miércoles, 28 de diciembre de 2011

Santa María, Madre de Dios (B)

1-1-2012 SANTA MARIA, MADRE DE DIOS (B)

Núm. 6, 22-27; Sal. 66; Gál. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

- En el evangelio se nos habla de unos pastores. Estos estaban pasando la noche en las inmediaciones de Belén y les sucedió que unos ángeles se les aparecieron y les hablaron de un niño que acababa de nacer. Este niño sería el salvador de Israel y de todos los hombres.

¿Conocéis algo del oficio de pastor de ovejas? Yo conozco muy pocas cosas. En el evangelio se nos dice que los pastores de Belén hacían turnos por la noche para cuidar el rebaño. Parece que es una vida bastante dura. Creo que sabéis que nací en León y allí paso algunos días en los veranos. Tienen mis padres una casa en los alrededores de la Virgen del Camino y varias veces a la semana pasa por allí un pastor con su rebaño de unas 100 ó 150 ovejas. Le acompañan 2 ó 3 perros. Cuando el sol está en lo más alto y no hay ningún árbol ni ninguna sombra en la cual guardarse, por allí está el pastor y su rebaño. Cuando hay tormentas con abundante lluvia y aparato eléctrico, allí está el pastor con su rebaño. El pastor tiene que tener cuidado de que las ovejas no entren en algunos terrenos con siembra. Sólo cuando se la cosechado el terrero, puede permitir el pastor que las ovejas entren en aquel sitio a pastar. En otras ocasiones el pastor tiene que tener cuidado de que las ovejas no coman de las plantas que salen por encima de las tapias de las casas de campo, pues a veces las señoras protestan por ello. En invierno también sale el pastor con el rebaño. Podría dejarlas en el establo y darles de comer pienso, pero éste está tan caro…, y lo más barato es sacarlas, aunque a costa de estar tiritando de frío y soportando mojadura tras mojadura. Además, el pastor ha de soportar el ataque de los perros asilvestrados contra las ovejas o de algunos lobos, según las zonas, y ha de tener cuidado de las enfermas, de las preñadas y de las que paren en cualquier momento. No hay día de descanso para el pastor. Trabaja los 365 días del año y casi las 24 horas del día. Un pastor no puede ponerse enfermo. ¿Quién atenderá el rebaño si él enferma? Pues las ovejas y los perros no reconocerán a un extraño que venga a hacer una sustitución de un día o de una semana.

¿Por qué digo todo esto? Simplemente para que caigamos en la cuenta que los pastores, de que nos habla el evangelio de hoy, no eran gentes ingenuas o débiles. Eran personas endurecidas por la vida y seguramente desconfiadas. Tampoco creo que estuvieran bien pagados. Ser pastor debía ser, lo mismo que hoy, un oficio de los menos apetecidos: mucho trabajo, muy duro, mal pagado, mucho tiempo fuera de casa, lo cual impedía una convivencia familiar normal y habitual.

Pues bien, ante estos pastores: endurecidos, desconfiados y mal valorados en la sociedad de Israel, se presentan los ángeles de Dios a anunciarles el nacimiento de su Hijo y los pastores creyeron en aquel anuncio que se les hizo[1]. Como dice una poesía, al nacimiento de Jesús no fueron invitados ni Herodes, ni los fariseos, ni los grandes de este mundo, sino los pastores, lo más bajo de la sociedad. Herodes supo del nacimiento de Jesús, nos dice el evangelio, por boca de los magos de oriente. También supieron del nacimiento de Jesús los sabios del palacio de Herodes y los sabios de Jerusalén, pero ninguno de ellos quiso acudir a Belén a ver al Mesías de Dios, y eso que hacía ya siglos que los profetas de Dios habían anunciado su venida.

¿En qué grupo me encuentro yo? Está claro que Dios anuncia su evangelio a todos los hombres. Dios habla con todos los hombres. Unos le hacen caso y otros no. Unos alaban y dan gloria a Dios y otros lo desprecian o pasan de Él. ¿En qué grupo me encuentro yo?

- Hoy quisiera terminar esta homilía con una referencia a otro tipo de pastores. También se nos llama pastores a los sacerdotes. Dios nos ha enviado un día a sus santos ángeles; ellos, en nombre de Él, nos han anunciado el nacimiento del Hijo de Dios para que vayamos a adorarlo y demos la enhorabuena a San José y a la Virgen María, y luego contemos a los demás los que hemos visto y oído (“Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores”).

