viernes, 26 de noviembre de 2010

Domingo I de Adviento (A)

28-11-2010 1º DOMINGO ADVIENTO (A)

Is. 2, 1-5; Slm. 121; Rm. 13, 11-14a; Mt. 24, 37-44



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Con este domingo de Adviento comenzamos el nuevo año litúrgico y, además, el tiempo de preparación para la Navidad.

Una de mis labores como sacerdote consiste en ayudaros (y a mí mismo también) a que os encontréis en la mejor disposición para estos días santos que se avecinan. Así, vosotros y yo cumpliremos el mandato de Jesús en el evangelio de hoy: “Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”.

Por estas fechas, con frecuencia, os insisto en que sería conveniente preparar un plan de acción y de vivencia como un buen modo de disponerse a experimentar el Adviento y situarnos de cara a la Navidad. Si me lo permitís, voy a proponeros algunas líneas concretas de acción y para ello me serviré de unas palabras del Papa Benedicto XVI en su reciente viaje a España. Resulta que en aquellos días los periódicos resaltaron unas palabras del Papa contra el laicismo imperante en la sociedad española y a muchos les pareció mal, pues pensaron que el Papa quería entrometerse en vida social y política de España[1]. Yo he buscado entre las palabras del Papa a fin de contrastar la información e ir, además, directamente a la fuente. Pues bien, he encontrado las palabras del Papa, las cuales no fueron dichas en un discurso u homilía, sino en respuesta a un periodista: “España ha sido siempre un país «originario» de la fe; pensemos que el renacimiento del catolicismo en la época moderna ocurrió sobre todo gracias a España. Pero también es verdad que en España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un laicismo fuerte y agresivo, como lo vimos precisamente en los años treinta, y esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, se realiza hoy nuevamente en España”.

¿Realmente estamos viviendo un laicismo beligerante en España contra el hecho religioso? La semana pasada se publicaba en un periódico de la región una noticia, de la cual entresaco estas afirmaciones: “Los padres de los alumnos que no se matriculan en la asignatura de Religión dicen sentirse discriminados. ¿Qué denuncian entonces estas familias? Fundamentalmente (1) la desatención de sus hijos durante la hora en la que están en Atención Educativa, que es la materia optativa a Religión, y la pérdida de tiempo que supone tener a unos alumnos metidos una hora en una clase en la que no se hace nada, ya que no se pueden adelantar contenidos del currículo. Pero además critican (2) los alicientes que se ofrece a los estudiantes que se matriculan en Religión. ‘Se organizan actividades extraescolares con el dinero de todos y en las instalaciones de todos, generalmente de carácter festivo para los niños de Religión, mientras los de alternativa siguen siendo mal atendidos y la sensación de castigo es aún mayor’. En el caso concreto de Secundaria, los docentes de Religión ‘han dotado a su materia de todas las actividades extraescolares posibles, con viajes, convivencias, salidas del centro...’, todo esto (3) ‘con cargo al presupuesto del centro’. Pero esta programación (4) está vedada a los estudiantes de la alternativa, ‘que carecen de toda actividad extraescolar’, ya que esta asignatura no tiene ningún tipo de programación ni planificación”. Habiendo consultado con diversos docentes de institutos estatales sobre las afirmaciones del artículo periodístico, me hicieron las siguientes matizaciones: (1) La clase alternativa a la asignatura de religión, según establece la ley, tiene contenido, el cual ha de ser elaborado por cada centro y/o por el profesor; en la mayoría de los casos esto no se hace por desidia o comodidad del centro y/o de los profesores. (2) Cada profesor y departamento es libre para realizar actividades extraescolares y así se hace sin ningún tipo de problema. Además, ¡claro que los alumnos de religión usan los locales del Instituto, puesto que son alumnos y todos los alumnos tienen derecho a ello! Por eso no se entiende la denuncia en este aspecto. (3) Las actividades extraescolares no son subvencionadas por los centros, sino por los propios alumnos. Sólo en casos muy contados los centros aportan algo, pero más bien se trata de una cantidad simbólica, ya que andan escasos de presupuesto. (4) Las actividades extraescolares de la clase de religión no están vedadas a otros alumnos, los cuales pueden participar siempre que quieran, aunque con un permiso escrito de sus padres.

Una vez expuesto todo esto, he pensado en elaborar un plan para este tiempo de Adviento: un tiempo de gracia y de proximidad de Cristo que viene a nuestro encuentro y para nuestra salvación. Sí, es Jesucristo el que viene a nosotros y él mismo nos dice en el evangelio de hoy: “Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”. ¿Qué podemos hacer por nuestra parte para recibirlo en esta Navidad que se acerca? Y aquí enmarco el plan de Adviento que os propongo, teniendo en cuenta, además, las circunstancias que vive España de una “laicidad, un anticlericalismo, un laicismo fuerte y agresivo”, como nos ha dicho el Papa en su reciente visita:

- Procuraré en este tiempo de Adviento luchar por vivir en la verdad y en la coherencia. Vivir la verdad significa estar dispuesto a decir lo cierto, cueste lo que cueste y sean cuales sean las consecuencias. Pero la verdad no es sólo una realidad de ida; también es una realidad de vuelta. O sea, tengo que estar dispuesto a decir la verdad, pero igualmente a que se me diga. Mi vida tiene que estar de acuerdo, no sólo con lo que pienso, sino y sobre todo con el evangelio de Jesús. No a las mentiras; no a los fariseísmos. Quiero que éstas sean las pajas del colchón de la cuna del Niño Jesús.

- Procuraré en este tiempo de Adviento vivir en la libertad ante lo que digan o piensen los demás. Promoveré mi libertad, pero también la de los demás, aunque no estén de acuerdo conmigo. No me dejaré esclavizar por comidas, bebidas, televisiones, ordenadores, dineros, ropas, aficiones, gustos, ideologías, perezas, obsesiones, personas… Sólo serviré a Dios, mi Señor. Quiero que esto sean las patas y el armazón de la cuna del Niño Jesús.

- Procuraré en este tiempo de Adviento manifestar lo que soy y en lo que creo. Asimismo procuraré vivir mi fe en Dios en medio del mundo, y no simplemente en la intimidad de mi conciencia por miedo a los demás o por cobardía ante la reacción de los que me rodean. Quiero que todo ello sea el portal donde estén la cuna y las pajas en donde nazca el Niño Jesús.



[1] Laicismo es la corriente de pensamiento, ideología, movimiento político, legislación o política de gobierno que defiende, favorece o impone la existencia de una sociedad organizada aconfesionalmente, es decir, de forma independiente, o en su caso ajena a las confesiones religiosas. Laicidad supone un mutuo respeto entre Iglesia y Estado fundamentado en la autonomía de cada parte. El laicismo significa e implica una hostilidad o indeferencia contra la religión.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Domingo Jesucristo, Rey del Universo (C)

21-11-2010 JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (C)

2 Sam. 5, 1-3; Slm. 121; Col. 1, 12-20; Lc. 23, 35-43



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Celebramos hoy el último domingo de este año litúrgico, y lo hacemos con la festividad de Jesucristo, Rey del universo. Hoy quisiera detenerme en hablar un poco sobre el Reino de Dios. Lo que diré serán unos meros apuntes sin pretender agotar el tema.

Una vez que Jesús fue bautizado en el Jordán, se puso a predicar por todo Israel y su predicación no consistía en explicar el Antiguo Testamento o en hablar sobre una nueva religión o en exponer un modo concreto de comportarse. No. Las primeras palabras de predicación de Jesús fueron éstas: “Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio” (Mc. 1, 15). Sí, Jesús anunció la llegada del Reino de Dios a Israel y a todo el mundo. Jesús “fue caminando de pueblo en pueblo y de aldea en aldea proclamando y anunciado la buena noticia del Reino de Dios (Lc. 8, 1). En los cuatro evangelios aparecen 122 veces la expresión “Reino de Dios” o “Reino de los Cielos”, que es equivalente. Y de ellas 90 veces aparece en labios de Jesús.

¿En qué consiste este Reino anunciado por Jesús? Él nunca lo dijo directamente. No hay una exposición sistemática y perfectamente delimitada por parte de Jesús de lo que es el Reino de Dios. Lo que sí es cierto es que, con este anuncio, Jesús entusiasmó y dio esperanza a muchos de los que le escuchaban. Al oír a Jesús anunciar el Reino de Dios que estaba llegando, los israelitas se acordaban de las palabras del profeta Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia salvación, que dice a Sión: ‘Ya reina tu Dios’!” (Is. 52, 7).

Vamos a examinar algunas de las características propias del Reino de Dios:

- Cuando Jesús anunció a todos que el Reino de Dios ya estaba presente, todos se extrañaron, pues esperaban un reino humano y con ejércitos, que expulsase a los romanos y liberase a Israel del yugo de un imperio extranjero. Se esperaba un reino que trajese paz y justicia para todos, pero… eso no se daba en el momento en que Jesús predicaba la llegada del Reino. Por eso, muchos se mofaron de Jesús y no le creyeron, mas Jesús insistía en la presencia del Reino de Dios “entre vosotros”. Les decía, y ésta es una característica del Reino de Dios, éste no viene de una manera terrible o espectacular o a costa de la muerte y del sufrimiento de los otros (de los romanos, de los ricos, de los opresores, de los canallas…), sino que el Reino de Dios es una fuerza liberadora, humilde pero eficaz y al alcance de todos los que lo acojan con fe. En este mundo no hay sólo mal; también existe el bien, pues la presencia liberadora y amorosa de Dios actúa en todo hombre que acoja con fe este Reino.

- Una segunda característica del Reino anunciado por Jesús es que Dios ama y se preocupa de los hombres, de todos los hombres, independientemente de su sabiduría, de su modo de vivir, de su raza, de su sexo, de sus ideas, de su riqueza, de su salud. Para Dios todos los hombres son iguales.

- El Reino de Dios no viene a destruir a los pecadores, sino el pecado que hay en el hombre y en la sociedad. Jesús está convencido de esto y así lo expresa: “He visto a Satanás cayendo del cielo como un rayo” (Lc. 10, 18). Fruto de esta victoria sobre el mal y de la liberación de los hombres viene la alegría. Y es que la alegría forma parte del Reino de Dios: “En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: ‘Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado todas estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien […] Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron” (Lc. 10, 21.23-24).

- El Reino de Dios no consiste en una victoria de los justos sobre los pecadores y los canallas, sino en una liberación de los que sufren el mal, cualquier mal para poder vivir digna y gozosamente. ¿De dónde saca Jesús esta convicción de que el Reino no es vencer, sino amar, liberar y perdonar? Pues lo saca de su propia experiencia. En efecto, dice Jesús: El“Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt. 5, 45).

- Signo de que el Reino de Dios ha llegado a los hombres es que Jesús les cura, les alivia su sufrimiento. Jesús no cura de modo arbitrario o para probar su mensaje o para reafirmar su autoridad o por puro sensacionalismo. Jesús cura por compasión (padecer con) hacia los hombres, hacia el hombre concreto que tiene ante sí. “Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Lc. 11, 20). Y en la misma línea están aquellas preciosas palabras de Jesús cuando los discípulos de Juan vienen a preguntarle de parte de éste si él es el Mesías: “Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Mt. 11, 4-5).

- Jesús no excluye a nadie de este Reino. Todos están llamados a entrar en él, pero hay que tener una serie de condiciones y de actitudes para poder ser ingresados en el Reino de Dios. Todo ello está recogido en las bienaventuranzas. Fijaros cómo empiezan y cómo terminan éstas: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos […] Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 3.10).

Para terminar os expongo dos formas concretas de actuación del Reino de Dios: un hecho sucedió hace 2000 años y otro está sucediendo ahora mismo:ara probar su mensaje o para reafirmar su autoridad o por puro sensacionalismo. "raciy se las has

- En el evangelio que acabamos de escuchar se nos dice que, estando Jesús en la cruz, “las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: ‘A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si él es el Mesías de Dios’”. También se burlaban de Jesús los soldados y le decían: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Incluso uno de los malhechores crucificado lo insultaba. Sin embargo, en medio de los tormentos que Jesús padecía, en medio de las burlas e insultos, en medio de la soledad y abandono de sus discípulos y de Dios, Jesús aún es capaz de hacer visible el Reino de su Padre Dios y acoger al otro malhechor crucificado, que le suplicaba. Jesús le dijo: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. El Reino de Dios es más fuerte que el Reino de Satanás, el bien es más fuerte que el mal. ¡Seguro!

