jueves, 27 de mayo de 2010

Domingo de la Santísima Trinidad (C)

30-5-2010 SANTISIMA TRINIDAD (C)

Prov. 8, 22-31; Slm. 8; Rm. 5, 1-5; Jn. 16, 12-15

Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

En el día de hoy celebramos la festividad de la Santísima Trinidad y he pensado en seguir profundizando en el Espíritu Santo. En efecto, el domingo pasado, Pentecostés, os hablaba de los dones del Espíritu y hoy quiero hablaros de los frutos del Espíritu. Decía Jesús: “Por sus frutos los conoce­réis”. “Si un árbol es bueno, dará fruto bueno; pero si un árbol es malo, dará fruto malo. Porque el árbol se conoce por el fruto” (Mt. 12, 33).

Mucha gente cree que no es mala, porque no tiene pecados. Así se mide uno en el mundo, pero ante Dios uno se mide de otra manera. Jesús no mira si no tenemos pecados; Él mira más bien si tenemos obras buenas. Por eso, si cualquiera de nosotros desea saber si es bueno ante Dios, no mire las cosas malas que no tiene, sino las cosas buenas que tiene. ¿Y cuáles son esas cosas buenas? Pues son los frutos del Espíritu Santo.

La tradición de la Iglesia enumera doce frutos del Espíritu, los cuales están tomados en gran medida de una carta de San Pablo a los Gálatas, que dice así: “Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Ga 5,22-23). Y hemos de saber que estos frutos, más que consecuencias de nuestro esfuerzo, son regalos de Dios, del Espíritu de Dios y, cuanto más cerca estamos de Él, más profundamente están los frutos en nosotros. Vamos ahora a ir examinando algunos de los frutos del Espíritu… hasta donde lleguemos.

- El amor es el primero entre los frutos del Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque Dios es amor. Dad a un hombre el imperio del universo con la autoridad más absoluta que sea posible; haced que posea todas las riquezas, todos los honores, todos los placeres que se puedan desear; dadle la sabiduría más completa que se pueda imaginar; añadidle el poder de hacer milagros: que detenga al sol, que divida los mares, que resucite los muertos, que participe del poder de Dios en grado tan eminente como queráis, que tenga además el don de profecía, de discernimiento de espíritus y el conocimiento interior de los corazones. El menor acto de amor que haga, valdrá mucho más que todo eso, porque ese acto de amor lo acerca y lo hace semejante al Supremo bien. Sólo Dios es bueno, sólo de Dios procede lo bueno, y lo mejor que existe en la tierra y en el cielo es el amor: Amor a Dios, amor los otros, amor a uno mismo, amor a las criaturas. Si en vosotros encontráis este amor, entonces es que sois un árbol bueno y tenéis en vosotros el mejor de los frutos del Santo Espíritu de Dios.

- La alegría es uno de los indicativos más fuertes de la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Los problemas nos han desaparecido, las circunstancias negativas siguen siendo las mismas, pero la perspec­tiva es otra muy distinta. "Por lo demás, hermanos míos, mante­neos alegres, como cristianos que sois" (Flp. 3, 1). Decía San Juan Crisóstomo: “Los seguidores de Cristo viven contentos y alegres, y se gozan de su pobreza más que los reyes de su corona”. Decía San José María Escrivá: “¿No tienes alegría? Piensa: hay un obstáculo entre Dios y yo. Casi siempre acertarás”.

- La mansedumbre y la paciencia. Ésta es el amor que comprende a las personas difíci­les o inmaduras, y que nos da esperanza en situaciones difíciles. Es propio de la virtud de la paciencia moderar los excesos de la tristeza y es propio de la virtud de la mansedumbre moderar los arrebatos de cólera que se levanta para rechazar el mal presente. El esfuerzo humano por ejercer la paciencia y la mansedumbre como virtudes requiere un combate que requiere violentos esfuerzos y grandes sacrificios. Pero, cuando la paciencia y la mansedumbre son frutos del Espíritu Santo, apartan a sus enemigos sin combate, o si llegan a combatir, es sin dificultad y con gusto. La paciencia ve con alegría todo aquello que puede causar tristeza. Así los mártires se regocijaban con la noticia de las persecuciones y a la vista de los suplicios. Cuando la paz está bien asentada en el corazón, no le cuesta a la mansedumbre someter los movimientos de cólera. Cuando el Espíritu Santo toma posesión de una persona, aleja de ella la tristeza y la cólera.

- La perseverancia. La perseverancia nos ayuda a mantenernos fieles al Señor a largo plazo. Impide el aburrimiento, la rutina, la desesperanza y la pena que provienen del deseo del bien que se espera y que no acaba de llegar, o del mal que se sufre. La perseverancia hace, por ejemplo, que al final de un tiempo consagrado a la virtud seamos más fervorosos que al principio.

- La bondad y generosidad que nos hace ser desprendidos de lo nuestro: de nuestras cosas y de nuestras personas. La bondad es un fruto que mira al bien del prójimo. Por ello, quien es regalado con este fruto se siente inclinado a ocuparse de los demás y a que los demás participen de lo que uno tiene, pues lo ha recibido de Dios y no es propietario, sino administrador. Es bondadoso quien pone por obra aquellas palabras de despedida de S. Pablo a los responsables de la comunidad de Efeso: "En todo os he hecho ver que hay que trabajar así para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús: 'Hay más alegría en dar que en reci­bir'" (Hch. 20, 35).

- La fe, como fruto del Espíritu Santo, es la aceptación de todo lo que nos es revelado por Dios, es la firmeza para afianzarnos en ello, es la seguridad de la verdad que creemos sin sentir repugnancias ni dudas, ni esas oscuridades y terquedades que sentimos naturalmente respecto a las materias de la fe. No es suficiente creer, hace falta meditar en el corazón lo que creemos, sacar conclusiones y responder coherentemente. Por ejemplo, la fe nos dice que Nuestro Señor es a la vez Dios y Hombre y lo creemos. De aquí sacamos la conclusión de que debemos amarlo sobre todas las cosas, visitarlo a menudo en la Santa Eucaristía, prepararnos para recibirlo y hacer de todo esto el principio de nuestros deberes y el remedio de nuestras necesidades. Pero, cuando nuestro corazón esta dominado por otros intereses y afectos, nuestra voluntad no responde o está en pugna con la creencia del entendimiento. Creemos, pero no como una realidad viva a la que debemos responder. Hacemos una dicotomía entre la "vida espiritual" (algo solo mental) y nuestra "vida real" (lo que domina el corazón y la voluntad). Ahogamos con nuestros vicios los afectos piadosos. Si nuestra voluntad estuviese verdaderamente ganada por Dios, tendríamos una fe profunda y perfecta.

- La modestia regula los movimientos del cuerpo, los gestos y las palabras. Como fruto del Espíritu Santo, todo esto lo hace sin trabajo y como naturalmente. Nuestro espíritu, ligero e inquieto, está siempre revoloteando par todos lados, apegándose a toda clase de objetos y charlando sin cesar. La modestia lo detiene, lo modera y deja al alma en una profunda paz, que la dispone para ser la mansión de Dios: el don de presencia de Dios. Ésta sigue rápidamente al fruto de modestia. La presencia de Dios es una gran luz que hace al alma verse delante de Dios y darse cuenta de todos sus movimientos interiores y de todo lo que pasa en ella con más claridad que vemos los colores a la luz del mediodía. La inmodestia es señal de un espíritu poco religioso.

