miércoles, 23 de noviembre de 2011

Domingo I de Adviento (B)

27-11-2011 1º DOMINGO ADVIENTO (B)http://www.blogger.com/img/blank.gif
Is. 63, 16b-17; 64, 1.3b-8; Slm. 79; 1ª Co. 1, 3-9; Mc. 13, 33-37

Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
Iniciamos hoy el año litúrgico nuevo. En este tiempo leeremos los domingos preferentemente el evangelio de San Marcos. Asimismo, en el día de hoy iniciamos el tiempo de Adviento como preparación para el nacimiento del Hijo de Dios: Jesús.
Se nos propone hoy por parte de Jesús una nueva parábola: se la conoce como la parábola del portero. La función de éste es estar de modo perenne ante la puerta esperando a que llamen. La gente viene a la puerta cuando le parece, o cuando puede, o cuando quiere. Cada uno tiene su vida y sus horarios, pero el portero ha de estar siempre ahí dispuesto a abrir al que llama, sea la hora que sea. Jesús quiere que nosotros seamos como esos porteros. A cualquier hora del día o de la noche, de la mañana o de la tarde, puede presentarse Jesús a nuestra puerta. Nosotros hemos de estar atentos y vigilantes para escuchar a Jesús y su llamada, y para abrirle la puerta de nuestro espíritu y de nuestro cuerpo: de nuestro ser. Así lo dice el evangelio de un modo insistente: “Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento […] Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa […]; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!”
¿De qué manera podemos estar vigilantes y atentos a esa llamada de Dios a nuestra puerta, a ese paso de Dios por nuestra vida? Van aquí algunos modos y maneras de estar en vela:
- Vigilancia que implica un trato asiduo con Dios. Sin Él no tiene sentido nuestra vida de fe… y la otra tampoco. Hace algunos días hablaba con un amigo no creyente, y me preguntaba por mis padres. Yo le contestaba: “Están bien, gracias a Dios”. Y él me replicaba: “Será gracias a ti que los cuidas, será gracias a los médicos que los examinan y les dan medicinas; será gracias a tus hermanos que también los atienden… ¡Estos curas dicen que todo es ‘gracias a Dios’!” En un primer momento me quedé sorprendido de esta respuesta de mi amigo, pues en mí había surgido de modo natural y espontáneo lo de “gracias a Dios”, pero lo cierto es que para nosotros, los cristianos, todo es “GRACIAS A DIOS”, pues a Él se lo debemos todo, aunque sabemos que nosotros somos colaboradores suyos. También sabemos que nada podemos sin Él y sabemos igualmente que todo lo podemos con Él y todo lo esperamos de Él. Quien tiene fe, entiende lo que estoy diciendo; quien no la tiene, entonces… estará de acuerdo con mi amigo. En definitiva, buscar y procurar el trato frecuente con Dios es una de las maneras privilegiadas de estar vigilantes y atentos a la llamada de Dios a nuestras puertas.
- Vigilancia en la doctrina. En la sociedad de hoy estamos instalados en el relativismo: no hay verdades absolutas, y lo que hoy vale, mañana puede no valer. De aquí se siguen consecuencias como que la verdad está en la mayoría o lo de aquella expresión: “lo políticamente correcto”. Este tema de la doctrina, de lo que es relativo o permanente, etc., es un tema complejo y en unas pocas líneas no se puede exponer o aclarar todo lo que ello conlleva, pero sí que quiero llamar la atención en lo siguiente: los católicos hemos de estar vigilantes para ser fieles al credo de nuestra fe, el cual contiene el evangelio de Cristo y la doctrina de la Iglesia, resumida y comprendida en el Catecismo promulgado por el Beato Juan Pablo II. Recuerdo haber escuchado hace años cómo algunos cristianos anglicanos votaron si el adulterio era pecado o no. Ganó el no, o sea que rechazaron que el adulterio fuera pecado; con otras cuestiones del evangelio hicieron lo mismo. Pues bien, es Cristo quien nos expone y propone la verdad de Dios para creerla y vivir según ella, y no las televisiones o los libros de última moda (por ejemplo, el Código Da Vinci), ni tampoco las votaciones de los hombres. A este respecto recuerdo unas palabras de Casiano sobre este tema. Decía él refiriéndose a algunos cristianos: “Se dejaron seducir por el brillo de un lenguaje acicalado y por ciertas máximas de los filósofos. Éstas, a primera vista, no parecían estar en pugna con nuestros sentimientos religiosos ni en desacuerdo con nuestra santa fe. Tenían el brillo del oro; pero en realidad era un brillo falso, postizo. Por eso, después de haberse dejado engañar con esta apariencia de doctrina que, en la superficie, parecía inocua y verdadera, se encontraron de pronto en la miseria más absoluta, como quienes se han provisto sólo de moneda falsa”. En este caso concreto, la vigilancia en la doctrina significa lectura espiritual frecuente y formación permanente. Caso de no estar aquí vigilantes, cualquiera nos puede hacer callar o nos puede envolver con las doctrinas de moda, que no son las de Cristo y de su Santa Iglesia.
Ya no debo extenderme más en la homilía de hoy, pero os dejo de modo sumario otras ideas que había pensado para explicar. Quizás otro día…

