Domingo de Pascua (A)

23-3-08 DOMINGO DE PASCUA (A)

Hch. 10, 34a.37-43; Slm. 117; Col. 3, 1-4; Jn. 20, 1-9



Queridos hermanos:
¡¡Felices Pascuas de Resurrección para vosotros y para vuestras familias!! ¡¡Cristo Jesús padeció, murió, fue enterrado, ha estado en el sepulcro y con los muertos durante tres días, pero Dios Padre lo ha resucitado!! Este es el resumen de nuestra fe. En esto creemos y en esto nos alegramos con una alegría eterna y perpetua.
Las lecturas de la Vigilia Pascual nos recuerdan los grandes acontecimientos e intervenciones de Dios en la historia humana: 1) Se nos narra en el libro del Génesis cómo Dios creó el mundo: creó la luz, separó el cielo de la tierra, separó las aguas de la tierra, creo semillas, árboles y frutos, creó el sol, la luna y las estrellas del firmamento, creó las criaturas de los mares, creó las criaturas de tierra firme y creó al hombre a su imagen y semejanza. Y todo esto lo hizo Dios, bien en 7 días de 24 horas, bien según la teoría de la evolución de Darwin. ¡Qué más da! Fue Dios quien lo hizo. 2) Se nos narra otra vez en el libro del Génesis que Dios eligió a Abrahán y que le dio un hijo en la vejez, que se lo pidió para sacrificarlo y que se lo devolvió en vida. 3) Se nos narra en el libro del Éxodo que Dios liberó al pueblo de Israel de los egipcios a través del mar Rojo con el portento de abrir sus aguas. 4) Se nos narra a través del profeta Isaías que Dios ha cuidado al pueblo de Israel y se ha casado con él con un matrimonio perpetuo. 5) Se nos narra a través del profeta Ezequiel cómo Dios recoge a sus hijos y los lava y los purifica de sus suciedades, cómo Dios les arranca el corazón de piedra y les da un corazón de carne, cómo Dios les da un espíritu nuevo para siempre. 6) En el evangelio se nos dice que un ángel anunció a las mujeres que Jesús había resucitado y éste se apareció resucitado y vivo a dichas mujeres. do al pueblo de Israel y se ha casado con con el portento de abrir sus aguas. egrandes acontecimientos e intervenciones de Dios en la historia humana: 1)
Pero estos relatos de hechos históricos, más o menos creíbles para unos, más o menos increíbles para otros, pueden dejarnos fríos a muchos de nosotros. ¿Realmente tengo una experiencia personal de que el mismo Dios me ha creado a mí y ha creado todo el universo para mí, o soy simplemente fruto del amor de mis padres o de una casualidad de la naturaleza? ¿He tenido la experiencia personal de haber sido liberado de esclavitudes por medio de portentos maravillosos? ¿Siento personal e íntimamente cómo Dios me ha cuidado y me cuida, se ha casado conmigo en matrimonio perpetuo y me es fiel? ¿He tenido la experiencia personal de cómo Dios me ha lavado y purificado, me ha dado un corazón de carne y me ha dado su espíritu divino en lo más íntimo de mi ser? ¿Ha resucitado realmente Jesús para mí y en mí? ¿Mi Dios es un Dios de vivos o de mis abuelos muertos, es un Dios de la historia pasada o de mi historia y vida presentes, aquí y ahora? Sí, Jesús se ha aparecido hace casi 2000 años a la Magdalena, a Pedro, a los apóstoles. Jesús ha dejado que Tomás le tocara las llagas de las manos y del costado. Jesús ha comido con los discípulos de Emaús y les ha explicado las Escrituras. Jesús ha tirado del caballo a Pablo y se ha hecho presente a tantos hombres y a tantas mujeres, pero ¿y a mí?
Toda esta fiesta de la Pascua de Resurrección puede ser una broma pesada, o puede quedarse en unas costumbres religioso-culturales-turísticas, si no hay una experiencia personal de ese Cristo vivo en mí, es decir, de un Jesús que me da vida a mí y que da sentido a esta vida mía, tantas veces sin sentido, y que corre día tras día a no se sabe dónde.

¿Dónde estás Jesús? ¿Realmente vives? ¿Realmente eres el presente o eres simplemente un pasado bonito, maravilloso, pero pasado, al fin y al cabo?
Voy a transcribiros a continuación tres experiencias personales de encuentros con Jesús vivo y resucitado: 1) Julio Figar, sacerdote dominico y asturiano, muerto en accidente de tráfico en 1987: “El Señor se valió de un retiro carismático para salvar la vocación de Julio como dominico y sacerdote. Estaba en 2º curso de filosofía. El era un joven agresivo, duro, con continuas protestas, todo le parecía mal. Junto con otros cinco compañeros de curso hacía continuas huelgas por parecerles las clases y los profesores anticuados y abstractos. Todos los detalles de la vida del convento de Alcobendas eran inaguantables para ellos. Se decidieron entonces a pedir permiso para vivir algunos años fuera del convento. Con este motivo alquilaron un piso donde quería ellos fundar una comunidad alternativa para demostrar a todos cómo se podía y se debía vivir en auténtica comunidad de fraternidad y trabajo.
Pocos días antes de pasarse al piso un compañero le invitó a un retiro carismático. Iba por la calle haciendo una ‘oración’ que era también un desafío: ‘Señor, ésta es la última oportunidad que te doy’. En una carta de 1976 Julio cuenta esta experiencia diciendo que en aquel momento puso toda su confianza en aquel Dios que tantas maravillas hacía en los demás. Desde lo hondo de su corazón solamente tenía una palabra para ese Dios desconocido: ‘¡Ayúdame, Señor!’ Y el Señor le escuchó. El viernes por la noche se acercó con toda la humildad de que era capaz a que un grupo de hermanos carismáticos oraran por él. En pocas palabras les resumió su problema y puso en las manos de Dios su angustia. Lo que luego sucedió nunca se podrá explicar, pues no hay palabras para explicar el amor de Dios. Julio sólo pudo decir que sintió cómo el Señor se acercó a él suavemente llenándole con su amor. De algún modo a Julio le parecía estar tocando a Dios. Luego una paz profunda que nunca jamás había experimentado estaba en él. En el convento todo se tornó diferente. La gracia y el amor de Dios le hicieron libre para decidir. Se puso en manos de Dios para que se cumpliera su voluntad plenamente. Es curioso que constataba los problemas de antes, pero de un modo diferente. Era los mismos, pero diferentes, pues los contemplaba desde la paz profunda. El Señor le hizo ver muy pronto que no había razón alguna para irse del convento. Estaba curado. Cuando se lo fue a decir a sus compañeros, fue duro. Tuvo que oír de todo: que si estaba loco, que qué iba a hacer él solo allí. Para ellos era insoportable ya el quedarse. Para él comenzaba una etapa de gozo.” Con el tiempo sus compañeros dejaron a los dominicos y el sacerdocio. Sólo él siguió.
2) Manuel García Morente, catedrático de Etica y ateo convicto y confeso. Nació en 1886 y huyó por la guerra civil a París. El 29 de abril de 1937, a medianoche se puso a oír música clásica. Escuchó “L’enface de Jesús”, de Berlioz. Narra él en su diario: “No puedo decir exactamente lo que sentí: miedo, angustia, aprensión, turbación, presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable que iba a suceder ya mismo, en el mismo momento, sin tardar. Me puse en pie, todo tembloroso, y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba El. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero El estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y la percibía. Percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras –negro y blanco- que estoy trazando.
Pero no tenía ninguna sensación, ni en la vista, ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente, con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era El, puesto que le percibía aunque sin sensaciones. ¿Cómo es posible? Yo no lo sé. Pero sé que El estaba allí presente, y que yo, sin ver, ni oír, ni oler, ni gustar, ni tocar nada le percibía con absoluta e indubitable evidencia. Si se me demuestra que no era El o que yo deliraba, podré no tener nada que contestar a la demostración, pero tan pronto como en mi memoria se actualice el recuerdo, resurgirá en mí la convicción inquebrantable de que era El, porque yo le he percibido.
No sé cuánto tiempo permanecía inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello –El allí- hubiera durado eternamente, porque su presencia me inunda de tal y tal íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía.
¿Cómo terminó la estancia de El allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba El allí y yo lo percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después ya no estaba El allí, ya no había nadie en la habitación, ya estaba yo pesadamente gravitando sobre el suelo y sentía mis miembros y mi cuerpo sosteniéndose por el esfuerzo natural de los músculos.”
Enseguida regresó a España y se hizo sacerdote.
3) Pascal nos narra su encuentro con Dios: "Año de gracia de 1564. Lunes 23 de no­viem­bre, día de san Clemente.... Desde alrededor de las diez y media de la noche hasta más o menos las doce y media. Fuego. Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos ni de los sabios. Certidumbre, certidumbre, sentimiento, alegría, paz. (Dios de Jesucristo). 'Deum meum et Deum Vestrum'. Tu Dios será mi Dios. Olvido del mundo y de todo menos de Dios. No se le halla más que a través de los caminos señalados por el evange­lio... Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría".
Alguno preguntará: ¿Qué tengo yo que hacer para tener este encuentro personal con Cristo vivo y resucitado? Algo diré en la próxima homilía, la del II domingo de Pascua, el domingo de la Misericordia.

