jueves, 30 de diciembre de 2010

Santa María, Madre de Dios (A)

1-1-2011 SANTA MARIA, MADRE DE DIOS (A)

Num. 6, 22-27; Sal. 66; Gal. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

En la homilía de hoy quisiera tratar varios temas:

- En un primer momento quisiera aclarar un concepto de la predicación del día de la Sagrada Familia. Quien haya leído o escuchado la homilía del pasado domingo podrá haber sacado la idea de que pongo al mismo nivel la unión de hecho, el matrimonio civil y el matrimonio canónico o por la Iglesia. Nada más alejado de la realidad. Para mí no tienen el mismo valor los diversos modos de convivencia entre un hombre y una mujer. El domingo pasado lo que hice fue fijarme simplemente en la convivencia en las parejas, independientemente del modo de unión o enlace entre sí. Pero, por supuesto que, para los católicos, no es lo mismo una manera u otra de convivir el hombre y la mujer. Nosotros, los católicos, pensamos y creemos firmemente que la única unión que vale para un hombre católico y para una mujer católica es el matrimonio sacramental. ¿Por qué? Pues porque (1) Dios mismo ha instituido el sacramento del matrimonio y porque (2) sabemos que, ante las dificultades de las que hablaba en la homilía anterior, Dios mismo está presente en esa convivencia para hacerla posible, para ayudar a esos esposos en su amor conyugal. Todo católico sabe que Dios está en nosotros y entre nosotros, y que su presencia y su ayuda nos hacen la vida más feliz y provechosa para nosotros y para los que nos rodean. ¡Qué sería de nosotros sin Dios! Para quienes no tienen fe, esta frase no tiene sentido alguno, pero para los que creemos, sabemos la absoluta verdad de esta afirmación: ¡Qué sería de todos nosotros (casados, solteros, casados, viudos, jóvenes y mayores, ricos y pobres, sanos y enfermos…) sin Dios, sin su ayuda y sin su presencia!

- Otra cosa que quisiera aclarar en el día de hoy es un comentario que hice en la homilía del día de Navidad. El comentario no estaba escrito en el texto que publiqué en Internet, pero sí lo verbalicé. Os decía que, al preparar esa predicación para el día de Navidad, sentí en mi interior una voz que me decía que era todo una mentira, que era siempre lo mismo, que Dios no podía salvar a nadie, que todo era ya sabido y aburrido… Lo percibí como una tentación de Satanás; era una idea y un pensamiento molestos y persistentes, pero procuré retirarlos de mi voluntad y de mi mente, aunque siguieron rondando y siguen todavía. Los efectos de las tentaciones dejan a uno con intranquilidad, con desasosiego, con

dudas, con falta de alegría… Pero, ¿sabéis qué es lo peor de las tentaciones? Para mí lo peor no son las mismas tentaciones, sino el silencio de Dios. Dios en esos momentos de tentación suele callar y uno se siente que ha de luchar en completa soledad contra todo lo que se le viene encima. No obstante, la experiencia me dice una y otra vez que todo eso es necesario pasarlo para que se fortalezca la fe. En caso contrario, ante cualquier dificultad, enseguida claudicamos o entramos en la más absoluta de las mediocridades. Hace poco regalaron a mi casa un pollo de corral. Mi madre me decía que el pollo de corral tenía la carne más dura y era porque caminaba por la huerta y por el prado. Sin embargo, el pollo “de fábrica” estaba siempre encerrado en un pequeño compartimento y su carne era blanda. El pollo mejor y más caro es el de corral, por supuesto. Pues Dios quiere que nuestra fe sea probada, profunda y buena como el pollo de corral, y no como el pollo “de fábrica”. En medio de la tentación habitualmente no sentimos ni percibimos sensiblemente a Dios, pero Él siempre está. Así nos lo dice San Pablo: “Ninguna prueba habéis tenido que rebase lo soportable, y podéis confiar en que Dios no permitirá que seáis puestos a prueba por encima de vuestras fuerzas; al contrario, junto a la prueba, os proporcionará fuerzas suficientes para superarla” (1 Co. 10, 13).

- Ya para ir finalizando esta homilía quisiera leeros una oración que me enviaron hace poco tiempo. Se titula así: Oración para terminar el año”. La leo:

“Señor Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.

Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que recibí de TI.

Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol; por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice en este año; el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mi y los que están más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.

Pero también Señor, hoy quiero pedirte perdón; perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado. Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo.

También por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte. Por todos mis olvidos, descuidos y silencios nuevamente te pido perdón.

Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.

Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.

Abre, en cambio, mi ser a todo lo que es bueno, que mi espíritu se llene solo de bendiciones, y las derrame a mi paso.

