciones. Un abrazo de Andrés

P.D.- No me importa que te moleste algo o todo de lo que te acabo de escribir. Sé que a Satanás le molestará que te lo haya mandado y tratará de envenenarte contra mí, contra lo que he escrito, pero no es más que una táctica para defender la parte que tiene bien agarrada en ti. También tú te defenderás, como con el compañero cristiano en el ejército[1], y darás mil argumentos en contra. No importa, si es de Dios lo que yo acabo de escribir, entonces dará fruto en ti ahora, o más adelante, cuando El quiera.”

Este es mi Dios Jesucristo, el que manifiesta su Luz a todos los hombres que creen, a todos independientemente de lo que hayan hecho a lo largo de su vida. En este día de Reyes o de la festividad de la Manifestación de Jesús a todos los hombres pido a Dios:

¡Que su Luz nos ilumine a todos!



[1] Estando en el ejército ya este hombre le planteaba preguntas a un compañero cristiano y éste a su vez le decía cosas, de las que se defendía.

sábado, 2 de enero de 2010

Domingo II después de Navidad (C)

3-1-2010 DOMINGO SEGUNDO DESPUES DE NAVIDAD (C)
Eclo. 24,1-4.12-16; Sal. 147; Ef. 1, 3-6.15-18; Jn. 1, 1-18

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Queridos hermanos:
- Existe una leyenda muy antigua y muy bonita, creo que es de la Bretaña francesa. Quizás la conozcáis. Dice así: Una madre tenía un hijo único. Ella era viuda y cuidaba de aquel hijo con todo su cariño. El creció y con el tiempo conoció a una chica, de la cual se enamoró. Enseguida los dos jóvenes se hicieron novios, pero la chica sentía celos del amor que existía entre la madre y su novio y, por eso, le dijo a éste: ‘Para demostrarme que me quieres de verdad tienes que traerme en una bandeja el corazón de tu madre’. El chico quedó sorprendido de la petición, pero, finalmente, fue, mató a su madre y le arrancó el corazón. Cuando iba corriendo con la bandeja para llevarle aquel corazón a su novia, con las prisas, tropezó y cayó él, la bandeja y el corazón de su madre. Desde el corazón salió una voz que decía: ‘Hijo, ¿te has hecho daño?’
Algo parecido nos narra el evangelio de hoy. Es como la historia de un desamor. "En la Palabra (Jesús) había vida, la vida era la luz de los hombres […] Al mundo vino; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron". Desde que Jesús nació hemos visto cuántos hombres y mujeres lo han rechazado: Herodes, los fariseos, Judas, el joven rico, y tantos de nosotros que, con nuestros pecados de cada día, rechazamos esa vida y esa luz que Él quiere darnos.
Pero, si seguimos leyendo el evangelio, encontramos un poco más adelante una cosa preciosa: “Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. ¿Qué significa ser ‘hijo de Dios’? Significa muchas cosas, pero ahora sólo me detendré en dos: 1) Al ser hijos de Dios, tenemos vida verdadera en nosotros, vida eterna y vida mejor, pues la sabia de Dios corre por nuestras venas y sana nuestras partes podridas. 2) Al ser hijos de Dios, tenemos luz para ver en la oscuridad, para ver lo realmente bueno y lo malo, para ver a Dios a nuestro lado y para ver a los hombres como hermanos nuestros.
En mi vida de cada día, ¿recibo a Jesús y percibo cómo El me da vida y luz? ¿O soy, más bien, como el novio e hijo único que apuñalo y arranco el corazón del ser que más quiere para entregárselo a novias que no dan luz ni vida, que son celosos y posesivos, y matan lo bueno que hay en mí?
- Permitidme ahora que os dé una pequeña clase de teología. Es bueno que entendamos un poco más nuestra fe y sepamos más de ella. Daré la ‘clase de teología’ partiendo del evangelio que acabamos de escuchar y de un trozo del Credo ‘largo’ de la Misa: “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre…”
A principios del siglo IV hubo un sacerdote, de nombre Arrio, que negaba la divinidad de Jesucristo. Se preguntaba Arrio: ‘¿Cómo Dios se puede encerrar en la pequeñez de un cuerpo humano? ¿Cómo Dios, el puro, va a tocar al hombre que es pecador desde su concepción? Por tanto, Jesucristo fue un hombre muy bueno, el mayor de los profetas en esta tierra, pero jamás Dios. Además, sólo hay un Dios: el Padre. No hay dos dioses: el Padre y Jesucristo’. A partir de estas afirmaciones suyas se sacaron una serie de consecuencias: Si Jesucristo es hombre y no Dios , María es sólo la madre de Jesús, pero no la Madre de Dios. Estas ideas tuvieron mucho éxito y se extendieron por toda la Iglesia. En una serie de concilios convocados por la Iglesia se declaró que Jesús, el hijo de María, era Dios: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. También se declaró la Maternidad Divina de María.
Vamos a seguir profundizando un poco más: Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre; pero… * En la cruz, ¿quién murió? ¿Cristo en cuanto Dios o en cuanto hombre? Mucha gente contesta que en cuanto hombre, ya que Dios no puede morir. * En Belén, ¿quién nació? ¿Cristo en cuanto Dios o en cuanto hombre? Mucha gente contesta que en cuanto hombre, ya que Dios no puede nacer. El existe desde toda la eternidad.
Años más tarde de Arrio surgió un obispo llamado Nestorio, el cual sostenía que en Jesús había dos naturalezas: la humana y la divina, y no había mezcla alguna entre ellas. Por lo tanto, Nestorio afirmaba que Jesús, el Hijo de Dios, en cuanto Dios, en cuanto Segunda Persona de la Santísima Trinidad, no podía ni nacer, ni padecer, ni morir. Todo eso le sucedió en cuanto hombre, pero no en cuanto Dios. Estas afirmaciones suyas fueron condenadas como heréticas, pues la Encarnación quedaba muy diluida o descafeinada. En efecto, la doctrina católica dice que: 1) Jesús tiene dos naturalezas: la humana y la divina, pero también Jesús es una única persona, la cual es divina. Y en esa persona divina se unen las dos naturalezas. 2) En la cruz murió Cristo en cuanto Dios y en cuanto hombre, porque muere la naturaleza humana de Jesús, pero también ‘muere’ la persona divina de Jesús. 3) En Belén nació Jesús en cuanto Dios y en cuanto hombre, porque nace la naturaleza humana de Jesús, pero también ‘nace’ la persona divina de Jesús. 4) María es verdadera Madre de Jesús, el Hijo Encarnado y, por tanto, es verdadera Madre de Dios.
En definitiva, el problema raíz de que Arrio, Nestorio, los mormones, los testigos de Jehová… y tantos hombres de nuestro tiempo nieguen la divinidad de Jesucristo, es decir, que Cristo sea Dios, está en que no se cree en el misterio de la Encarnación. ¿En qué consiste este misterio? Muy sucintamente, lo dice el Evangelio de hoy: "... y la Palabra era Dios... Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros". Es decir, Dios, la Segunda persona de la Trinidad se hizo hombre. Dios ha querido salvarnos no a golpes de barita mágica desde su cielo. No lanzando discursos altisonantes desde las nubes. Ya no quería seguir enviando profetas que hablaran en su nombre. Quiso hablarnos El mismo. Pero quiso hacerlo desde nuestra situación concreta, pasando por los mismos problemas, alegrías y sufrimientos que nosotros. Por eso se hizo un hombre igual a nosotros en todo menos en el pecado. Pasó hambre, sed, frío, persecución, calumnias, alegría, traiciones, muerte de su padre, insultos, golpes, flagelación y muerte. Su sangre no era tomate de películas, su pasión y muerte no fue la representación de un buen actor. Jesús no representó una muerte, sino que murió. Jesús no representó un nacimiento, sino que nació. Y todo ello para nuestra salvación.
Por todo esto, podemos decir verdaderamente: “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre…”