Viernes Santo

21-3-08 VIERNES SANTO (A)

Is 52, 13-53, 12; Slm. 30; Heb. 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19, 42



Queridos hermanos:
Cuando nos detenemos ante un crucifijo y contemplamos pausadamente aquellos que está ante nuestros ojos...; cuando leemos el Evangelio y tratamos de profundizar en qué sucedió a Jesús, sobre todo durante su pasión, nos podemos dar cuenta de que los sufrimientos de Jesús en la cruz fueron de tres tipos:
1) De tipo físico. Al introducirle tres clavos. Dos en las manos/muñecas otro clavo en los pies superpuestos.
La muerte de un crucificado se produce no por dolores..., no por la pérdida de sangre..., sino por asfixia. El cuerpo que cuelga de la cruz, con los brazos estirados, ejerce una presión sobre la caja torácica de tal modo que impide la respiración del crucificado, por lo que éste debe empinar­se sobre sus pies ayudándose del clavo que tiene en ellos. Así levantándose un poco puede tomar aire, pero esto le causa tal dolor en los pies que debe dejarse caer. En este momento los pulmones quedan nuevamente "aprisionados", por así decirlo, y vuelve a faltarle el aire y se ha de repetir la operación: alzarse sobre los pies, dolor extremo y dejarse caer. Esta agonía puede durar de 3 a 4 horas, depende de la fortaleza del crucificado. Además, enseguida todo se agrava con calambres en los brazos, la angustia de quedar sin aire en los pulmones con la consiguien­te sensación de ahogo y la pérdida de sangre a través de las heridas que hace sufrir una sed atroz a los que padecen tal muer­te. De ahí que era normal tener algunas sustancias, como vinagre, que empapadas en una esponja servían en cierta medida para calmar y al mismo tiempo "anestesiar" o adormecer al reo.
A veces, como una medida de gracia, para acortar el sufri­miento y la agonía, se les partía los huesos de las piernas con unas mazas de hierro o madera de tal modo que, al no poder empinarse sobre los pies, la asfixia total llegase en breves minutos y, por tanto, la muerte. Esto fue lo que hicieron con los dos ladrones crucifica­dos a los lados de Jesús.
Se nos puede ocurrir una pregunta: ¿por qué Jesús murió antes que los otros que tenía a su izquierda y a su derecho? ¿Tal vez era menos resistente que ellos? No. Seguramente se debió al hecho de que Jesús había tenido el fenómeno de sudar sangre en el día anterior por la angustia y el terror ante lo que se le venía encima. Además, le había golpeado muy duramente los judíos en el Sanedrín. Y, por último, le había dado los 39 latigazos. Por todo ello, cuando Jesús llega a la cruz, estaba ya muy debilitado.
2) De tipo psicológico y afectivo. Jesús vio cómo sus discípulos amados lo negaban, lo traicionaban, lo abandonaban. Jesús vio cómo la gente a la que él había curado, predicado, dado de comer, querido... ahora se volvían contra él y pedían su crucifixión o simplemente se volvían a sus casas desilusionados. Salvo Juan, los demás apóstoles no estuvieron con él a la hora de su muerte. Aquellos apóstoles a los que había escogido, enseñado, querido y mimado durante tres años, ahora no estaban.
3) De tipo espiritual. Toda la obra de su vida se veía derrumbada. ¿Mereció la pena abandonar su Nazaret de la infancia para... nada? ¿Mereció la pena vivir en la incomprensión y remando contra corriente: contra su propia familia, contra sus conocidos, contra los apóstoles, contra toda la gente que le rodeó para... nada? Todo aquello por lo que había luchado desapareció en un instante.
En la cruz Jesús grita: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Jesús experimentó el abandono de Dios. Dios se sintió abandonado por Dios. Jesús experimentó el silencio de Dios ante el sufrimiento de los hombres. ¿Dónde estaba el Dios del monte Tabor? ¿Dónde?
Jesús cargó sobre sí con todos nuestros pecados, con los pecados y dolores de todos los hombres y de todos los tiem­pos. Los pecados de las guerras, de los niños con hambre o maltratados, de los exterminios nazis y otros a lo largo de la historia; toda esa podredumbre la tomó sobre sí. Todo el odio de los hombres, todas las injusticias, las calum­nias, avaricias, egoísmos, soberbias, etc. de los hombres se cargaron sobre Jesús en este momento. Este sufrimiento es algo totalmente misterioso para nosotros y sólo sabemos de él por algunos trozos de la Escritura como cuando Isaías dice "traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes... tomó el pecado de todos..." (Isaías 53 5.8b).
Sin embargo, las lecturas bíblicas nos traen una frase de sentido a su pasión y muerte, de esperanza, de resurrección: "Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el 'Nombre-sobre-todo-nombre'; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, y toda lengua proclame: 'Jesucristo es el Señor', para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 9-11).

Jueves Santo

20-3-08 JUEVES SANTO (A)

Ex. 12, 1-8.11-14; Slm. 115; 1 Co. 11, 23-26; Jn. 13, 1-15


Queridos hermanos:
Nuestro modelo de santidad ha de ser únicamente Jesús. Si queremos ser santos ha de ser cómo El lo ha sido. Dice el evangelio de hoy: “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis."
Veamos su ejemplo. Hay una palabra que resume muy bien su actuación y es la de VACIAMIENTO.
- Cuando se encarna Jesús asume la humanidad y se vacía de su divinidad, pues ésta queda oculta por su humanidad. Lo eterno por lo perecedero, lo todopoderoso por lo débil, lo grande por lo miserable.
- Después está 30 años oculto a los hombres y en obediencia a un hombre y a una mujer. El es simplemente el hijo de un carpintero. Ya que se hizo hombre podía haber destacado como hombre, pero fue uno de tantos, o más bien de los más bajos y despreciables de los hombres. Su vaciamiento continuó en este aspecto, pues ni siquiera como hombre destacó en sus primeros 30 años.
- A los 30 años deja a su madre y escandaliza a la gente de su pueblo (es primero la obligación que la devoción, cuida a tu madre mejor que andar por ahí hablando de Dios, predica con el ejemplo). Empieza un aspecto más de su vaciamiento al perder su fama ante sus vecinos y familiares, la poca que podía tener.
- Se vacía cuando empieza a sacar sus enseñanzas y las da a la gente en el sermón de la montaña, ante la viuda de Naín, con las parábolas. Lo que tiene lo da. También se vacía con sus milagros, como cuando le toca la mujer y nota que fuerza le ha salido de su ser.
- Pero su vaciamiento más total es cuando sucede la pasión y muerte: se vacía de su humanidad, pues con los insultos, golpes, escupitajos, ultrajes, azotes… se convierte en una piltrafa humana. Se vacía con sus miedos en Getsemaní, con su abandono en que ve que no ha servido para nada todo lo que ha hecho (ha sido un fracaso absoluto). Se vacía incluso de su fe y confianza en Dios (“¿Por qué me has abandonado?”). Finalmente, se vacía de su espíritu cuando grita al morir que encomienda su espíritu al Padre. Al final sólo queda el cascarón de hombre, pero todo lo demás no está. Cristo está totalmente vacío.
Signo de este vaciamiento es la Eucaristía. “Tomad y comed todos de mi cuerpo”. “Tomad y bebed de este cáliz, cáliz con mi sangre derramada”. Sangre no recogida, no echada, sino derramada por el suelo y pisada y hecha barro con el polvo y las piedras del camino. De ahí las palabras de S. Pablo en la segunda lectura: “Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.” Cada Eucaristía es signo y realidad de es desprendimiento total de Cristo, de este vaciamiento.
Pero, ¿por qué y para qué se vacía Cristo de sí mismo? Se vacía por amor y para amar. Lo dice el evangelio: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.” No tiene sentido el vaciamiento si no es por el amor de Cristo. Por eso la Eucaristía es la expresión más pura y digna del amor de Cristo.
Si queremos ser santos, hemos de imitar este vaciamiento en nosotros. No somos santos porque estamos tan llenos de nosotros mismos que no cabe ni mis hermanos, no cabe ni Dios. Sólo quien se vacía, puede ser llenado de Dios. Y este vaciamiento debe ser hecho por amor y para amar. A esto aprendemos en la Eucaristía, cuya institución por Cristo hoy celebramos.