Quiero hoy orar y pedir al Niño Dios por todos los sacerdotes, mis compañeros. Aquellos que tienen dudas de fe; aquellos que están ya cansados y desalentados; aquellos que corren peligro en Irak o Nigeria y les matan junto con sus feligreses con bombas en sus parroquias; aquellos que soportan la extorsión, secuestro y muerte violenta de sus feligreses en Veracruz y en otras partes de México; aquellos que siguen por pura inercia en su sacerdocio y que aconsejan a jóvenes y niños que no se metan en el Seminario, como ellos hicieron un día; aquellos que siguen ilusionados y con alegría en su tarea pastoral; aquellos que, pudiendo llevar una vida más fácil, renuncian a ello por amor a ese Niño Jesús que un día se les apareció en su corazón; aquellos que, como la Virgen María, siguen conservando en su espíritu “todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.



[1] “En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño […] Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho”.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Navidad (B)

25-12-2011 NAVIDAD (B)

Is. 52, 7-10; Slm. 97; Hb. 1, 1-6; Jn. 1, 1-18


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Una año más celebramos el nacimiento del Hijo de Dios, del Niño Jesús. Ésta es una historia tan antigua y, sin embargo, una historia nueva y real para tantas personas hoy día.

Voy a fijarme en la homilía en dos frases del evangelio y hacer un pequeño comentario de ellas:

- Navidad es ser poseído por la luz de Dios. “La Palabra (Jesús) era la luz verdadera”. En diversos pasajes de la Biblia se define y se describe la presencia de Dios como algo luminoso frente a la oscuridad de la lejanía de Dios. Dios es realmente la fuente de la luz; así, podemos asegurar que la luz verdadera procede únicamente de Jesús, pero, sobre todo, el evangelio nos dice que es Jesús mismo esa luz verdadera.

Sí, necesitamos la luz de Jesús para ser capaces de ver y reconocer a Dios a nuestro alrededor y en nuestro interior. Cuando un hombre dice que no cree en Dios, que no ve a Dios, de lo que está hablando no es de la existencia o no de Dios, sino de su propia ceguera por no verlo.

Necesitamos la luz de Jesús para que nos alumbre y nos haga ver las cosas tal y como son, por ejemplo, que los otros no son tan perversos ni nosotros tan buenos. Decía Fr. Luis de Granada que los hombres tenemos un corazón de siervo para con Dios, un corazón de juez para el hermano y un corazón de madre para nosotros mismos. Si Jesús nos da su luz, entonces cambiaremos esta visión y tendremos un corazón de hijo para con Dios, un corazón de madre para el hermano y un corazón de juez para con nosotros.

- Navidad es la cercanía de Dios con el hombre, sobre todo con el que sufre. Y Jesús “se hizo carne y acampó entre nosotros”, dice el evangelio de hoy. ¿Qué significa que el Hijo de Dios haya tomado nuestra propia carne y se quede con nosotros para siempre? Porque esto es lo que representa la Navidad realmente. Después de la caída del régimen comunista en la URSS, dos americanos fueron invitados en 1994 por el Ministerio de Educación de Rusia para enseñar en algunos lugares moral y ética, pero que estuvieran basadas en principios bíblicos. Uno de los lugares a donde acudieron los americanos aquellos fue a un orfanato con casi 100 niños, que habían sido abandonados por sus padres y estaban bajo la tutela del Estado. Cuando estos dos americanos fueron a este orfanato estaba ya cerca la fiesta de la Navidad y les contaron a los niños la historia del nacimiento de Jesús: Les contaron que María y José llegaron a Belén, que no encontraron lugar en las posadas, que por ello tuvieron que irse a un establo, en donde finalmente nació el niño Jesús y fue puesto en un montón de pajas por su madre, que poco después unos pastores trajeron regalos para el niño y también hicieron lo mismo unos magos venidos de oriente. A lo largo de la historia, los niños y los empleados del orfanato no podían contener su asombro. Algunos estaban sentados al borde de la silla tratando de captar cada palabra. Una vez terminada la narración los americanos plantearon a los niños la idea de hacer entre todos un “belén” con trapos, cartones, papeles…, y todo el mundo se puso a ello. Mientras los huérfanos estaban atareados armando todo aquello, paseaba uno de los americanos por entre los niños hasta que llegó a Misha, que tenía unos seis años y que había puesto en el establo dos niños. El americano llamó al intérprete para que preguntara a Misha por qué había puesto dos bebés, si en la narración se hablaba de un solo bebé. Entonces Misha repitió toda la historia del nacimiento de Jesús, pero, cuando llegó a la parte en donde María colocaba a su hijo en la cuna, Misha inventó su propio final, y dijo así: “Y cuando María dejó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá y que no tenía un lugar para estar. Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con él. Le dije que no podía, porque no tenía un regalo para darle. Pero yo quería quedarme con Jesús, por eso pensé qué cosa tenía que pudiese darle a él como regalo; y se me ocurrió que un buen regalo podría ser darle calor. Por eso le pregunté a Jesús: ‘Si te doy calor, ¿ése sería un buen regalo para ti?’ Y Jesús me dijo: ‘Si me das calor, ése sería el mejor regalo que jamás haya recibido’. Por eso me metí dentro del pesebre y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí para siempre”. Cuando el pequeño Misha terminó su historia, sus ojitos brillaban llenos de lágrimas empapando sus mejillas; se tapó la cara, agachó la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo. El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él. ¡Alguien que estaría con él para siempre!