Cólmame de bondad y de alegría para que cuantos conviven conmigo o se acerquen a mi encuentren en mi vida un poquito de TI.

Danos un año feliz y enséñanos a repartir felicidad.

Amén”

Hasta aquí ‘la oración para terminar el año’, pero hoy estamos a 1 de enero de 2011. Por tanto, es necesario que hagamos otra oración para empezar el año. Esta oración para 2011 la tendremos que elaborar cada uno de nosotros. En esta nueva plegaria (1) pidamos a Dios lo que deseamos para este año que empieza, pero también (2) hemos de incluir en esa oración lo que nosotros pensamos o lo que podemos hacer para entrar en la voluntad de Dios y lo que podemos hacer en favor de los demás; de esta manera no tendremos que pedir “perdón por el tiempo perdido”, como en la oración de despedida de 2010.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Sagrada Familia (A)

26-12-2010 SAGRADA FAMILIA (A)

Eclo. 3, 2-6.12-14; Slm. 127; Col. 3, 12-21; Mt. 2, 13-15.19-23



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

En el día de hoy celebramos la festividad de la Sagrada Familia. El año anterior me fijé en los niños al predicar la homilía. En este año quisiera fijarme un poco en los esposos.

La semana pasada un joven soltero y sin compromiso me decía que la Iglesia tiene que cambiar en muchas cosas, pues se está quedando atrás y sola. Le pedí que me pusiera algún ejemplo de estos cambios que ha de hacer la Iglesia e inmediatamente me habló de las parejas y de los matrimonios. Me contaba el caso de sus hermanos: dos varones y una chica. Todos ellos con pareja. Su hermano mayor llevó un noviazgo “por el libro”, se casó por la Iglesia y su matrimonio… es un auténtico desastre. Me decía este joven que, si su hermano hubiera convivido con su novia, se hubieran podido conocer más y mejor antes de llegar al matrimonio y quizás no estarían como están ahora. Me comparó este matrimonio canónico y fracasado con la relación de pareja que lleva su otro hermano con una chica y las cosas van bastante mejor entre ellos. Lo que pasa es que, como yo conozco un poco las tres relaciones de sus hermanos, le hice ver las contradicciones y las tensiones de las convivencias de sus otros dos hermanos que están sin casar, ni por lo civil, ni por la Iglesia. El joven me acabó reconociendo esto. Parece que hoy día casarse por la Iglesia no es garantía de que el matrimonio y la convivencia conyugal “funcione”, pero… casarse por lo civil o convivir como pareja de hecho tampoco es garantía de conocerse mejor y de que la relación “funcione”. Hay que ir profundizar más que lo que este joven hacía –desde mi punto de vista- sobre la vida de pareja.

Hace poco leí en un periódico una carta de una mujer que pasaba por dificultades conyugales. Decía la carta: Querido marido de más de media vida juntos: Sin necesidad de acuerdo previo, desde siempre coincidimos, primero en enamorarnos fulminantemente y luego en esas menudencias que ensamblan la vida. Coincidimos en política, en religión, en dedicación a nuestra casa y a nuestros hijos, en cuidar uno de otro cuando hemos estado enfermos y… ¡vive Dios que no nos han faltado sustos de salud! Juntos hemos disfrutado de los pequeños triunfos y juntos, codo con codo, hemos sufrido, padecido y luchado, contra la variada injusticia que nos tocó en el lote. No hemos sido una idílica pareja de esas que nunca discuten. Hemos discutido, nos hemos enfadado y nos hemos amigado; en fin, lo normal, hemos vivido. Sin embargo, ahora estás imposible. Sentadas las grandes bases, sin problemas irresolubles, te veo sonreír y hablar amablemente… pero no conmigo. Mi presencia te agobia, mi ausencia te disgusta. Rechazas mis iniciativas, te niegas a acompañarme (porque no te encuentras bien, me dices) y, a continuación, sí que te encuentras bien para ir a ver a cualquiera que yo no haya mencionado. Si hay verdura, quieres pasta. Si hay pasta, quieres arroz. Si hay sopa, quieres puré. Si te pregunto qué quieres, contestas que cualquier cosa. Si dispongo “cualquier cosa”, apareces con algo nuevo que tú has ido a buscar. Si hablas con los hijos, no haces de correa de transmisión. Si yo hablo con ellos, te molestas si no comento nada. ¿Te muestras correcto? Sí. Correcto y distante, correcto y despegado. ¿Hablas conmigo? Sí, sin entablar conversación alguna. Si muestro interés por las cosas que tienes que hacer, me contestas con vaguedades o si alguna vez me contestas algo concreto… luego me reprochas que no lleve una memoria exacta de lo que has dicho. Si me acerco a ti, retrocedes porque te parece que te mando o que te fiscalizo. Si procuro mantenerme distante, acaba escapándosete algún suspiro como de pena. Si te pregunto, me contestas algo bien críptico y abstruso, que me suma en la indignación o en la tristeza… Tiene que bastarte esta muestra para comprender porqué digo que estás imposible”.

¡Qué preciosa es la vida matrimonial, pero al mismo tiempo qué difícil y cuántos sinsabores aporta a tantos hombres y a tantas mujeres! Seguro que todos, los maridos y las mujeres, tienen miles de razones para quejarse -¡y con razón!- de lo mal que se comporta su cónyuge. Cuando el párroco de La Corte (Oviedo) me llama para hablar un día a los novios que se preparan para el matrimonio, al llegar a la sala veo en la pizarra que hay una serie de palabras escritas el día anterior en que el párroco les pregunta qué actitudes deben existir en un matrimonio y cuáles no. Leo siempre lo que han dicho los novios en dos columnas: amor, respeto, cariño, comprensión, fidelidad,/ malos humores, gritos, rencores, etc. Y siempre me fijo que falta una actitud muy importante: el perdón. Sí, en toda relación humana, y sobre todo en toda relación de pareja-matrimonio el perdón debe de estar siempre presente, pues uno, otro o los dos comenten errores y fallos, y el otro debe siempre perdonar.

La buena relación entre los esposos no se consigue durante el noviazgo llegando su cenit en el momento de la celebración de la boda. No. Dicha relación es fruto de toda la vida. Constantemente hay que estar luchando, ambos y codo con codo, por esta relación. Hace tiempo leí una frase de un autor cristiano (Tertuliano), que hablando de los esposos escribía así: “¡Qué vinculación la de dos fieles que tienen la misma esperanza, el mismo deseo, la misma disciplina, el mismo Señor! Dos hermanos comprometidos en el mismo servicio: no hay división de espíritu ni de carne; realmente son dos en una misma carne. Juntos oran, juntos se acuestan, juntos cumplen la ley del ayuno. Uno y otro se enseñan, uno y otro se exhortan, uno y otro se soportan. Juntos están en la Iglesia de Dios, juntos toman parte en el banquete de Dios, juntos pasan las angustias, las persecucio­nes, las alegrías. No se ocultan nada el uno al otro, todo es compartido, sin que por eso sea carga el uno para el otro...” En esta misma línea me ha emocionado la actuación de San José en el evangelio de hoy. Cuando Dios le avisa para que huya ante Herodes, que quiere matar a su hijo, San José coge a su hijo y a su mujer y se las lleva al extranjero a fin de protegerlos. Cuando años más adelante Dios le avisa que puede regresar, San José vuelve a coger a su hijo y a su mujer y los trae de vuelta a Israel, pero temiendo que el hijo de Herodes aún busque al niño para matarlo, lleva a éste y a su mujer a una aldea remota de Galilea: Nazaret. San José es padre que protege a su hijo. San José es esposo que protege y cuida de su esposa.

En esta Misa pido a San José y a la Virgen María, verdaderos esposos según la voluntad de Dios, que protejan y cuiden de todos los esposos y de todas las parejas de la tierra, y que les enseñen que el amor esponsal verdadero es olvidarse de sí mismo para darse al otro por entero.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Navidad (A)

25-12-2010 NAVIDAD (A)

Is. 52, 7-10; Slm. 97; Hb. 1, 1-6; Jn. 1, 1-18



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

En este año para predicar sobre el día de Navidad no recogeré reflexiones ‘sesudas’, sino que leeré las sencillas palabras de una mujer que el año pasado se acercó a su parroquia el 28 de diciembre y vio las figuras del nacimiento con María, con San José, con la estrella, el ángel y los animales, pero sin el niño Jesús. Aquella visión de la cuna vacía revolvió a esta mujer y aquí están los pensamientos que tuvo y lo que sucedió:

“Cuando hoy llegué a la iglesia me encontré con María y José en el portal, pero sin el Niño. Esta ausencia produjo una fuerte sacudida a mi corazón. Y de pronto, sin saber como, me embargó una gran tristeza y se estremeció mi alma ante aquella cuna vacía y lloré; lloré porque era como si Jesús no hubiera nacido. Aquella cuna vacía ante mí era la representación de nuestros corazones; corazones que no habían recibido al Niño ni lo habían dejado nacer en ellos. Era aquélla una cuna desolada, solitaria y fría; un espacio de desesperanza sin vida de Dios. Lloré ante la cuna vacía; lloré con arrepentimiento y dolor, con un profundo y amargo dolor. ¿Dónde estaba el Niño? ¿Quién se lo había llevado? La desolación y la tristeza tomaron posesión de mi alma, pues ante mi física presencia faltaba la presencia física de la figura del Niño: la imagen de aquel pequeño bebé tierno y frágil, pero a la vez fuerte y divino. Faltaba el Niño. ¡Qué tristeza! ¡Un nacimiento sin Niño no es nacimiento! Fue el dolor de este llanto el que abrió mi corazón al amor e hizo nacer al Niño en mí: amor derramado por la pena de ver el lugar vacío, frío y triste. Faltaba su divina presencia. La misteriosa alegría que produce un nuevo nacimiento. Un divino nacimiento. Y así, en medio de abundantes lágrimas, el Niño Jesús fue dado a luz en mi alma con retraso, pues estos días estaba demasiado ocupada con mis cosas, con las comidas y con la familia. Sólo cuando me contemplé en aquella cuna vacía, descubrí en mí el vacío de su presencia y me embargó el dolor de no saber decir sí como María y dar a luz en mí al Hijo de Dios. Ante este descubrimiento mi corazón se enterneció, y en ese acto de amor la cuna de mi corazón se llenó de su presencia.

Después de todo lo experimentado por mi alma, hablé con el párroco y le hice ver que un nacimiento sin Niño no estaba completo. Pues mucha gente, -le dije-, viene a la iglesia todos los días mientras hago adoración ante el sagrario y, como estoy en un rincón y apenas me ven, creyéndose solos, hacen actos de amor que a mí me estremecen y enfervorizan más en mí la fe. Lo cierto es que todo empezó hace unos siete años, cuando se llevaron al Niño Jesús del portal, y eso causó mucho revuelo en la parroquia, sobre todo al sacerdote que estaba en aquel momento. Pero a mí, al contrario de todos, me pareció un acto de amor. Alguien que estaba solo o enfermo o quien sabe cuántas cosas más, miró al Niño y el Niño lo miró a él, y se fueron a pasar la Navidad juntos. Y ese alguien que se llevó al Niño dejó en la cuna una flor. Se llevó lo más bello y nos dejó en su lugar una bella flor. En aquel momento ante el revuelo montado me fui a la ciudad a comprar un Niño Jesús para reponer al que se habían llevado, pero, cuando llegué a la iglesia, ya había otro Niño en el portal, así que me llevé el que había traído para mi casa. Ahora, ante el temor de que se llevasen el Niño Jesús, decidieron retirarlo y ponerlo solamente a la hora de la Misa. Pero yo desde mi oscuro rincón, había visto a algunas personas llorar ante el Niño y besarlo y adorarlo, así que mi alma se estremeció cuando vio a María y a José y la cuna vacía. Por tanto, le dije al párroco que tenía un Niño Jesús en mi casa y que se lo traería para el portal y a él le pareció bien. Así que fui a casa a por el Niño que había comprado años antes para la parroquia y lo puse sobre la cuna vacía… dejando vacía la cuna que yo tenía en casa. Cuando vaya a la ciudad, me compraré otro Niño Jesús, porque después de estos años me acostumbré a su presencia cerca de mí. Ahora espero que sea la cuna que representa mi corazón la que se llene de su presencia y que nazca en mí una y mil veces. Pues deseo que mi corazón sea una cuna divinamente llena y que rebose de su presencia en un nacimiento infinito”.

En estas palabras de un hecho sencillo se han hecho presentes las palabras del evangelio de hoy:

- La Palabra era Dios […] y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria”. Esta mujer contempló la gloria de Dios ante una cuna vacía que la revolvió, la estremeció y le hizo llorar. Quienes iban como a hurtadillas a la iglesia parroquial y a escondidas o creyéndose a solas besaban y adoraban aquel “belén” sin Niño Jesús también contemplaron la gloria de Dios. Y, finalmente, quien “robó” el Niño Jesús para llevárselo a su casa y en la cuna vacía dejó una flor también contempló la gloria de Dios.

- “En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres”. Esta Palabra es Jesús mismo, y parece mentira que su imagen, ya sea en la cruz o en el portal de “belén”, ya sea la ausencia de su imagen en un “belén” de una parroquia cualquiera, pueda remover tanto a los hombres y darles sentido a sus vidas. Sí, en estos días me ha tocado ver a distintas personas cómo se emocionaban hasta llorar por hablar de Dios o por acordarse de Jesús. ¿Quién es Éste que tanto nos enternece y nos hace vivir para Él? Éste es Jesús, el Hijo de Dios. Él nos da Vida y nos da Luz.