Domingo de Ramos (A)

16-3-08 DOMINGO DE RAMOS (A)

Is. 50, 4-7; Slm. 21; Flp. 2, 6-11; Mt. 26, 14-27, 66



Queridos hermanos:
* En esta semana celebraremos los misterios principales de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Dios y Señor. La semana empieza por el Domingo de Ramos, en donde Jesús es elevado a la cima de su popularidad entre la gente:
La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!’ Pero, a partir de aquí, Jesús entra en barrena respecto a su popularidad y en menos de una semana acaba apresado, abandonado, insultado, condenado y ajusticiado. Jesús va perdiendo y le van quitando todo lo que tenía, y esto le sucede en menos de 24 horas: el tiempo que va desde el jueves por la noche hasta el viernes, a primera hora de la tarde. A Jesús se le machaca físicamente, se le quita cualquier apoyo humano, aparentemente todo el mundo (de toda orden y condición) está en contra de él, y ni siquiera Dios parece estar presente en él:
- Jesús es machacado físicamente. 1) En primer lugar Jesús hace un ofrecimiento de toda su carne, de su cuerpo, y de toda su sangre en lo que se conocerá más adelante como la Institución de la Eucaristía:
Tomad, comed: esto es mi cuerpo [...] ésta es mi sangre derramada por todos 2) En el huerto de los Olivos a Jesús lo detienen soldados y gente que viene con espadas y palos. Dice el evangelio que le echaron mano y lo harían de mala manera. Empezaba el calvario físico para Jesús. 3) En casa de Caifás a Jesús le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo: ’Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?’” 4) Para llevarlo hasta Pilatos a Jesús lo ataron y a empujones lo fueron llevando como un trofeo por las calles atestadas de gente. Tanto sufrimiento físico le estarían dando a Jesús que hasta el mismo Judas sintió un gran remordimiento y quiso dar marcha atrás. 5) Pilatos lo manda azotar por sus soldados. Estos le dieron un buen “repaso” para prepararlo para la crucifixión. De un modo muy crudo es descrito por el evangelista: “Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él […] luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza.” 6) Finalmente, ya lo crucificaron. Le dieron muerte y de un modo atroz: atravesando con clavos sus manos y sus pies, y dejando que colgara de un madero hasta que todo acabara.
- Las personas humanas somos hombres en relación. Un hombre aislado y completamente solitario acaba mal. Cuando llegamos nuevos a un sitio y vemos alguien conocido, se nos alegra el semblante. Nos necesitamos unos a otros. Pues bien, Jesús en pocas horas es despojado de sus amigos y de sus seres más queridos. 1) Nos dice el evangelio que el primero en marcharse de su lado fue Judas, y lo hizo con una traición. No sólo abandonó a Jesús, sino que lo vendió por unas monedas. 2) Luego Pedro, Santiago y Juan no fueron capaces de velar con Jesús y acompañarle en su dolor y en su angustia. Se dormían. Su sueño era más fuerte que el dolor y el miedo de su amigo Jesús. 3) Cuando detuvieron a Jesús en el huerto de los Olivos, nos dice el evangelio que “en aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.” Ya no le quedó nadie. Ya estaba Jesús completamente solo y a merced de sus captores. 4) Es verdad que Pedro siguió a Jesús con el poco valor que le quedaba, pero, en cuanto se vio pillado, juró y perjuró que no conocía a aquel hombre. Ahora sí que estaba Jesús completamente solo. 5) S. Mateo quiere resaltar tanto la soledad de Jesús en aquellos momentos que reseña la presencia de algunas mujeres, pero… ellas estaban lejos y no al pie de la cruz. 6) Después del fallecimiento de Jesús, ya aparece José de Arimatea, mas él viene, no a ayudar a un vivo, sino a enterrar a un muerto.