Misha entendió lo que significa realmente la Navidad: el nacimiento de Jesús, el cual se pone siempre al lado de los niños abandonados por sus padres; el nacimiento de Jesús, el cual acepta consigo a los parados, a los desahuciados de sus pisos embargados; el nacimiento de Jesús, el cual se queda con tres niños menores (de 10 años el mayor) que están sufriendo mucho, porque sus padres, que trabajan los dos y que tienen buenos sueldos, que tienen dos casas y que tienen dos coches…, se están separando ahora mismo y cada uno tira de los hijos para sí; el nacimiento de Jesús…

¡Nos ha nacido el Salvador! ¡Aleluya! ¡Santa Navidad!

martes, 13 de diciembre de 2011

Domingo IV de Adviento (B)

18-12-2011 DOMINGO IV ADVIENTO (B)

2 Sam. 7, 1-5.8b-12.14a-16; Sal. 88; Rm. 16, 25-27; Lc. 1, 26-38


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

En este último domingo de Adviento se vuelve a leer el mismo evangelio que el día de la Inmaculada Concepción. Vamos a tratar de seguir profundizando en el texto para que nos ayude en nuestra vida de fe. Siempre es mucho más lo que contiene el evangelio que lo que nosotros podemos sacar de él año tras año o siglo tras siglo. Sí, siempre es más grande la Palabra de Dios que la mente y el corazón del hombre.

- En esta ocasión me fijaré en un aspecto del evangelio. En varias ocasiones se hace referencia a María con virgen, como doncella e igualmente se hace referencia a la relación de María con el Espíritu Santo a fin de concebir al Hijo de Dios, a Jesús. Veamos las frases concretas a las que aludo: “a una virgen desposada con un hombre llamado José […]; la virgen se llamaba María […] Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo [...] Y María dijo al ángel: ‘¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?’ […] El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”.

Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas (“porque para Dios nada hay imposible). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un Hijo” (Is 7, 14).

Desde el inicio de la Iglesia se ha creído por parte de ésta (es decir, de los cristianos) que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, esto es, sin elemento humano. Veamos cómo lo formulaba San Ignacio de Antioquía (a comienzos del siglo II): “Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor (Jesús) es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen... Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato..., padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente”. Sin embargo, la fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado con mucha frecuencia viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos, y últimamente incluso ha encontrado esta oposición por parte de algunos creyentes. Mas la Iglesia mantuvo y mantiene que “María permaneció siempre en la integridad de su virginidad, a saber, antes del parto, en el parto y después del parto, por obra de Dios omnipotente”. Por ello, la liturgia de la Iglesia celebra a María como la “Aeiparthenos”, la “siempre-virgen” (cf. LG 52).