- “A cuantos recibieron (la Palabra-Jesús), les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Esta mujer fue tocada por Dios en su corazón. Vio, a través de los ojos de Dios, su corazón duro y vacío de Dios. Esto le produjo dolor y arrepentimiento, y al mismo tiempo deseo de llenarse del Niño Jesús. Esta mujer fue escuchada y “concibió” a Jesús en su corazón.

Pidamos que estas gracias que tuvieron estas personas en las Navidades pasadas también nos sean concedidas a todos nosotros en las Navidades de este año.

¡Que así sea!

jueves, 16 de diciembre de 2010

Domingo IV de Adviento (A)

19-12-2010 DOMINGO IV ADVIENTO (A)

Is. 7, 10-14; Slm. 23; Rm. 1, 1-7; Mt. 1, 18-24



Queridos hermanos:

- Existe un texto de la primera carta de San Pedro que es muy utilizado y hoy quiero comenzar con él al inicio de esta homilía. El texto dice así: “Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicaciones. Hacedlo, sin embargo, con dulzura y respeto” (1 Pe. 3, 15-16). Imaginaros que se acerca a nosotros un musulmán, o un ateo, o una persona bautizada, pero no creyente, y nos pregunta: ‘¿Qué es lo que celebráis los católicos en este tiempo o en estos días, que vosotros llamáis de “Adviento”?’ ¿Qué contestaríamos? No, no se trata de dar una simple respuesta teórica, sino que se trata de una respuesta de evangelio y de vida. Entre otras cosas, podemos decir lo siguiente:

1) Los católicos celebramos en estos días de Adviento el amor de Dios Padre, que no has creado. Él nos ama más que nuestros propios padres y tiene una paciencia infinita con todos nosotros.

2) Los católicos celebramos en estos días de Adviento que, a pesar del amor infinito que Dios nos tiene, nosotros hemos pecado y no le hemos sido fieles. Dios todo lo ha creado bueno, incluso los hombres, pero nosotros, con nuestra libertad, hemos dado la espalda a Dios (y lo seguimos haciendo a día de hoy).

3) Los católicos celebramos en estos días de Adviento que Dios no nos ha abandonado a nuestra suerte ni nos guarda rencor perpetuo por nuestros pecados. Por eso, como se dice en la profecía de Isaías que acabamos de escuchar, “el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz a un hijo, y le pone por nombre Enmanuel (que significa: ‘Dios-con-nosotros’)”. Esta señal ha sido anunciada por los profetas ya varios cientos de años antes de que sucediera y con una precisión tremenda. Esta precisión sólo pudo provenir de una revelación de Dios mismo. En efecto, a los profetas se les anunció que Dios iba a darnos una señal de perdón para nuestros pecados. Esa señal sería una doncella, una virgen que, sin conocer varón, estaría, sin embargo, encinta de un niño. Esa señal sería igualmente que ese niño no sería un niño cualquiera, sino que sería el mismo Dios en medio de todos los hombres y de toda la creación.

4) Los católicos celebramos en estos días de Adviento que esperamos el nacimiento de ese Niño maravilloso. En ese Niño se encontrarán el hombre y Dios. Así lo dice San Pablo en la segunda lectura: “se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios”. En estas palabras se encierra el dogma, aunque yo prefiero decir hoy el misterio de la Encarnación: Dios mismo en su Segunda Persona, o sea, el Hijo viene a salvarnos a los hombres y lo hace hecho hombre. Es un hombre verdadero, de carne y hueso. Es un hombre verdadero sujeto al frío y al calor, al hambre y a la sed, a la alegría y al sufrimiento, a la vida y a la muerte. Es semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. En este Niño que viene no hay pecado: no hay pecado original, no habrá pecado personal, pues es Dios mismo; el Santo entre los santos.

5) Los católicos celebramos en estos días de Adviento que, si Dios se hizo hombre, también nosotros, los hombres, podemos ser alzados y convertidos en dioses. Sí, nosotros estamos llamados a convertirnos en el dios con minúscula del Dios con mayúscula. Y todo esto gracias a este Niño que esperamos ahora en el Adviento y que nacerá en la próxima Navidad.

Por todo esto y para todo esto los católicos nos preparamos en este tiempo de Adviento. Ya en el siglo VI los católicos en este mes de diciembre ayunaban algunos días, o acudían diariamente al templo para la oración litúrgica. Y hoy día existen católicos que hacen un plan personal para las cuatros semanas que dura el Adviento. Este plan personal debe tener dos facetas: por una parte, librarnos de todo aquello que nos aparta de Dios y de los hermanos, es decir, quitar malas o inútiles costumbres, pecados, egoísmos…; por otra parte, llenar nuestro ser de todo lo que procede de Dios, como la oración, el perdón de los pecados, la lectura de la Palabra de Dios, la reconciliación con nuestros enemigos, etc.

