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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Domingo II de Adviento (B)



7-12-2014                              DOMINGO II  DE ADVIENTO (B)
Homilía en vídeo. HAY QUE PINCHAR EN EL ENLACE ANTERIOR PARA VER EL VIDEO. Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:
            En el evangelio de hoy se nos habla de san Juan Bautista. Él fue quien mejor preparó la llegada de Jesús. El domingo pasado hablamos de la necesidad de estar vigilantes para cuando venga Jesús y también hablamos de la necesidad de preparar la llegada de Jesús.
            Pero, ¿por qué hay que preparar la llegada de Jesús? En el evangelio de hoy san Juan Bautista nos responde algo a esta pregunta. No responde todo, pero sí algo. El único que puede responder completamente a esta pregunta es el mismo Jesús. Y, ¿qué nos dice san Juan Bautista? Pues nos dice que 1) Jesús puede más que él; 2) que él no merece agacharse para desatarle las sandalias; 3) y que Jesús bautizará con el Espíritu Santo.
            1) Jesús puede más que san Juan Bautista. Sí, Jesús, el que va a venir en la Navidad, puede más que Juan Bautista. De él dijo Jesús que no hay nadie mayor en este mundo que Juan Bautista. Sin embargo, Juan sabía que él era más pequeño que Jesús. Esto nos indica la humildad y el reconocimiento de la verdad por parte de Juan Bautista. Pero, ¿es cierto que Jesús es más y puede más que san Juan Bautista o que cualquiera de nosotros? Hace unos años una persona de Oviedo quiso montar un negocio. Preparó un local, compró mercancía, se dio de alta en Hacienda y en todos los organismos oficiales, me llamó para que le bendijese el negocio. Así lo hice…, y el negocio no salió tan bien como esperaba esa persona. Al cabo de un año montó esa persona otro negocio; realizó las mismas operaciones  (le bendije de nuevo el segundo negocio), pero tampoco esta vez el negocio salió como esperaba. Desde ese momento no volvió a llamarme para que le bendijese más negocios ni más nada, pues se vio que la bendición de Dios no sirve para nada, o que yo estoy gafado, o que es mejor probar con la bendición de otro sacerdote o de otro ‘gurú’. Pero, ¿fue cierto que la bendición de Dios no sirvió para nada? El otro día iba de paseo, hacía un poco de oración y se me vino a la mente este caso. Pensaba que la bendición de Dios no sirve para los negocios, o más bien (creo que Dios me iluminó) que sí que sirve, pero para lo que Dios quiere. ¿Quién sabe si con esas bendiciones Dios protegió a la familia de esa persona de una serie de desgracias, o si les dio luz para una mejor relación familiar, o si les impidió el cometer una serie de pecados, o si…? Solamente cuando lleguemos ante Dios sabremos cómo ha actuado Él en nosotros y en nuestras vidas. Lo que sí tengo claro y confío plenamente es que ni una sola de nuestras oraciones, súplicas, lágrimas, bendiciones, buenas acciones… caen en saco roto.
            San Juan Bautista confiaba plenamente en Dios y por eso fue testigo de su poder, y de su actuación en el mundo y en las personas. Juan Bautista fue capaz de ver más allá de los aparentes fracasos. Y por eso supo que Jesús podía y puede más que él. Jesús puede más que nosotros, y queremos que venza en nosotros el desánimo, el pecado, la falta de fe, los fracasos, la apatía, la muerte…
            2) San Juan Bautista no merece agacharse para desatar las sandalias de Jesús. Nosotros no tratamos igual a uno mal vestido que a otro bien vestido; no tratamos igual a uno que tiene un sueldo de 700 € al mes que a otro que tiene miles de millones de euros en sus cuentas; no tratamos igual a un desconocido que a otro ‘superfamoso’; no tratamos igual a una persona vieja y fea que a otra persona joven y hermosa… Pero los que tienen experiencia de Dios se comportan de otro modo: san Juan Bautista trataba igual a unos que a otros a la hora de predicar. El evangelio nos dice que san Juan Bautista echaba en cara los pecados a la gente, aunque fueran ricos o famosos o poderosos. Otros hacemos de otro modo. Veamos dos ejemplos que nos narra el evangelio de cómo actúa Juan Bautista:
- “Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: ‘Raza de víboras, ¿quién os enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Producid el fruto de una sincera conversión, y no os contentéis con decir: «Tenemos por padre a Abraham». Porque yo os digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego’” (Mt. 3, 7-10). Los fariseos eran poderosos en la religión judía, los saduceos eran muy ricos en el tiempo del Israel de san Juan Bautista y de Jesús, pero Juan no se fijaba en su poder o en su dinero.
- “Herodes, en efecto, había hecho arrestar, encadenar y encarcelar a Juan, a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía: ‘No te es lícito tenerla’” (Mt 14, 3-4). Nadie se hubiera atrevido a decirle esto a la cara a Herodes. Por detrás sí, pero a la cara no. Nadie…, salvo san Juan Bautista. Y es que para san Juan Bautista no era importante el ‘tener’, sino el ‘ser’ de cada persona.
Sin embargo, Juan, que no se arrodillaba ante nada ni ante nadie terreno, sí que ante Dios y ante Jesús se sentía como el más pequeño. Juan Bautista sabía la distancia que había entre él y Jesús. Por eso, el evangelio de hoy nos dice que Juan Bautista no se considera ni siquiera digno de desatar las correas de las sandalias de Jesús. Desatar las sandalias de otro era tarea de un esclavo. Un esclavo era lo más bajo de la sociedad de aquel tiempo. Pues bien, Juan Bautista se consideraba menos que un esclavo ante Jesús.
¿Qué vería él en Jesús que nosotros no vemos? ¿Cuán grande será Jesús para que nosotros no merezcamos siquiera desatarle las sandalias? Sólo los santos saben de verdad de estas cosas. Pidamos en este tiempo de Adviento LUZ PARA VER LA VERDAD DE JESÚS COMO LA VEÍA SAN JUAN BAUTISTA Y HUMILDAD PARA RECONOCER SU GRANDEZA.
3) Jesús nos bautizará con Espíritu Santo. Esto lo dejamos para otro momento y para otra homilía, si Dios quiere. Solamente quiero decir que uno es bautizado con Espíritu Santo cuando siente el consuelo de Dios sobre sí, cuando siente que Dios le habla al corazón. Así nos lo dice el profeta Isaías en la primera lectura de hoy: Consolad, consolad a mi pueblo, –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén.