miércoles, 26 de junio de 2013

Domingo XIII del Tiempo Ordinario (C)



30-6-2013                               DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO (C)
                             1 Re. 19, 16b.19-21; Slm. 15; Gal. 5, 1. 13-18; Lc. 9, 51-62
Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:
En el salmo de hoy nos dice cosas preciosas, por ejemplo: “El Señor es el lote de mi heredad”. Se percibe claramente que el salmo está compuesto por una persona a la que Dios ha enamorado y ha colmado de su ternura y atenciones[1]. Y esto sólo puede haber tenido lugar porque el mismo salmista ha permitido la acción de Dios en él. Ya lo decía en la homilía del domingo pasado: “Decir que todo procede de Dios y que el hombre es un puro sujeto pasivo, no es cristiano. Decir que todo procede del hombre y que Dios es un puro espectador del esfuerzo humano, no es cristiano”. Dios ama; sí. Dios es el origen del Amor; sí. Pero el hombre creyente responde (ha de responder) a ese amor. Si no respondiera, entonces ese amor se quedaría improductivo. ¿Qué es lo que nota uno en su ser más íntimo ante la respuesta a ese amor divino? Nos lo dice también el salmista: “Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena”.
            Pero, ¿puede alguien alegrarse ‘con la que está cayendo’?
            - El martes por la mañana leía esta noticia: “Desesperanzada vuelta a la mina. Los mineros de Cerredo (Asturias) regresan al tajo tras seis meses, con la moral baja por la incertidumbre sobre el cobro de sus salarios y sobre el futuro de la empresa. ‘Ilusión ninguna’ […] Estas declaraciones reflejan bien el sentir de los trabajadores de la explotación, que ayer volvieron al tajo tras más de seis meses de inactividad y sin percibir sus salarios”.
            - El lunes celebraba el funeral de Apolinar en Baiña. Él estaba rodeado de su familia, la cual lloraba desconsoladamente su pérdida.
            - En estos días a un compañero mío le han diagnosticado que su cáncer, del que se había operado con éxito hace poco tiempo, ha reaparecido más fuerte y destructivo que nunca.
            - Y tanta gente que sufre y llora por sus desgracias personales y familiares: una chica abandonada por su novio, al que amaba y en el que confiaba con todo su ser; el niño ovetense que se marchó descalzo y con un pantalón corto de casa por las malas notas y estuvo más de 24 horas desaparecido; etc.
            Sí, en medio ‘de la que está cayendo’ un cristiano sabe que no puede llenarse de rabia y amargura (contra los bancos y contra los políticos); un cristiano no puede mirar sólo para sí y para los suyos y rezar para que no les toque alguna desgracia; un cristiano no puede conformarse con mirar para el suelo y para lo que le rodea. Un cristiano mira para más allá y dice, como el salmo de hoy: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti […] El Señor es el lote de mi heredad”. Esto no significa una huida de la triste realidad que tenemos a nuestro alrededor. La fe en Dios no es un refugio de bola de cristal; ni lo tiene que ser nunca. La fe en Dios no es una huida; ni lo tiene que ser nunca.
            Cuando un creyente afirma que el Señor es el lote de su heredad, lo que quiere decir es que prefiere esa herencia (a Dios como herencia) a cualquier otra herencia material y/o familiar que le pudiera  venir. Sé que es muy duro lo que digo aquí. Sobre todo es duro para la gente que no tiene medios económicos o los tiene muy limitados. Ejemplos: 1) Hace un tiempo me vino una persona con una gran angustia porque la pensión de jubilación que le quedaba era muy escasa: ‘Toda la vida cotizando y ahora, lo que me queda, no me da para vivir’. 2) Hace también un tiempo una mujer se me quejaba de que no estaba a gusto en la casa que tenía (era un piso húmedo y viejo). Cuando veía en las revistas algunas casas con jardín, con flores, se decía. ‘¿Por  qué yo no puedo tener una casa así?’ Igualmente esta mujer me preguntaba por qué tenía siempre que estar con la angustia de llegar a final de mes y no poder pagar las facturas que le llegaban inexorablemente… Tanto se me quejaba que le dije: ‘Mira, yo soy sacerdote. Tengo el poder de Dios. Ahora mismo quiero cambiar todo eso que me dices. En cuanto toque mi dedo tu brazo, tendrás esa casa preciosa con jardín, te vendrá un dinero suficiente para pagar todas tus deudas y para que vivas con desahogo por el resto de tus días. Pero, a cambio de todo ello, a cambio de todos esos dones materiales, te retiraré y te quitaré la fe en Dios’. Entonces avancé un poco mi dedo hasta su brazo y ella rápidamente retiró su brazo, y dijo sorprendida y rotunda: ‘¡¡¡NO!!! Prefiero más mi fe en pobreza y necesidades antes que cosas materiales sin la fe en Dios’. ¿Por qué dijo esto? Pues porque ella también, como el salmista, vivía y decía: “El Señor es el lote de mi heredad”.
            Las últimas palabras de Jesús en el evangelio de hoy van en este mismo sentido. Dicen así: “A otro le dijo: ‘Sígueme’. Él respondió: ‘Déjame primero ir a enterrar a mi padre’. Le contestó: ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios’. Otro le dijo: ‘Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia’. Jesús le contestó: ‘El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios’”.
            ¿Por qué dice Jesús: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”? ¿No dice el cuarto mandamiento de la Ley de Dios “honrarás a tu padre y a tu madre” (Ex. 20, 12)? ¿No es una obra de caridad enterrar a los difuntos, y cuánto más al propio padre? ¿No puso Tobit su vida en peligro por enterrar a sus compatriotas asesinados por el rey de Nínive-Asiria (Tob 1, 17-20; 2, 3-8)? Si todo esto es así, entonces -repito- ¿por qué dice Jesús: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”?
            Interpretar este texto no es fácil y se han dado varias explicaciones. Por otra parte, las interpretaciones que se den no podrán agotar nunca todo su significado. Voy a intentar decir alguna cosa:
            - Por supuesto, Jesús no quiere decir que no se haya de honrar a padre y a madre, y que esté mal atender a los padres y darles sepultura habiendo fallecido. De hecho, hay textos evangélicos que hablan del amor y atención que hay que tener hacia los padres (Mt. 15, 3-6).
            - Asimismo todo se de poner de manifiesto que en esta frase, aunque se usa dos veces la misma palabra: ‘muertos’, el significado es diferente. El primer ‘muertos’ hace referencia a aquellas personas que respirando, comiendo, hablando, trabajando, llorando, riendo, bailando… están vivos por fuera, pero por dentro están muertos, pues sólo viven por y para lo material, por y para sí mismos. Estas personas no ven más allá de sus narices. Con el segundo ‘muertos’ se indica (ya sí) a aquellos que han fallecido físicamente. Por lo tanto, el sentido literal de la frase sería ésta: ‘Deja que aquellos que sólo viven para las cosas materiales, para el aquí y ahora, se ocupen de las cosas urgentes, pero no de las cosas que de verdad importan y que dan vida para sí mismos y para los que les rodean’.
            -  Lo que Jesús quiere subrayar –entiendo yo- es la urgencia de seguir a Jesús; que es más importante Dios que las cosas del mundo. Escribe un autor cristiano sobre este texto: ‘A la Iglesia en general le exige el coraje y la clarividencia para liberarse del servicio a tantas estructuras o realidades «muertas», por muy venerables que hayan sido históricamente, y entregarse al anuncio de la siempre buena y nueva noticia del Reino. ¡Cuántas energías utilizadas y perdidas, a veces, en el mantenimiento de realidades carentes de vida y, consecuentemente, de fuerza vitalizadora (ritos, tradiciones, devociones...)! Para el creyente, para cada uno en particular, el dicho de Jesús es una invitación a desenmascarar las razones sin vida, y sin razón, que le llevan a aplazar el seguimiento de Jesús y el anuncio de su mensaje. El dicho de Jesús es una llamada urgente a priorizar a quién queremos servir y seguir. El mismo Jesús tuvo que definirse personalmente en su vida. A la pregunta angustiada de María y José, tras la penosa búsqueda de tres días, Jesús respondió: “¿No sabías que yo debo estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49)’.

[1] DIOS HACE LO MISMO CON TODOS NOSOTROS.