- En el relato de la pasión de Jesús parece que todos se pusieron de acuerdo para machacarlo: 1) Los sumos sacerdotes intrigaban para prender a Jesús y acabar con él. 2)
Un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo entró en el huerto de los Olivos para apresar a Jesús. 3) Cuando lo llevaron a casa de Caifás, allí Jesús se encontró con los escribas y ancianos, y ”los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían.” 4) Todavía existía una posibilidad de librar a Jesús. Había costumbre de librar a un preso[1] en las fiestas de la Pascua judía por parte de los romanos. Pilato plantea esta posibilidad y da a elegir a la gente entre Jesús y Barrabás: “los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.” 5) Hemos visto antes cómo los soldados romanos se ensañaron contra Jesús con los azotes, los palos en la cabeza cubierta de la corona de espinas y las burlas. 6) Cuando Jesús está en la cruz, sigue toda la gente concitada contra él: “Los que pasaban lo injuriaban […] los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también […] hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.” Otro evangelista nos dice que uno de los ladrones crucificados lo defendió, pero aquí se nos dice que los dos insultaban a Jesús. Durante los tres años de vida pública de Jesús su paso entre la gente provocaba mayoritariamente simpatía y buenos sentimientos, pero en estas 24 horas, entre el Jueves Santo y el Viernes Santo, parecía que una rabia instintiva y asesina se iba apoderando de todos los que iban teniendo contacto con Jesús: todos contra un solo hombre.
- Cuando uno se ve atacado y asaltado por todo y por todos, cuando no hay remedio por ningún lado, sólo le queda el recurso a Dios, que a Jesús parece no hacerle mucho caso. 1) Jesús acudió a El en el huerto de los Olivos y le suplicaba:
Me muero de tristeza […] Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres […] Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. 2) Estando en la cruz Jesús se dirige de nuevo a su Padre Dios y le grita que por qué lo ha abandonado, y a continuación le entrega lo único que le quedaba: su espíritu.
* Pero la celebración de la Semana Santa no es simplemente un momento para unas vacaciones, para asistir a los unos pasos procesionales y para un recordar una historia que sucedió hace 2000 años. Hoy también es Semana Santa para tanta gente que sufre y que muere. En esta semana pasada leíamos que el Arzobispo caldeo (católico) de Mosul-Iraq, Boulos Faray Raho, ha sido asesinado por sus captores y su cadáver ha sido encontrado hoy con varios disparos en la cabeza en una carretera cerca de Mosul (400 kilómetros al norte de Bagdad). El arzobispo fue secuestrado el pasado 29 de febrero en un asalto que costó la vida al conductor del vehículo en el que viajaba y a sus dos guardaespaldas.
Ayer me escribía Olga, una de las religiosas que estaba en la Delegación de Misiones de aquí, de Oviedo y me dice que está en Colombia de vacaciones (van cada 3 ó 4 años) y “pierde” algunos días de estar descansando o con su familia para acompañar a unas personas de Asturias que están estudiando la viabilidad de un proyecto: la construcción de una casa para ancianos, pues la situación de muchos es muy deprimente y sin dónde vivir, solos, con muchas dificultades, y sin recursos económicos.