- El dominio de sí mismo es un fruto del Espíritu Santo que nos hace ser libres de los instintos animales y ciegos como la ira, la rabia, la gula, la lujuria. Mediante esta virtud el hombre se convierte realmente en el señor de la crea­ción y de las cosas creadas, sujetando su voluntad a la voluntad divina.

viernes, 21 de mayo de 2010

Domingo de Pentecostés (C)

23-5-2010 PENTECOSTES (C)
Hch. 2, 1-11; Slm. 103; 1 Co. 12, 3b-7.12-13; Jn. 20, 19-23

Homilía en audio de MP3
Queridos hermanos:
Cuando rezamos el Credo decimos que creemos en Dios Padre, en el Hijo (Jesucristo) y en el Espíritu Santo. En el día de hoy: domingo de Pentecostés, celebramos la venida del Espíritu Santo a los apóstoles y, a través de ellos, a toda la Iglesia.
Es muy poco lo que se habla del Espíritu Santo y ¡tanto lo que se puede decir de Él! Hoy profundizaremos un poco en este misterio del que depende nuestra vida de fe. En la segunda lectura nos dice San Pablo que “nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Parece una tontería, pues todos podemos decir: ‘Jesús es Señor’, pero San Pablo no se refiere únicamente a mencionarlo o expresarlo con nuestros labios, sino sobre todo a decirlo con todo nuestro ser. O sea, lo que quiere decir San Pablo es que nadie puede creer en Jesús como Dios y como Señor, sino es porque el Espíritu Santo nos da la fe para decirlo, para creerlo y para vivirlo.
Supongo que habréis oído hablar de los dones que uno recibe con el Espíritu Santo. Cuando los apóstoles estaban reunidos en el día de Pentecostés, varias lenguas de fuego se posaron sobre ellos. En esas lenguas de fuego recibían el Espíritu Santo y sus dones. Estos permiten a los cristianos secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino. Por lo tanto, los dones del Espíritu son infundidos por Dios. El creyente no podría adquirir los dones por sus propias fuerzas, ya que estos transcienden infinitamente todo el orden puramente natural. Los dones los poseen en algún grado todas las almas en gracia, y son incompatibles con el pecado mortal. Con estos dones el Espíritu Santo rige y gobierna inmediatamente nuestra vida sobrenatural. Ya no es la razón humana la que manda y gobierna; es el Espíritu Santo mismo, quien actúa como motor y causa principal única de nuestros actos virtuosos, poniendo en movimiento todo el organismo de nuestra vida sobrenatural hasta llevarlo a su pleno desarrollo.
Y ahora vamos a hablar de los dones que el Espíritu nos otorga. Ya sabéis que son siete:
- Don de sabiduría. La sabiduría es la luz que se recibe de lo alto: es una participación especial en ese conocimiento misterioso, que es propio de Dios. Este conocimiento está impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad con las cosas divinas y gusta ya en la tierra de ellas. Con este don se es capaz de juzgar las cosas, los acontecimientos y las personas según la medida de Dios. Por otra parte, con esta sabiduría se sabe en cada momento lo que se tiene que hacer para agradar a Dios,
- Don de entendimiento o de inteligencia. Es una gracia del Espíritu Santo para comprender la Palabra de Dios y profundizar las verdades reveladas. La palabra "inteligencia" deriva del latín intus legere, que significa "leer dentro", penetrar, comprender a fondo. Esta inteligencia sobrenatural se da, no sólo a cada uno, sino también a la comunidad: a los Pastores y a los fieles, que de este modo poseen el sentido de la fe.
- Don de consejo. Ilumina la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone, sugiriéndole lo que es lícito, lo que conviene más al alma. El Espíritu de Dios enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos.
- Don de fortaleza. Es la fuerza sobrenatural que Dios nos otorga para obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida. Para resistir las instigaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente, y nos ayuda a superar los miedos, la cobardía, la rutina y el cansancio.
En nuestro tiempo muchos ensalzan la fuerza física, llegando incluso a aprobar las manifestaciones extremas de la violencia. Este don de la fortaleza encuentra poco espacio en una sociedad en la que está difundida la práctica, tanto del ceder y del acomodarse como la del atropello y la dureza en las relaciones económicas, sociales y políticas. La timidez y la agresividad son dos formas de falta de fortaleza que, a menudo, se encuentran en el comportamiento humano, con la consiguiente repetición del entristecedor espectáculo de quien es débil y servil con los poderosos, pero prepotente con los indefensos. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no solo en momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez.
- Don de ciencia. Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. El hombre contemporáneo, en virtud del desarrollo de las ciencias, corre el riesgo de absolutizar las cosas de este mundo y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el mundo se postra demasiado a menudo. Gracias al don de ciencia, el hombre no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida. Así logra ver las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios, y como consecuencia, se siente impulsado a traducir este descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias. Además, el hombre con este don descubre la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación.
- Don de piedad. Este don sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios como Padre y para con los hermanos como hijos del mismo Padre. La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración y nos da una profunda confianza en Dios. La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre. Así se da en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo. Por esto el cristiano se siente impulsado a tratar a los demás con la amabilidad propia de una relación fraterna. El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.
- Don de temor de Dios. Se trata del temor a ofender a Dios y humildemente reconociendo nuestra debilidad. El creyente se preocupa de no disgustar a Dios, de "permanecer" y de crecer en la caridad. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el «espíritu contrito» y con el «corazón humillado». Este temor no excluye el miedo que nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo divino, pero la suaviza con la fe en la misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos.
¡Ven, oh Santo Espíritu, y concédenos tus siete dones, ahora y por siempre! AMEN

viernes, 14 de mayo de 2010

Domingo de la Ascensión del Señor (C)

16-5-2010 DOMINGO DE LA ASCENSION (C)

Homilía de audio en MP3
Hch. 1, 1-11; Slm. 46; Ef. 1, 17-23; Lc. 24, 46-53
Queridos hermanos:
En este domingo celebramos la Ascensión de Jesús a los cielos. Este hecho se nos narra en el evangelio y en la primera lectura de hoy. En esta última se cuenta cómo un ángel se dirige a los discípulos que miraban al cielo viendo cómo ascendía Jesús: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse”. En efecto, el misterio de la Ascensión de Jesús a los cielos no es un camino de ida, sino que es un camino de ida y vuelta. Jesús se fue al Padre, pero volverá a nosotros de nuevo, volverá para buscarnos. Por eso, los cristianos siempre esperamos el regreso de Jesús a la Tierra. Por eso, en la Misa, después de la consagración, decimos todos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!” Y después del rezo del Padrenuestro, el sacerdote dice: “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo”. Igualmente en estos días de Pascua se leía en el Oficio de lectura de la Liturgia de las Horas el libro del Apocalipsis, y casi al final de este libro se lee así: “El Espíritu y la Novia[1] dicen: ‘¡Ven!’ Y el que oiga, diga: ‘¡Ven!’ […] ‘Sí, vengo pronto’. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!” (Ap. 22, 17.20). En definitiva, el cristiano espera y lucha en esta vida y por esta vida, pero sobre todo el cristiano espera en el Señor y espera al Señor (cfr. Slm. 26, 14).
Sin embargo, por desgracia, existen muchos de nosotros, los cristianos, que estamos tan enfangados con las cosas de este mundo, que ya no esperamos casi nada de Dios, o, cuando nos dirigimos a Dios, es para pedirle cosas para este mundo. Difícilmente levantamos la vista del suelo, de esta tierra, y miramos fundamentalmente a Dios o al cielo. Al pensar esto, me vienen a la mente aquellas palabras que el ángel de Dios dijo a los cristianos de Efeso a finales del siglo I y que fueron recogidas en el Apocalipsis: “Tengo contra ti que has perdido el amor primero. Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera (Ap. 2, 14-15). Por ello, San Pablo pedía para estos mismos cristianos de Efeso unos años antes que Dios “ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos”.
Bien, ésta es la idea fundamental que quiero predicaros en el día de hoy: Cristo Jesús nos llama con este misterio de su ascensión a los cielos a trabajar fuertemente en este mundo, pero sabiendo que nuestra patria está con Él, en el cielo, de donde vendrá el mismo Jesús a buscarnos. ¿Dónde tenemos nuestros ojos y nuestro corazón: en el cielo y en la tierra con las cosas de Dios, o sólo en la tierra con las cosas nuestras? ¿Hemos perdido “el amor primero” de una experiencia de Dios y seguimos instalados en una rutina, o luchamos por volver a los momentos de cercanía y amor de Dios en nosotros?
Quisiera ahora leeros una carta que una antigua religiosa dirigió al Papa para pedirle permiso y poder abandonar la congregación religiosa en la que estaba. Veréis cómo, desde mi punto de vista, esta mujer logra unir perfectamente su vida en la tierra, su preocupación por su familia, su deseo de ser feliz… con ese mirar al cielo y esperar todo de Jesucristo. Es una carta preciosa. Escuchad: “Santo Padre: Muchas veces he deseado escribirle, y no se imagina cómo me hubiera gustado que fuera en otras circunstancias. Mi nombre es N, de nacionalidad N. Hace trece años ingresé en la Congregación de N, convencida de que era el camino que Dios quería para mí: Los primeros años de formación fueron muy felices; lo que más agradezco es que me enseñaron a conocer mi religión y a dialogar con el Señor por medio de la oración. Había momentos en que me asaltaban las dudas, pero con la ayuda de mis formadoras me volvía a sentir animada.
La segunda etapa del juniorado la viví fuera de mi país, en España. No sabría decirle si me afectó el cambio de cultura; lo cierto es que a mis dudas se añadió un desencanto en mi vida religiosa, pero seguía adelante con el deseo y la esperanza que eso pasara pronto. Al terminar mi formación, sin duda cometí un error al profesar perpetuamente sin estar segura y esa inseguridad la pagué caro sin duda, pues lo que tendría que haber sido algo maravilloso, como es la consagración religiosa, para mí se volvió una carga insoportable en tal grado que me deprimía y veía todo negativo. Consulté con varios sacerdotes; algunos me decían que esperara y que viviera intensamente mi consagración, y Dios sabe que hacía lo posible por hacerlo. Otros me aconsejaban que dejara la Congregación, y no me atrevía, pues me sentía una infiel, ya que era consciente del compromiso que había adquirido. Así pasé dos años con una angustia interior en tal grado, que mi oración era una petición constante al Señor para que me quitara la vida.
No me cansaré nunca de agradecer a mi Dios lo bueno que ha sido conmigo, pues, en medio de tanta oscuridad, El se hizo presente por medio de un sacerdote que me ayudó mucho; me hizo comprender que, religiosa o no, Dios me amaba igual y que El permite las cosas por algo. Empecé a recobrar esa paz que había perdido hacía mucho tiempo. Me puse en las manos del sacerdote, y con su ayuda comencé a hacer un discernimiento para buscar la voluntad de Dios en mi vida. Pedí permiso para estar un año fuera de la Congregación y durante este tiempo he estado en contacto con mi director Espiritual y con su ayuda he llegado a la conclusión de que no tengo las fuerzas para continuar en la vida religiosa y que quiero rehacer mi vida, y ayudar a mi familia que se encuentra muy necesitada económicamente, pero quiero hacer las cosas bien y no alejarme de Dios. Por eso, quiero pedirle la dispensa de los votos religiosos, comprometiéndome a ser una buena cristiana, pues creo que es mejor a ser una mala religiosa.
Yo agradezco a Dios y no me arrepiento de todo lo que aprendí y viví en este tiempo, agradezco también a la Congregación todo el apoyo que me brindaron y todo lo que hicieron por mí, pues sé que, tanto a ellas como a mí, nos duele mucho esta situación.
Si me pregunta que si estoy segura de lo que le estoy pidiendo, le diré que no existe una seguridad total, pero tengo unas palabras de mi director grabadas en el alma que me dan consuelo. Me dijo: que, si me equivocaba, Dios tendría compasión de mí, por el deseo que tengo de hacer su voluntad y, la verdad, eso es lo que deseo con todo mi corazón. El lo sabe, sólo le pido perdón por si no he sabido buscarla. A usted también le pido perdón, pues sé lo que esto significa para usted. Por eso humildemente le pido una oración para que Dios me ayude y que no me pierda por los caminos fáciles que la vida seglar conlleva.
Yo también rezaré por usted para que el Señor le dé fuerzas para llevar a cabo su difícil tarea de guiar a la Iglesia.
Deseándole lo mejor se despide su hija”
.
¡Que Dios nos conceda a todos nosotros trabajar en esta tierra esperando la vuelta de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Él volverá un día por nosotros!
[1] La Novia indica a la Iglesia, es decir, a todos nosotros.