- Vigilancia en las virtudes. Sabemos que ellas son don de Dios, pero también sabemos que “para con Dios hay que tirar por el carro”.
- A la vigilancia se opone la negligencia y la falta de prudencia en el actuar.
- Con la falta de vigilancia la voluntad se va debilitando, y nos volvemos flojos y perezosos. Los impulsos y las pasiones toman presa de nosotros y la tristeza nos cubre como la niebla. Al final, el pecado o determinados pecados ocupan nuestro corazón.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Domingo de Jesucristo, Rey del Universo (A)

20-11-11 JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (A)

Ez. 34,http://www.blogger.com/img/blank.gif 11-12.15-17; Slm. 22; 1 Co. 15, 20-26a.28; Mt. 25, 31-46


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Celebramos hoy el último domingo del año litúrgico: Cristo Jesús: Rey del Universo entero; Rey del Cielo y de la Tierra; Rey de nuestro corazón.

Todo el evangelio que acabamos de escuchar es precioso, pero sólo voy a fijarme en un aspecto del texto. Hay dos grupos de personas ante Jesús: aquellos que han sido misericordiosos durante su vida con las personas que han pasado o estado a su lado, y aquellos otros que han sido egoístas y no han tenido misericordia con los demás. A los primeros, “el rey les dirá: ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’”. Y poco más tarde dice a los segundos, a los que no atendieron las necesidades de comida, de vestido, de sed, de hospitalidad, de visita en la enfermedad o en la cárcel, lo siguiente: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo”.

- Pienso que para Jesús lo fundamental no es hacer el bien, ni siquiera llevar una lista completa de las obras buenas realizadas: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, hospedar al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al que está preso, y otras muchas cosas buenas que pueden hacerse. Porque, al final, si uno pone el acento en hacer cosas buenas, lo que importaría realmente sería: 1) uno mismo que hace eso bueno y 2) las cosas buenas que se hacen. En esta misma línea está el fariseo, que ante Dios enumera sus virtudes y méritos, pero desprecia al publicano que está detrás de él. Es decir, lo que le importa al fariseo es: 1) lo bueno que él hace y 2) quien es el autor de las cosas buenas, o sea, él mismo… Pero no importa nada de esto. O al menos, no le importa a Jesús. A Jesús lo que le importa de verdad es el hombre necesitado: el que tiene hambre y sed, el que es forastero y no conoce a nadie, el que está desnudo o solo en un ambiente hostil, como es la enfermedad y el dolor o la misma cárcel. Importa el hombre concreto: sus ilusiones, sus anhelos, sus necesidades materiales y morales, su soledad y su compañía… Y en el evangelio de hoy, y a fin de animarnos a ejercer ese bien sobre los hombres dolientes, Jesús se identifica con ellos. Quien le hace algo bueno a un hombre, se lo hace al mismo Jesús. Quien le hace algo malo a un hombre, se lo hace al mismo Jesús. Quien no hace nada bueno a un hombre, es al mismo Jesús a quien deja de hacérselo.

Por lo tanto, lo importante no es qué se hace, ni quién lo hace, sino A QUIÉN SE HACE: AL HOMBRE CONCRETO, QUE ES EL MISMO JESUCRISTO. Algunos, por Jesucristo, llegan al hombre doliente. Otros, por el hombre doliente, llegan a Jesucristo. Uno (Jesús) nos lleva al otro (hombre), o el otro (hombre) nos lleva al uno (Jesús). Pero, al final, los dos están juntos. Para mí, está aquí lo fundamental de la parábola de hoy, y no tanto en si el destino de los hombres es el Reino de Dios o la condenación eterna. Estos destinos no dejan de ser consecuencia del amor o del desamor por el prójimo.