[1] Esta costumbre está instaurada también en muchos lugares de España por estas fechas y las autoridades civiles indultan a un preso a petición de una cofradía o de otra institución católica.

Domingo V de Cuaresma (A)

9-3-08 DOMINGO V CUARESMA (A)


Ez. 37, 12-14; Slm. 129; Rm. 8, 8-11; Jn. 11, 1-45




Queridos hermanos:
* Las lecturas de hoy nos hablan de muertos y de muerte. Ello nos recuerda una realidad muy presente en nuestra vida de cada día.
Al leer el periódico de cada día, unos lo abren primeramente por la sección de economía, otros por la sección de deporte, otros por la sección de programas de televisión y muchos por la sección de las esquelas. En éstas se mira la edad que tenían los difuntos y, cuando se ve habitualmente gente más joven que uno mismo o de edad parecida, entonces eso recuerda que se está ya en “lista de espera”…
A veces miramos fotografías antiguas de nuestra boda, de la ordenación sacerdotal, de primeras comuniones, del colegio o de la universidad, de otros eventos… y nos fijamos en personas que ya han fallecido y que no están entre nosotros. Ya no están abuelos, padres, tíos, primos, vecinos, amigos…
Una de las actividades más frecuentes que hemos de hacer a lo largo del año es ir a los tanatorios a dar pésames, ir a las iglesias a funerales, y acudir a cementerios o a columbarios para depositar allí los restos o las cenizas de los fallecidos.
Por tanto, repito que el contacto con la muerte es algo habitual y corriente en nuestra vida ordinaria.
* También el evangelio de hoy nos cuenta la muerte de Lázaro, un amigo de Jesús, y nos da una serie de datos que rodearon aquel suceso y que hoy, 2000 años después, se siguen dando:
- Ante la enfermedad grave de Lázaro y la posibilidad real de una muerte inmediata, se avisa por parte de los familiares a los amigos más íntimos.
Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: -‘Señor, tu amigo está enfermo’.
- Una vez que Lázaro falleció, éste fue enterrado y la gente que se enteró después del entierro acudió, no obstante, ante las hermanas del difunto para darles el pésame:
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado […] muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.
- Las lágrimas y el desconsuelo forman parte de la gente que tiene un parentesco con el difunto o de la gente que tiene amistad con el mismo. Así, el evangelio nos cuenta que los vecinos y amigos estaban consolando a María por la muerte de su hermano, ya que ésta lloraba. Nos dice el evangelio que Jesús, ante la muerte de Lázaro y viendo llorar a María, también solloza él y se conmueve. Por tres veces se dice que Jesús sollozó y lloró de pena ante la muerte de Lázaro. He de decir, como sacerdote que para mí, éste es uno de los momentos más duros: Cuando no sabes qué decir o qué hacer a la gente que sufre y llora por el fallecimiento de un ser querido. Recuerdo que, en junio de 1988, un domingo había celebrado las Misas por la mañana en el concejo de Taramundi. Comí después con un matrimonio mayor y me entretuve con ellos en su casa. A media tarde me vinieron a buscar el médico y el juez de paz de la villa. Querían que los acompañara, pues un chico de unos 26 años, que se iba a casar en un mes, se había ahorcado (en los cuatro años que estuve en Taramundi enterré a 8 personas que se habían suicidado; esto era muy común por aquella zona). Pues bien, llegamos a un monte, que estaba a una media hora de camino de la casa del chico ahorcado. Allí colgaba él de un árbol; tenía abundante saliva en la boca. La saliva ya estaba verde y tenía moscas por su cara y en la comisura de sus labios. La cuerda estaba hundida en su cuello. La escena era muy desagradable y fuerte. El chico había salido por la mañana de casa para atender el ganado que estaba libre en la montaña, pero tardaba en venir para comer. Entonces, un hermano y su padre salieron a buscarlo y lo encontraron así. No podían moverlo ni descolgarlo hasta que el médico y el juez de paz