viernes, 7 de mayo de 2010

Domingo VI de Pascua (C)

9-5-2010 DOMINGO VI DE PASCUA (C)

Hch. 15, 1-2.22-29; Slm. 66; Ap. 21, 10-14.22-23; Jn. 14, 23-29


Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
En estos días que pasé en Lourdes de peregrinación tuve ocasión de hablar con unos y con otros en diversos momentos. Cinco días dan para mucho. Una persona me decía que estaba pasando por unos momentos de mucho sufrimiento, de mucha soledad; me decía que en la peregrinación había experimentado la acogida y el cariño de los voluntarios y de los peregrinos; me decía que sabía que allí, entre aquella buena gente, tendría que haber problemas, como en todo grupo humano, que eso era inevitable, pero se sentía muy bien entre aquella gente. Y quiero detenerme hoy en esta última afirmación: en todo grupo humano existen tensiones, de una u otra manera, antes o después. ¿No habéis siempre escuchado que la convivencia con otros es lo más difícil? Por “grupo humano” entiendo una pareja de novios, un matrimonio, una familia, un centro de trabajo, una pandilla de amigos, una asociación deportiva o cultural, un partido político, una parroquia, una peregrinación a Lourdes, la Iglesia…
Y ahora voy a centrarme en los grupos humanos de fe. En un primer momento me escandalizó y me costaba entender que hubiera disensiones y discusiones en las parroquias, en un convento de monjas o frailes, entre los curas, o en la Iglesia. Sin embargo, con el paso del tiempo y adquiriendo más experiencia de la vida, de Dios, de los hombres…, he ido viendo que todos estos enfrentamientos son propios del ser humano, esté donde esté, o sea lo que sea. Así, me he fijado en el evangelio cómo Jesús discutía con los fariseos y con los sumos sacerdotes de los judíos; me he fijado cómo los apóstoles discutían entre sí por tener el mejor puesto al lado de Jesús, cuando éste fuese rey; me he fijado cómo los paisanos de Jesús en Nazaret discutieron con él y quisieron matarlo; me he fijado cómo Judas reñía a María Magdalena por haber desperdiciado un frasco de perfume carísimo, y cómo Jesús llamó la atención a Judas por esto. Y tantos otros ejemplos que podemos sacar del evangelio en este sentido.
También me he fijado, leyendo los Hechos de los Apóstoles y las cartas de San Pablo, cómo también había problemas y discusiones entre los primeros cristianos: San Pablo y San Bernabé riñeron por causa de San Marcos, sobrino de éste; San Pablo riñó a San Pedro por el modo de comportarse con los recién convertidos; San Pablo riñó en varias ocasiones con otros cristianos por la distinta manera de entender el evangelio de Jesús. Otro de los ejemplos de estas riñas entre cristianos es el que se nos relata hoy en la primera lectura. Y aquella bronca dio lugar a que se celebrase el primer concilio de la Iglesia: el concilio de Jerusalén. Veamos lo que nos dice la lectura: “En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia”. Incluso en las palabras finales del concilio se alude al enfrentamiento: “Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras”.
Bien, ya tenemos claro que siempre hay problemas entre los hombres, en sus relaciones humanas, incluso dentro de la Iglesia y con la cosas de Dios. ¿Qué tenemos que hacer cuando sucedan estos hechos? Pues unos dirán: encerrarnos en nosotros mismos y tener relaciones interpersonales sólo superficiales para evitar la ocasión de discutir. Bien. Esta es una postura, pero no creo que sea lo que Jesús quiere que hagamos. Entonces, ¿qué hacemos? En las lecturas de hoy se nos dan varias claves y modos de actuación. Yo os las voy a ir exponiendo, según la Palabra de Dios lo ha ido suscitando en mi espíritu:
1) Entiendo que para que no haya discusiones no es conveniente ni se puede exigir que traguemos por todo, que pasemos por todo. Vemos el ejemplo de San Pablo y de San Bernabé que no “tragaron” por lo que decían aquellos cristianos que venían de Jerusalén y que exigían a los nuevos cristianos varones que se circuncidaran, como exigía la Ley de Moisés. Pablo y Bernabé se preguntaron: ¿Qué nos salva: la circuncisión o la fe en Jesús? Y se contestaron que la fe en Jesús. Por eso, no “tragaron” lo que decían aquellos, pues sabían que había mucho en juego. Si la “paz” entre los hombres o en un grupo humano de los arriba aludidos[1] tiene que significar el perder o el pasar por alto cosas importantes, entonces Dios no quiere que tengamos esa paz, pues es la paz del sometimiento, del miedo. Ahí tenemos el famoso caso de Tomás Moro, que fue canciller o primer ministro del rey Enrique VIII de Inglaterra y no se sometió a sus órdenes de rechazar la fe de la Iglesia católica, cuando el rey creó la iglesia anglicana. Fue encarcelado, se le quitaron honores, posesiones y, finalmente, fue decapitado por su negativa. Sus últimas palabras fueron éstas: “Muero siendo el buen siervo del Rey, pero primero de Dios”.
2) San Pablo y San Bernabé no se encierran en sí mismos ni en sus razones. Buscan el diálogo con los que provocaron la confusión. Como no fue posible llegar a un entendimiento con ellos, entonces decidieron ir a Jerusalén ante el grupo de apóstoles que dirigían la Iglesia para que ellos pusieran luz en la cuestión debatida. Como veis, se trata de buscar un diálogo, pero que sea constructivo y se busca quién puede dar luz a aquello de lo que se habla.
3) En la Iglesia se debe invocar siempre al Señor..., cuando las cosas van bien y cuando las cosas van mal. No se trata de tener razón, no se trata de vencer unos a otros. Se trata de seguir la voluntad de Dios y la verdad de Dios. Por eso, se invoca al Espíritu para hacer caso al Espíritu. Así, las primeras palabras de lo acordado en el concilio dicen así: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros,…”
4) También me voy a fijar ahora en otras palabras del concilio y que para mí son muy importantes. Escuchad: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”. Como veis los apóstoles deciden, en unión con el Espíritu de Dios, ir a lo fundamental. Jesús no nos llenó de cargas innecesarias, tampoco nosotros debemos hacerlo. A este respecto recuerdo una anécdota que le sucedió a Gandhi. El siempre comía en una escudilla muy pobre, de latón. Cuando le invitaban los ricos o poderosos a comer en sus casas o palacios, él siempre llevaba su escudilla y su cuchara para comer algo de lo que le dieran en su pobre plato. Esto lo sabía todo el mundo. Ahora viene la anécdota. Resultó que un día los ingleses le dieron la razón a Gandhi y le otorgaron la independencia de la India, creo que fue hacia 1948. Entonces el gobernador de la India le invitó a comer en su palacio y en esa ocasión Gandhi consintió en comer en la vajilla de oro. Esto fue sabido y mucha gente se lo echó en cara, a lo que él replicó: “Se consiguió la independencia de la India, ¿qué más da comer una vez en un plato de oro?” Es decir, se consiguió lo importante, ¿qué más da ceder en lo accesorio o accidental? Pues esto mismo nos dice Cristo: vayamos a lo que importa y no nos detengamos en lo que no es importante. (Caso mío en Taramundi y mi lucha porque los niños hicieran la 1ª Comunión con trajes sencillos). En definitiva, no elevemos lo accidental a la categoría de fundamental. Desenfocaremos todo y crearemos conflictos innecesarios.

5) Para terminar os digo lo del evangelio. Hemos de buscar la paz de Jesús con todos para que esté presente entre nosotros. “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”.
[1] Parejas de novios, matrimonios, familias, centros de trabajo, pandillas de amigos, asociaciones deportivas o culturales, partidos políticos, parroquias, la Iglesia.