¿Por qué y para qué hacer todo esto? Si realmente nuestra fe se alimenta de lo dicho más arriba, debemos preparar nuestro espíritu para recibir a ese Niño que viene a nosotros. San José lo hizo. Él recibió y acogió en su casa, no sólo al Niño, sino también a la Madre. Mirad cómo no es dicho esto en el evangelio de hoy: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados […] Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

- Ya para terminar, y como hago todos los años por estas fechas, voy a romper delante de vosotros un décimo de la lotería de Navidad. Es un décimo de este año, no del año pasado, y lo rompo porque siento que Dios me lo pide (a otros les pedirá Dios otras cosas); lo rompo porque no quiero que me toque; lo rompo porque quiero con este gesto denunciar todo el mundo del juego y de los males que el juego trae consigo a tantas familias; lo rompo porque quiero denunciar el afán de poner nuestras esperanzas en golpes de fortuna y no en el trabajo y en el ahorro personal y familiar; lo rompo porque quiero que mi tesoro sea el Niño Jesús y no el dinero que me pueda tocar el 22 de diciembre. Sé que muchos de vosotros no estáis de acuerdo con este gesto mío. Hay quien me dice: ‘dáselo a los pobres si te toca y no lo rompas’. A lo que yo replico: ‘lo que no quiero para mí, no lo quiero para los demás’. Hay quien me dice: ‘pero, si te toca y no lo cobras, se lo quedará Zapatero’. A lo que yo replico: ‘¡que se lo quede!’

Os deseo una santa preparación para el nacimiento del Niño en vuestros espíritus y en vuestras familias, y entre todos nosotros, los hombres, que bien que lo necesitamos.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Domingo III de Adviento (A)

12-12-2010 DOMINGO III ADVIENTO (A)

Is. 35, 1-6a.10; Slm. 145; Sant. 5, 7-10; Mt. 11, 2-11



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Estamos ya en el tercer domingo de Adviento. A esta celebración se le denomina “el domingo de la alegría”. La alegría es un signo de felicidad, pero ¿de dónde procede la felicidad? ¿Quién es feliz? ¿Cómo podemos ser felices?

- Hace un tiempo recibí un correo electrónico con un archivo adjunto. Dicho archivo decía así: “En cierta ocasión, durante un seminario para matrimonios, le preguntaron a una mujer: -'¿Te hace feliz tu esposo? ¿Verdaderamente te hace feliz?’ En ese momento el esposo levantó ligeramente el cuello en señal de seguridad; sabía que su esposa diría que sí, pues ella jamás se había quejado durante su matrimonio. Sin embargo, la esposa respondió con un rotundo: - 'No, no me hace feliz'. Y ante el asombro del marido continuó: - 'Él no me hace feliz. ¡Yo soy feliz! El que yo sea feliz o no, eso no depende de él, sino de mí. Yo soy la única persona de quien depende mi felicidad. Yo determino ser feliz en cada situación y en cada momento de mi vida, pues, si mi felicidad dependiera de alguna persona, cosa o circunstancia sobre la faz de esta tierra, yo estaría en serios problemas. Todo lo que existe en esta vida cambia continuamente: el ser humano, las riquezas, mi cuerpo, el clima, los placeres, etc. Y así podría decir una lista interminable. A través de toda mi vida he aprendido algo: he decido ser feliz y lo demás lo llamo 'experiencias': amar, perdonar, ayudar, comprender, aceptar, escuchar, consolar. Hay gente que dice: - No puedo ser feliz, porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró. Pero lo que no sabes es que PUEDES SER FELIZ, aunque estés enfermo, aunque haga calor, aunque no tengas dinero, aunque alguien te haya insultado, aunque alguien no te amó, o no te haya valorado. ¡¡¡SER FELIZ ES UNA ACTITUD ANTE LA VIDA QUE CADA UNO DECIDE!!!’”

- En una sola homilía no se puede tratar con detenimiento la Palabra de Dios u otros temas, pero sí que quiero decir algunas palabras, que pueden servirnos de orientación. Este texto que acabamos de escuchar es propio de los “libros de autoayuda”, que son seguidos por mucha gente y a la vez muy criticados por otra gente. No voy a entrar en ese debate ahora mismo, pero sí quiero hacer un pequeño análisis del texto antes leído: 1) Hay partes con las que estoy de acuerdo y otras con las que no. 2) No estoy de acuerdo en que la felicidad del ser humano depende exclusivamente de uno mismo, sin tener en cuenta a los demás que están alrededor o las circunstancias que nos rodean. 3) Por otra parte, sí estoy de acuerdo en que, si mi felicidad depende sólo y exclusivamente de las circunstancias y de las personas que me rodean, mal me iría. 4) Desde el punto de vista cristiano y evangélico la crítica más fuerte que hago a toda la filosofía de la autoayuda (reconociendo una serie de valores) es que dicha concepción de la vida dice que… todo depende de uno mismo. NO. Para el cristiano el origen de todo bien, de toda alegría, de toda felicidad, de toda seguridad… es Dios y no yo mismo.

Cuando en el evangelio de hoy Jesús responde a los mensajeros de Juan Bautista, les dice así: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Todas estas afirmaciones son fuente de alegría y de felicidad para los beneficiarios de estos bienes y para quienes son testigos de ellos. Pero… ¿de dónde o de quién vienen todos estos regalos? Es el salmo 145 quien nos lo desvela: El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda”. Sí, es el Señor quien nos regala todos los bienes, quien nos da la alegría y quien nos hace felices. Por eso, la respuesta que hemos dado tras cada estrofa del salmo ha sido ésta: Ven, Señor, a salvarnos. Por lo tanto, no soy yo quien me salvo, ni quien fabrico mi alegría, ni quien soy feliz por mí mismo. Es el Señor el origen y la fuente de todo esto.

Celebramos en estas semanas el Adviento, es decir, el Señor que viene a salvarnos. No esperamos que nos salve y que nos dé la felicidad ni la alegría un hombre, o unas ideas, o unos bienes materiales, ni siquiera yo mismo. Sino que todo esto lo esperamos únicamente de Dios y de su Hijo Jesucristo, cuyo nacimiento esperamos y anunciamos.

- Siendo seminarista escuché por primera vez un dicho, que entonces no descubrí en toda su profundidad, pero hoy, pasados ya unos cuantos años, veo más claro cada día. Le decía yo a un sacerdote que me aburría en la oración, que no la hacía bien, que perdía el tiempo. Y decía todo esto, porque no sentía nada en la oración. A estas palabras mías el sacerdote me contestó con el siguiente dicho: “Hay que buscar al Jesús del caramelo y no el caramelo de Jesús”. ¿Por qué digo esto ahora? Muy sencillo: porque, aunque siga ciego, inválido, sordo, pobre, preso, hambriento… he de saber que lo más importante no es que me sea quitado todo esto, sino que lo más importante es el mismo Jesús. Y aquí sí que estoy totalmente de acuerdo con esta parte del texto leído al principio de la homilía: “Hay gente que dice: - No puedo ser feliz, porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró. Pero lo que no sabes es que PUEDES SER FELIZ, aunque estés enfermo, aunque haga calor, aunque no tengas dinero, aunque alguien te haya insultado, aunque alguien no te amó, o no te haya valorado”. Sí, puedo ser feliz, porque es Dios mi felicidad, mi alegría, mis ojos, mis piernas, mis oídos, mi riqueza, mi libertad, mi pan…

¡Qué pena tan grande sería que lucháramos toda nuestra vida por tener los “caramelos” de Jesús o de quien sea, y no por tener al Jesús de todos los “caramelos”!

¡Ven, Señor Jesús!

martes, 7 de diciembre de 2010

Inmaculada Concepción (A)

8-12-2010 INMACULADA CONCEPCIÓN (A)

Gn. 3, 9-15.20; Slm. 97; Ef. 1, 3-6, 11-12; Lc. 1, 26-38



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

- En este día dedicado a la Virgen María querría contaros un cuento. Escuchad atentamente, porque lo uniré con la festividad de María y con el tiempo de Adviento.

Una vez, un miembro de un tribu se presentó furioso ante su jefe para hacerle saber que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo, que lo había ofendido gravemente. ¡Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad! El jefe lo escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero que antes de hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo. El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo, pero que sí le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa. Nuevamente, el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que, ya que había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre cumplió su encargo y estuvo media hora meditando. Después regresó adonde estaba el jefe y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos. Como siempre, fue escuchado con bondad, pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación, como lo había hecho las veces anteriores. El hombre, medio molesto, pero ya mucho más sereno, se dirigió al árbol sagrado, y allí, sentado, fue convirtiendo en humo su tabaco y su bronca. Cuando terminó volvió al jefe y le dijo: ‘Pensándolo mejor, veo que la cosa no es para tanto. Iré adonde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperaré a un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho’. El jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: ‘Eso es precisamente lo que pensaba yo desde el principio que tenías que hacer, pero no podía decírtelo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tú mismo’”.

Vemos que el jefe saca la moraleja de todo lo acaecido y dicha moraleja es muy importante: “Eso es precisamente lo que pensaba yo desde el principio que tenías que hacer, pero no podía decírtelo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tú mismo”.