- Por otra parte, como ya se ha dicho más arriba y con las palabras del fariseo, cuando busco hacer el bien, en realidad me puedo estar buscando a mí mismo. Sin embargo, cuando pienso en el hombre que tengo junto a mí al modo de Jesús, entonces me importa él y sólo él. Vamos a ver un ejemplo concreto de preocupación por el hombre y no tanto por hacer simplemente el bien:

“Dos hermanos, el uno soltero y el otro casado, poseían una granja cuyo fértil suelo producía abundante grano, que los dos hermanos se repartían a partes iguales. Al principio todo iba perfectamente. Pero llegó un día en que el hermano casado empezó a despertarse sobresaltado todas las noches, pensando: ‘No es justo. Mi hermano no está casado y se lleva la mitad de la cosecha; pero yo tengo mujer y cinco hijos, de modo que en mi ancianidad tendré cuanto necesite. ¿Quién cuidará de mi pobre hermano cuando sea viejo? Necesita ahorrar para el futuro mucho más de lo que actualmente ahorra, porque su necesidad es, evidentemente, mayor que la mía’. Entonces se levantaba de la cama, acudía sigilosamente adonde su hermano y vertía en el granero de éste un saco de grano. También el hermano soltero empezó a despertarse por las noches y a decirse a sí mismo: ‘Esto es una injusticia. Mi hermano tiene mujer y cinco hijos y se lleva la mitad de la cosecha. Pero yo no tengo que mantener a nadie más que a mí mismo. ¿Es justo, acaso, que mi pobre hermano, cuya necesidad es mayor que la mía, reciba lo mismo que yo?’ Entonces se levantaba de la cama y llevaba un saco de grano al granero de su hermano. Un día, se levantaron de la cama al mismo tiempo y tropezaron uno con otro, cada cual con un saco de grano a la espalda. Muchos años más tarde, cuando ya habían muerto los dos, el hecho se divulgó. Y cuando los ciudadanos decidieron erigir un templo, escogieron para ello el lugar en el que ambos hermanos se habían encontrado, porque no creían que hubiera en toda la ciudad un lugar más santo que aquél”.

¡Ojalá nunca se hubieran encontrado los hermanos, y así hubiera pasado desapercibido el hecho, pues es mejor hacer y que no se sepa! Esto es lo más perfecto.

¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!

jueves, 10 de noviembre de 2011

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (A)

13-11-11 DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO (A)

Prov. 31, 10-13.19-20; Slm. 127; 1 Tes. 5, 1-6; Mt. 25, 14-30


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Hace un tiempo hablaba con una mujer que se preguntaba en voz alta: “¿Qué he hecho mal para que mis hijos de 28, 26 y 23 años no practiquen la fe, esa fe en que yo les he educado, esa fe de la que he querido ser y quiero ser testigo cada día de mi vida?” Aunque con diferentes palabras y en otros aspectos de la vida, esta misma pregunta la he oído formular a otras personas: “¿En qué me he equivocado para que mi hijo haya caído en la droga, o nos maltrate a nosotros sus padres (de palabra y de obra), o haya salido un vago al que hay que levantar de la cama a las 2 de la tarde y luego darle unos euros para salir y volver a las tantas de la madrugada y no haya acabado ninguna carrera ni le dure más de un mes un trabajo? ¿En dónde han quedado aquellos proyectos e ilusiones que de novios nos hacíamos mi mujer (o mi marido) y yo, pues ahora estamos convertidos en dos perfectos extraños, que dormimos bajo el mismo techo, comemos en la misma mesa, pero que llevamos dos vidas paralelas?”

Creo que en diversas ocasiones es conveniente hacer un alto en el camino para repasar y reflexionar sobre la vida que estamos llevando en los ámbitos familiar, laboral, personal, de amistades, etc. ¿Ha merecido la pena nuestra vida hasta ahora y como hasta ahora? Aún estamos a tiempo para cambiar algunas o muchas cosas.... Pero también es conveniente que hagamos un alto para meditar sobre nuestra trayectoria espiritual, pues, si no lo hacemos, corremos el riesgo de seguir languideciendo y en la mediocridad, y dentro de 10 años estaremos como ahora, sólo que 10 años más viejos. Vamos hoy a pensar un poco en ello de la mano del evangelio que acabamos de escuchar.

- Dos ideas a destacar en la parábola:

1) El evangelio empieza diciendo que un hombre dejó a tres empleados suyos todo el dinero y toda la riqueza que tenía (“los dejó encargados de sus bienes”). El hombre del que habla la parábola es Dios y no deja simplemente cosas a sus “empleados”, a sus hijos, que somos nosotros, sino que nos deja todos sus bienes, toda su riqueza. Pone la creación entera en nuestras manos; pone a su Hijo Jesús en nuestras manos; pone todas las cualidades divinas en nuestras manos. 2) Sí, a nuestro nacimiento, nos dice el evangelio de hoy, Dios nos ha entregado a cada uno de nosotros una serie de talentos, de cualidades, de carismas, de misiones a realizar. Dios nos ha dado una tarea a desempeñar en este mundo. Los talentos de uno no son mejores o peores que los talentos de otros. Son talentos simplemente distintos, pero, además, son los talentos adecuados para la misión, para la vocación, para la tarea a la que Dios nos ha llamado.

- Reflexiones y consecuencias personales de esta parábola:

Mirando para atrás y contestando sinceramente: ¿Cuál ha sido el uso que hemos hecho hasta hoy de esos talentos que un día Dios puso en nuestras manos? ¿Nos parecemos más a aquellos dos primeros empleados que recibieron cinco o dos talentos y los pusieron a producir, o nos parecemos más a aquel otro que recibió un único talento y lo enterró bien hondo y ha vivido una vida casi totalmente para sí?

Ha habido mucha gente en el mundo, y la hay, que han puesto y ponen a producir sus talentos y su vocación según la voluntad de Dios: como la M. Teresa de Calcuta, como tantos hombres que se esfuerzan en vivir con el evangelio en la mano. Veamos un ejemplo: Hace poco murió en accidente de circulación una chica joven. Y el día anterior al terrible accidente que le costó a vida, había escrito en su diario estas palabras, que ella se esforzaba por vivir (como veréis son cosas que están al alcance de todos nosotros):

"Bienaventurados los dulces, los que no se irritan, los que acogen la crítica propia en silencio, los que saber corregir sin hacer daño, los que devuelven bien por mal, los que saben descu­brir a Dios en los demás.

Bienaventurados los que tienen la valentía de defender a una persona que es criticada injustamente, los que se arriesgan a decir la verdad delante de quien sea, los misioneros que son expulsados de un país, los fieles a un compromiso.

Bienaventurados los que saben definirse como personas de fe, aunque con ello pierdan el aprecio de los demás". A través de estas palabras podemos percibir cuáles eran los talentos que Dios había entregado a esta chica: Los talentos de la paciencia, de la amabilidad, de la mansedumbre, de la comprensión, del perdón, de la fe, de la valentía, de la justicia, de la fortaleza, del compromiso, del amor a Dios por encima de todo…

Ojalá que al presentarnos un día delante de Dios no oigamos esas palabras terribles con las que finaliza el evangelio: “Eres un empleado negligente y holgazán... A ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Más bien pidamos poder escuchar las otras palabras del evangelio. “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (A)

9-11-08 DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (A)

Sb. 6, 12-16; Slm. 62; 1 Tes. 4, 13-17; Mt. 25, 1-13


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Estamos terminando ya el año litúrgico, que finaliza como un mes antes que el año civil. En las lecturas que escucharemos en estos domingos que vienen se nos menciona el fin del mundo, la venida final de Jesucristo, etc. En este contexto se ha de situar el evangelio de hoy, el cual alude a la parábola de las diez doncellas que esperan al esposo.