- Vamos a intentar sacar algunas consecuencias de todo esto que nos dice el evangelio y la fe de la Iglesia para nuestra vida ordinaria. (Lo que voy a decir a continuación es un tema muy complejo y con muchos matices. No trato de agotar todo el contenido en esta homilía, sino de hacernos reflexionar un poco sobre ello).

LA VIRGINIDAD. No hemos de entender la virginidad como algo negativo o formulado en negación: “Virgen es aquel o aquella que NO ha tenido aún relaciones sexuales”. Hay que mirar la virginidad en positivo: La persona que es virgen es aquella que tiene la posibilidad de darse a otra persona y de hacerlo de un modo completo y total. La persona virgen mira al otro y ama al otro, mientras que quien anda compartiendo su cuerpo con unos y con otros, con unas y con otras, lo que hace en realidad es buscarse a sí mismo.

LA CASTIDAD. Muy conectada con la virginidad está la castidad. De ésta dice el Catecismo de la Iglesia Católica que es “una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios” (nº 2346). Y en este sentido me gustaría deciros algunas palabras sobre la castidad matrimonial. Con frecuencia se piensa que la castidad es cosa de curas y monjas, y también para los chicos y chicas de una determinada formación. Asimismo se piensa que la castidad se acaba o se debe acabar el día de la boda, con el matrimonio. Nada más alejado de la realidad. La castidad es también una virtud propia de la vida conyugal. La castidad matrimonial tiene 1) una faceta que mira a las relaciones sexuales, y en este sentido los esposos reservan su sexualidad para su esposo y para su esposa, pero igualmente la castidad conyugal 2) tiene otro aspecto menos conocido como integrante de dicha castidad, pero para mí mucho más importante y es el hecho de que la sexualidad de los esposos debe de estar imbuida en todo momento de la ternura, del cariño y del amor. ¿De qué sirve que dos esposos sean fieles, físicamente hablando, entre sí y no se vayan con otro o con otra, pero, sin embargo, su relación matrimonial, sea la sexual o no, esté carente de amor y de respeto mutuo? ¿De qué sirve que ninguno de ellos cometa adulterio con otro o con otra, pero los desprecios, o los malos modos, o la indiferencia, o la falta de diálogo esté presente de modo permanente en sus vidas? En estos casos se podría decir que viven la castidad sexual o la continencia sexual, pero no viven la castidad matrimonial que Cristo quiere. Y es que la castidad es sobre todo el amor que se da, o para expresarlo mejor, la castidad es la persona que se da por entero al otro desde el amor total. Por eso, dice el Catecismo que el casto es ejemplo y modelo de la ternura de Dios, el cual se da por completo y para siempre al hombre. Esto lo entendió perfectamente la Virgen María, y esta castidad la realizó María y San José en su matrimonio.

Invito a los esposos en este tiempo de Adviento a vivir, a ejemplo de María y de San José, la castidad conyugal, es decir, el amor total, al modo de Dios, hacia su mujer y hacia su marido.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Domingo III de Adviento (B)

11-12-2008 DOMINGO III DE ADVIENTO (B)

Is. 61, 1-2a.10-11; Lc. 1, 46-50.53-54; 1 Tes. 5, 16-24; Jn. 1, 6-8.19-28


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Seguimos avanzando en este tiempo de Adviento. Ya estamos en el domingo tercero. Una vez más el evangelio de hoy nos habla de Juan el Bautista, aunque desde la perspectiva de San Juan evangelista, que fue discípulo suyo primero, y luego siguió a Jesús. San Juan evangelista narra este hecho que acabamos de escuchar por haberlo presenciado él personalmente. Voy a basar mi predicación de hoy sobre una pregunta corta que aparece en el relato.

- Nos dice el evangelio que unos judíos se aproximaron a Juan el Bautista y le preguntaron: “¿Tú quién eres?” ¿Se os acercado alguna vez una persona y os preguntado quiénes sois? Si contestamos que somos profesores, o amas de casa, u obreros, o curas…, se nos puede replicar: ‘Yo no te pregunto qué haces, sino quién eres’. Si contestamos que somos el marido de Zutana o la mujer de Mengano, se nos puede replicar: ‘No te pregunto con quién estás casado, sino quién eres’. Si contestamos que somos asturianos, o peruanos, o ecuatorianos…, se nos puede replicar: ‘Yo no te pregunto de dónde vienes o dónde naciste, sino quién eres’. Si contestamos que somos Rosa, Felipe, José, Pilar, Joaquín, Andrés…, se nos puede replicar: ‘Yo no te pregunto cómo te llamas, sino quién eres’.