- En estos días supe de una mujer que trabaja como asistente social en un departamento de una organización estatal, y se le presentó un caso de una chica con especiales circunstancias, que ha quedado embarazada. Todos los compañeros de la asistenta social, la familia de la chica y todo el entorno presionan a dicha chica para que aborte, aunque el niño venga bien. Si esta asistenta social, que es católica, se posiciona a favor de la vida de ese niño que viene, entonces todos se le echaran encima y la “machacarán”. Todos presionan a esta asistenta social, porque sus opiniones y palabras pesan mucho en la chica embarazada. ¿Qué hacer ante este caso? Si la asistenta social toma partido por aconsejar a la chica que siga con su embarazo hasta el final, el ambiente en su trabajo se volverá irrespirable y le pueden hacer la vida imposible; los familiares y conocidos de la chica la señalarán con el dedo y dirán barbaridades de ella. ¿Qué hacer? Pues esta asistenta social en conciencia y por ser fiel a su Señor Jesucristo aconsejará a la chica que siga con el embarazo para adelante. Esta asistenta social es hoy signo visible y patente de que el Reino de Dios ha llegado hasta nosotros, pues para ella es más importante obedecer a Dios que a los hombres, salvar una vida humana que salvar una tranquilidad en su puesto de trabajo y en su vida.

¿Está el Reino de Dios presente en mi vida? ¿Cuáles son los signos concretos de ello?

viernes, 12 de noviembre de 2010

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (C)

14-11-2010 DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO (C)

Mlq. 4, 1-2a; 3, 19-20; Slm. 97; 2 Ts. 3, 7-12; Lc. 21, 5-19



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

- En la segunda lectura San Pablo habla así a los cristianos de Tesalónica: “No viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser una carga para nadie […] Cuando viví entre vosotros os lo dije: el que no trabaja, que no coma. Porque me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a ésos les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan”. La primera vez que leí estas palabras me llamaron mucho la atención, pues siempre había pensado que los primeros cristianos eran todos santos y muy fieles a Jesús, pero aquí se traslucía otra cosa. En efecto, al estudiar la Biblia, y sobre todo esta parte, supe que los primeros cristianos esperaban que el fin del mundo sucediera de modo inminente. Por otra parte, hubo gente que veía cómo los primeros cristianos ayudaban a los menesterosos y compartían todos sus bienes. Por eso, algunos de los nuevos bautizados esperaban simplemente que los otros cristianos les mantuvieran a ellos, pues decían que “en eso consistía el amor predicado por Jesús” y otros no se esforzaban en nada, ya que el fin del mundo iba a llegar de un momento a otro. De ahí la constatación de San Pablo: “Me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada”. San Pablo se pone a sí mismo como ejemplo de persona trabajadora, pues no quiere ser ninguna carga para nadie, y al mismo tiempo recomienda a los “vagos”, tanto aquellos que quieren vivir a costa de los demás como aquellos que esperan el fin del mundo, “que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan”. Este asunto, por lo visto, era un poco viejo, pues San Pablo ya observó esto cuando estuvo la primera vez con los cristianos de Tesalónica y ya entonces exhortó a que todo el mundo trabajara. No obstante, algunos debían seguir sin hacer caso y, por eso, San Pablo recuerda de nuevo sus palabras de entonces: “Cuando viví entre vosotros os lo dije: el que no trabaja, que no coma”. Lo dijo entonces y lo dice después.

- Con esta introducción quisiera dedicar hoy algunas palabras al trabajo. No pretendo aquí agotar este tema en una simple homilía de varios minutos de duración. Sólo intento hacer un resumen de lo que la doctrina cristiana, extraída de la Biblia, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, dice sobre el trabajo.

El trabajo del que aquí se hablará ha de ser entendido en el más amplio sentido, es decir, cualquier actividad humana que transforma el mundo, nuestro entorno. No quiero ceñirme exclusivamente al trabajo remunerado o que conlleva un fruto dinerario. En el término trabajo se ha englobar el manual y el intelectual. Por lo tanto, el trabajo es propio, no sólo de los adultos, sino también de los niños, de los adolescentes, de los jóvenes, de los jubilados… Todos estamos llamados a trabajar, según nuestras capacidades y nuestras circunstancias.