De esta parábola yo saco tres enseñanzas:

- La necesidad de estar en continua vigilancia. En efecto, las doncellas prudentes pudieron entrar con el esposo al banquete. Las doncellas necias tuvieron que ir al Mercadona a comprar aceite, pero allí había cola en la caja y, cuando llegaron a la casa del esposo para el banquete, se encontraron con la puerta cerrada. Y el esposo ya no les abrió la puerta ni les dejó pasar adentro. Por eso, termina Jesús el evangelio diciendo: “Velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

- Actos personales y consecuencias de los mismos. En la parábola se nos dice que “las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas”. Como ya os he dicho en diversas ocasiones, existen hechos o acciones personales que no tienen ninguna o poca relevancia para nosotros y para quienes nos rodean: por ejemplo, el que uno se ponga la chaqueta de un color u otro, el que se tome en un bar un café o una infusión, etc. Pero sí que existen otras acciones que cambian totalmente nuestra vida. Este día hablaba con un chico de 16 años. Empecé a hablar con él el año pasado y entonces llevaba una vida un tanto desastrada, con poca atención en el colegio, con muchas gamberradas o faltas de respeto hacia los demás, con pérdidas de tiempo, con compañías no demasiado buenas, etc. Por una serie de razones, este chico empezó a cambiar, y ahora estudia, respeta a los demás, ayuda en caso mucho más, etc. Su pensamiento y su forma de ver la vida han cambiado. Ahora quiere labrarse un porvenir, pero los “amigos” del año pasado siguen “a su bola”; quieren atraerle de nuevo con ellos, pero él lo rechaza. ¿Qué será de este chico dentro de cinco años? ¿Qué será de esos “amigos”, si siguen por el mismo camino, dentro de cinco años? Otro caso: ¿qué hubiera sido (para bien y para mal) de la vida de tantas personas si, a la hora de elegir pareja, hubieran escogido a otra persona distinta de la que tienen a su lado? Todos tenemos ejemplos de esto: en nuestra familia, en nuestros vecinos, en nuestros amigos o en nosotros mismos. Y las consecuencias de esta elección, buena o mala, la sufren o la disfrutan los padres y hermanos, pero sobre todo los hijos.

- Cada uno es responsable de sus propios actos. : “Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: ‘Señor, señor, ábrenos.’ Pero él respondió: ‘Os lo aseguro: no os conozco’”. No podemos decir: ‘¡Qué malo es el esposo que no abrió a las necias!’ Hay que madurar y asumir las consecuencias de las propias decisiones. Basta de echar la culpa al otro, al gobierno, al vecino, a los padres, a Dios… Seamos maduros y responsables de nuestros propios actos. Fueron las doncellas necias quienes no se cuidaron de llevar reserva de aceite; fueron las necias quienes quisieron que las otras les dejaran aceite y así no habría aceite ni para unas ni para otras, es decir, pidieron que las demás taparan su desidia y su pereza. Voy a contaros un cuento que va en esta línea de asumir responsabilidades: “Llegado el momento de poner un nombre a su primogénito, un hombre y su mujer empezaron a discutir. Ella quería que el niño se llamase igual que su abuelo materno, y él quería ponerle el nombre del abuelo paterno. Finalmente, acudieron al párroco para que solventara la cuestión. ‘¿Cuál era el nombre de tu padre?’, preguntó el párroco al marido. ‘José’. ‘¿Y cómo se llamaba el tuyo?’, preguntó a la mujer. ‘José’. ‘Entonces, ¿cuál es el problema?’, preguntó perplejo el párroco. ‘Verá, Vd., señor cura’, dijo la mujer. ‘Mi padre era un sabio, y el suyo era un ladrón de caballos. ¿Cómo voy a permitir que mi hijo se llame igual que un hombre como ése?’ El párroco se puso a pensar en el asunto muy seriamente, porque se trataba de un problema verdaderamente delicado. No quería que una de las partes se sintiera vencedora y la otra perdedora. Al fin, dijo: ‘Os sugiero lo siguiente: llamad al niño José; luego esperad a ver si llega a ser un sabio o un ladrón de caballos, y entonces sabréis si le habéis puesto el nombre de uno o de otro abuelo’”.

Si al final de nuestra vida somos un hombre sabio o un ladrón de caballos, será responsabilidad nuestra. Si al final de nuestra vida somos una doncella necia o una doncella prudente, será responsabilidad nuestra. Si al final de nuestra vida somos invitados a entrar en el banquete del Reino de Dios o somos rechazados, será responsabilidad nuestra. Por lo tanto, estemos vigilantes todos los días de nuestra vida. Este es el mensaje que Jesús quiere darnos hoy a través de su Santa Iglesia.