Vamos nosotros a profundizar un poco más en algún aspecto del cuento: 1) Por mucho que el jefe viera que el deseo del hombre de su tribu de matar a su “enemigo” fuera desorbitado, no podía decírselo. ¿Por qué? Pues porque el otro no le hubiera escuchado y hubiera pensado que el jefe estaba de parte del otro. Se puede pensar que el jefe actuó de un modo fariseo e hipócrita al no decirle abiertamente lo que pensaba, pero el jefe sabía que, si se lo decía abiertamente, entonces cortaría todos los puentes de comunicación que tenía con el “ofendido”. 2) Hay cosas que, aunque se las digan claramente a uno, éste no puede verlas y comprenderlas de un modo inmediato. Necesita de un tiempo. Debemos dejar que el tiempo, que Dios haga su labor en las personas. Podemos argumentar, razonar, intentar convencer, pero cada uno tiene su momento. Hay que tener paciencia y saber esperar. 3) El jefe, que sabía todo lo anterior, tuvo la sagacidad de darle los instrumentos para que el miembro de su tribu pudiera reflexionar y ver las cosas desde la serenidad. Por ello el jefe le ofreció una pipa, un poco de tabaco y el árbol sagrado para que meditase sobre lo que iba a hacer, el por qué lo iba a hacer, el para qué lo iba a hacer y las consecuencias para el otro y para él mismo. Para nosotros “ese tabaco, esa pipa y ese árbol sagrado” son el sagrario, la oración, la Sagrada Escritura 4) El cambio en el ofendido fue gradual. Pasó de querer darle muerte a… querer darle una paliza; pasó de querer darle una paliza a… echarle en cara todo y dejarle en evidencia; pasó de querer dejarle en evidencia ante los demás a… darle un abrazo y a considerarle su amigo.

- El evangelio de hoy nos expone cómo Dios, como el jefe de la tribu, fue enseñando a la Virgen María con infinita paciencia. 1) Dios fue disponiendo toda la genealogía de antepasados hasta que llegó a San Joaquín y Santa Ana, los padres de María. 2) Al ser concebida la Virgen María en el seno de su madre fue preservada del pecado original. En María no hubo ninguna mancha de pecado, ni siquiera al nacer. 3) María llevó una vida completamente normal. En nada se diferenciaba de los otros habitantes del pueblo ni de las otras niñas de la aldea. 4) Después el Señor se le muestra, a través del arcángel Gabriel, y tiene lugar el maravilloso diálogo que acabamos de escuchar. A María se le comunica que va a ser la madre del Mesías, el Hijo de Dios. 5) Finalmente, después de toda la preparación que tuvo, María contesta: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Ésta es la moraleja del evangelio de hoy: María quiere ser dócil a la voluntad de Dios. Ella no piensa en sí misma y en todo el honor y gloria que se le puede tributar por ser la Madre de Dios. Ella sólo piensa y desea ser fiel a ese Dios que la fue preparando y amando desde el inicio de los tiempos.

- Estamos en el tiempo de Adviento. Tiempo de preparación para recibir al Señor. También el Señor nos va ayudando con paciencia para que preparemos nuestro ser y nuestro espíritu para recibir a su Hijo y para que en nosotros se cumpla la voluntad de Dios. Tenemos muchas cosas y acontecimientos que nos pueden distraer de lo fundamental. Si aquel miembro de la tribu se hubiera dejado llevar de su irritación e impulsividad, hubiera acabado de mala manera con su “enemigo”. Tambiénmbigo"ulsividad, hubiera acabado de mala manera con su "u irritamental. e el inicio de los tiempos. otras niñas de la aldea. hoy día tenemos tantos acontecimientos y prisas que nos empujan a matar al “enemigo”: vas a los supermercados y ya están desde hace más de 15 días los productos navideños por todas partes con villancicos incluidos; las prisas, las impaciencias y las voces en el trato con los demás; el escaso tiempo para pararnos “ante el árbol sagrado y fumar la pipa” (oración y lectura de la Palabra de Dios); la política partidista, que nos hace estar unos contra otros… NO. Parémonos a escuchar al Señor y a desear su venida a nosotros y entre nosotros.

María lo supo hacer. Pidámosle ayuda a ella para que nos ayude. Digamos, junto con María: “Hágase en nosotros según tu palabra”.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Domingo II de Adviento (A)


En esta ocasión no he preparado la homilía de este segundo domingo de Adviento, pues me encontraré ese día fuera de Asturias.
Si Dios quiere, para la celebración de la Inmaculada Concepción ya estaré de nuevo con vosotros.
Un abrazo

Andrés