Si quito de mí lo que hago, de dónde vengo, con quién estoy, cómo me llamo, cuánto tengo…, entonces ¿qué queda de mí? Por eso es muy importante que me pregunte QUIÉN SOY YO.

Sí, ¿quién soy yo para mí? Sí, ¿quién soy yo para los demás? Sí, ¿quién soy yo para Dios? Y es bueno que estas preguntas me las haga en este tiempo de Adviento.

- ¿Quién soy yo para mí? En cierta ocasión me comentó un amigo mío que él trabajaba como carpintero. Siempre tenía consigo una radio, que la tenía encendida todo el tiempo de trabajo. Resultó que en una ocasión tuvo que hacer un trabajo en una nave y llevó allí toda la herramienta que necesitaba y todo el material. Empezó a trabajar, pero de repente se dio cuenta que no había traído consigo la radio y allí tampoco había ninguna radio. Tuvo que estar todo el día trabajando, pero en silencio, sin escuchar ni una sola voz. Al principio lo pasó mal, pero poco a poco, al hacer su trabajo, empezó a reflexionar sobre su vida y siempre recordará el bien tan inmenso que le hizo aquel día y aquella reflexión personal que tuvo.

Yo te invito a que te mires de frente. No a la cara, sino más adentro. Mira detrás de ese maquillaje, detrás de la máscara que te pones ante los otros. Mira al fondo de tu corazón. ¿Qué tal soy, me conozco bien, cuáles son mis defectos y mis virtudes, tengo complejos y miedos, qué heridas tengo sin cerrar, a qué aspiro, en qué me siento derrotado, en qué he triunfado, amo y me siento amado, qué espero aún de la vida, en qué puedo aún mejorar? ¿Querría que se filmara la historia de mi vida y se reprodujera en un video ahora, aquí mismo? ¿Querría que todos pre­senciaran la película de mi vida? A lo mejor, ni yo mismo aguantaría la película de mi vida.

- ¿Quién soy yo para los demás? Hay una cosa que me ha hecho reflexionar al leer este evangelio y es el hecho de que a Juan el Bautista se le acercaron unas gentes a preguntarle. Su modo de vida y su persona les interrogaban y por eso le preguntaron. ¿A alguien le llama la atención nuestra forma de ser o de actuar o de hablar, hasta el punto de que nos pregunten quiénes somos? Si nuestra vida no ayuda a nadie, o no interroga a nadie, o no molesta a nadie, puede ser indicativo de mediocridad o de egoísmo. Como veíamos el domingo pasado las gentes de Judea y de Jerusalén veían en Juan el Bautista a un hombre austero, a un hombre orante y desinteresado, a un hombre que hablaba de parte de Dios y cuyas palabras conmovían el corazón de quienes le escuchaban. Por eso, se le acercaron –como nos cuenta el evangelio de hoy- y le preguntaron: “¿Tú quién eres?” Por eso, es bueno que me pregunte en este tiempo de Adviento ‘¿quién soy yo para los demás?’

- ¿Quién soy yo para Dios? Sinceramente, al pensar sobre esta pregunta me viene insistentemente dos palabras a la cabeza: amor y paciencia. El amor que Dios me tiene desde toda la eternidad y para toda la eternidad, y la paciencia que tiene conmigo. Asimismo, me viene al pensamiento esta historia que leí hace un tiempo y que refleja muy bien cómo es Dios y quién soy yo para Dios. “Un día, Abraham invitó a un mendigo a comer en su casa. Cuando Abraham estaba dando gracias y bendiciendo la mesa, el otro empezó a maldecir a Dios y a decir que no soportaba oír su nombre. Presa de indignación, Abraham echó al blasfemo de su casa. Aquella noche, cuando estaba Abraham haciendo sus oraciones, le dijo Dios: ‘Ese hombre ha blasfemado de mí y me ha injuriado durante cincuenta años y, sin embargo, yo le he dado de comer todos los días. ¿No podías tú haberlo soportado durante un solo almuerzo?’” Como ya os habréis dado cuenta “el mendigo blasfemo” somos cada uno de nosotros.