Muy unido al trabajo se encuentra la pereza. En el mundo occidental y, por supuesto, también en España contamos con un número creciente de generación “ni-ni” (ni estudia ni trabaja). El resultado ya es catastrófico, pero lo será aún más: graves problemas psiquiátricos, pérdidas inútiles de capacidades y de talentos, aumentos de delitos contra las personas y con las propiedades y un largo etcétera. Y es que la pereza destruye al ser humano. Decía Casiano, un padre del desierto: “El monje que trabaja no tiene más que un demonio para tentarle, mientras que al ocioso y holgazán lo tortura una legión de espíritus malvados”. Igualmente decía San Juan Crisóstomo hablando de la pereza y en un texto muy bello: “El agua estancada se corrompe, mas la que corre y se derrama por mil arroyos conserva su propia virtud. El hierro que yace ocioso, consumido por la herrumbre, se torna blando e inútil, mas si se lo emplea en el trabajo, es mucho más útil y hermoso y apenas sí le va en zaga por su brillo a la misma plata. La tierra que se deja baldía no se ve que produzca nada sano, sino malas hierbas, cardos y espinas y árboles infructuosos; mas la que goza de cultivo se corona de suaves frutos. Y, para decirlo en una palabra, todo ser se corrompe por la ociosidad y se mejora por la operación que le es propia. Ya, pues, que sabemos cuánto sea el daño de la ociosidad y el provecho del trabajo, huyamos de aquélla y démonos a éste”.

Asimismo unido al trabajo se halla el descanso y que no debe ser confundido con la pereza. El descanso es necesario para reponer fuerzas, fomentar las relaciones familiares, practicar la fe en comunidad e individualmente, ejercitar la convivencia cívica, elevar el nivel de conocimientos culturales y cultivar los valores artísticos y deportivos (cfr. GS 67c).

La fe cristiana tiene una visión positiva del trabajo. Por tanto,

1) El trabajo no debe verse como una equivalencia salarial y menos aún como un castigo[1] o una fatalidad, sino como una bendición de Dios para la realización personal. Así lo dice Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens: el ser humano, al trabajar, transforma la naturaleza y se realiza a sí mismo como persona. En la misma línea se pronuncia el Concilio Vaticano II: el hombre “con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo […] El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene” (GS 35a). Al final de nuestra vida no vamos a tener la mayoría de nosotros que ofrecer a Dios y a la sociedad sino una vida corriente llena de labor, como la tuvo Jesús la mayor parte de su existencia. De hecho, Jesús, que vivió 33 años, se pasó 30 de ellos en una vida ordinaria de trabajo. En efecto, Jesús conocía muy bien el mundo del trabajo y en su predicación utilizó frecuentemente imágenes de las diversas tareas de los hombres: pescar, sembrar, atender una viña o una piara de cerdos o un rebaño de ovejas, construir una casa, barrer una casa, segar, comerciar…

2) El trabajo humano significa colaboración y participación en la actividad creadora de Dios[2], el cual ha entregado su obra al hombre para que la continúe en provecho de la humanidad. Por eso, todo hombre trabajador es un creador. Así, el trabajo es una vocación de Dios para el hombre, pero también es un bien personal y social. “La conciencia de que el trabajo humano es una participación en la obra de Dios debe llegar, como enseña el Concilio, incluso a ‘los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres […] con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia’” (Laborem exercens 25d; GS 34b). En efecto, la fe cristiana no aparta al creyente de la edificación de este mundo ni le inducen a despreocuparse de los demás y del progreso humano, sino que, muy al contrario, le imponen el deber de hacerlo (cfr. GS 34c).

3) El sudor y la fatiga del trabajo están unidos inevitablemente al trabajo, pero de este modo participamos de la pasión y muerte de Cristo en la cruz, y colaboramos con Él en la salvación de los hombres (Laborem exercens 27c). Efectivamente, con el trabajo se contribuye al provecho de los hombres, por eso el trabajo humano tiene un fin claramente social (GS 38).

4) Para Pablo VI, el trabajo no puede ser un fin en sí mismo”. Por ello, Juan Pablo II decía en 1979, al inicio de su pontificado: “Cristo no aprobará jamás que el hombre sea considerado o se considere a sí mismo solamente como un instrumento de producción; que sea apreciado, estimado y valorado según ese principio. ¡Cristo no lo aprobará jamás! Por eso se ha hecho clavar en la cruz, como sobre el frontispicio de la gran historia espiritual del hombre, para oponerse a cualquier degradación del hombre, también a la degradación mediante el trabajo […] De esto deben acordarse tanto los trabajadores como los que proporcionan trabajo; tanto el sistema laboral, como el de retribución. Lo deben recordar el Estado, la Nación y la Iglesia.

5) El trabajo del hombre busca la mejora de este mundo, pero sin perder de vista que buscamos el Reino de Dios, que es el fin último de toda la creación. Así, hemos de tener muy en cuenta las máximas de Jesús, el cual nos dice que hemos de trabajar, no por el alimento que perece, sino el que perdura para la vida eterna; y también que hemos de almacenar tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roan, ni ladrones que abran boquetes y roben (Jn 6, 27; Mt 6, 20).