hicieran el levantamiento del cadáver. Eran las 8 de la tarde cuando pudimos bajarlo del árbol. El hermano y yo lo cogimos por los pies para alzarlo un poco y el padre cortó la cuerda. Lo metimos en un todo terreno. Ya estaba rígido y no pudimos encogerle las piernas, que sobresalían por la puerta de atrás del vehículo. Pero lo más duro estaba por llegar: cuando metimos entre los tres (padre, hermano y yo) al chico en la casa por la cocina y allí estaba la madre, ésta empezó a dar gritos y a llorar de modo desconsolado por su querido hijo. En estos momentos lo único que puedes hacer es estar, tener gestos físicos de cariño y de cercanía y callar o decir palabras sueltas de consuelo y de fortaleza.
- Asimismo con ocasión de una defunción, puede haber malos olores, sobre todo si la persona difunta estaba muy medicada. Cuando Jesús le dice a María que quite la tapa del sepulcro, con mucho sentido común la hermana le responde:
Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
* ¿Qué postura hemos de tener las personas de fe ante la muerte? ¿Podemos reaccionar igual que los que no tienen fe y que los creyentes no practicantes? ¿Qué respuesta nos da Jesucristo ante la muerte? ¿Nos da El también el pésame? ¿Sus palabras son palabras de consuelo, como cualquier amigo o como cualquier persona de buen corazón? Veamos lo que nos dicen las lecturas de hoy:
- Ante el sufrimiento y ante la muerte, los creyentes debemos reaccionar como dice el salmo 129, es decir, volviéndonos a Dios para suplicarle con entera confianza, para poner en sus manos nuestros corazones destrozados:
Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica […] Mi alma espera a en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora.”
- Esta entera confianza en Dios la vemos en las dos hermanas de Lázaro, las cuales por separado dicen a Jesús lo mismo: (María) “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.” (Marta) “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.” Implícitamente hay una especie de reproche: ‘Señor, te habíamos avisado con tiempo. ¿Por qué te entretuviste en venir? ¿Por qué no viniste enseguida? Podrías haberlo curado, como curaste al ciego de nacimiento.’ Sin embargo, a continuación de este de reproche, una de las hermanas afirma totalmente convencida su esperanza en Jesús, en Dios y en la vida eterna: “Pero aún ahora (que mi hermano está muerto) sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. […] Sé que (mi hermano) resucitará en la resurrección del último día.”
Hasta ahora hemos visto los que hemos de hacer los creyentes ante el sufrimiento y ante la muerte. Ahora veamos la respuesta de Dios a estas súplicas y a estas necesidades de sus hijos:
- Dios, a través del profeta Ezequiel, nos responde:
Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío […] Os infundiré mi espíritu, y viviréis.” Fijaros en la fuerza de esta imagen que nos presenta el profeta: Será Dios mismo quien venga a nuestros cementerios, ante nuestros nichos, a donde estén depositados nuestros restos o cenizas y abrirás las puertas y las losas; escarbará en la tierra y buceará por el mar, si nuestras cenizas fueron esparcidas por el agua, y nos recogerá con sus manos y nos hará salir de allí. Y en ese momento nos soplará con su aliento de vida y viviremos de nuevo, y viviremos para siempre.
- Y el mismo Jesús dice en el evangelio de hoy nos dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.” Jesús es la VIDA auténtica. La única manera de beber de esta fuente de VIDA, tanto si estamos muertos como si estamos vivos, físicamente hablando, es a través de la fe en El. Por eso Jesús pregunta a Marta si cree, y cuando María duda en abrir el sepulcro de Lázaro, porque huele ya mal, Jesús le dice: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” Marta creyó y lo confesó abiertamente: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.”
Que Dios Padre nos conceda tener esta fe. Pidámosela a El, que es quien nos la puede dar.