[1] El trabajo ha sido visto en ocasiones como un castigo divino. Esta visión se “apoyaría”ieles a Jesnarse el pan los cristianos de Tesalablo habl en la condena a Adán en el paraíso: “Maldita sea la tierra por tu culpa. Con fatiga comerás sus frutos todos los días de tu vida […] Con el sudor de tu frente comerás el pan d tu culpa. un castigo divino. no quiere ser ninguna carga para nadie, y al mismo tiempo recomienda a (Gn. 3, 17.19).

[2] Los hombres mediante el trabajo se asocian a la propia obra creadora y redentora de Dios. “De aquí se deriva para todo hombre el deber de trabajar fielmente, así como también el derecho al trabajo. Y es deber de la sociedad, por su parte, ayudar, según sus propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan encontrar la oportunidad de un trabajo suficiente. Por último, la remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común” (GS 67).

jueves, 4 de noviembre de 2010

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (C)

7-11-2010 DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (C)

2 Mcb. 7, 1-2.9-14, 2; Slm. 16; 2 Ts. 2, 16-3, 5; Lc. 20, 27-38



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Con la homilía de hoy termino estas predicaciones sobre Julio Figar.

- La fuerza de la Palabra de Dios en Julio. La Palabra es la espada del Espíritu y Julio no quería suavizar en nada la gravedad del corte. Una vez, recién ordenado sacerdote, un fraile mayor que él y Julio mismo dieron dos días ejercicios espirituales a 70 chicas de 3º de BUP. La predicación fue directísima. Nada de los temas socorridos del momento como por ejemplo: la responsabilidad, padres de hijos, chicos y chicas, aborto, divorcio o algo semejante, sino que se predicó directamente la muerte de Cristo, nuestra muerte en todo, conversión, el don del Espíritu Santo, etc. Al segundo día las dejaron unas horas para que expresaran sus opiniones o testimonios. Les pusieron perdidos… Una se levantaba y decía: “porque yo he vivido hasta ahora, ¿no?” Otra: “Sí, yo admito que el Señor me ayude, pero soy yo, yo, yo”. Llegó la cosa a tal punto que a las chicas les empezó a dar lástima de los dos frailes. En un momento que pudo, sin embargo, Julio le dijo por lo bajo al fraile mayor: “te das cuenta lo que hace la Palabra de Dios”. Al subir después de la media hora de descanso el fraile mayor tenía pensado suavizar un poco las cosas y decirles que esto hay que entenderlo así o así… Julio le dijo: “déjame hablar a mí”. Julio cogió la 1ª a los Corintios, capítulo 2: “Yo no he venido a predicar con palabras de sabiduría humana…”. En vez de suavizar, agudizó todavía mucho más la dureza de la Palabra. Durante tres cuartos de hora el silencio se cortaba con un cuchillo. En algún momento el fraile mayor pensó que las chicas se les iban. Pero no fue así, todo lo contrario. El Señor obró maravillas y siguieron todavía después de varios años.

La finalidad de la predicación de Julio era la liberación de las gentes. Hay mucha gente que no está liberada. Pero el hecho de predicar la liberación no libera a la gente; al contrario, cuando predicamos la liberación donde no hay liberación la gente queda frustrada y es posible que se aumente su desesperación. Entonces de lo que se trata es de dar a las gentes un poder para ser liberados. Jesús no vino a traernos una nueva doctrina, sino un poder para ser sanados, para ser liberados; pero este poder no lo tenemos en nosotros mismos. Julio prescindió casi por completo de dar consejos, de hacer psicología o pedagogía, incluso de consolar a la gente; él iba derecho a pedir al Señor ese poder para que la gente que acudía a él fuera liberada. Entraba con la gente en oración y el Señor, sin quitar los problemas, derramaba su paz. La mayoría de los problemas humanos vividos en el Señor, dejan de ser problemas.

Finalmente, otra de las características de la predicación de Julio era hacerla desde la pobreza de espíritu: Desaparición de la persona del predicador convertido en puro instrumento para que no hubiera ningún impedimento a la acción del Espíritu. Julio estaba bien convencido de la imposibilidad de convertir y liberar a nadie por las solas fuerzas humanas. Imposible. El Señor es el único dueño de los corazones y la Palabra sólo convierte cuando va acompañada por la acción del Espíritu en el interior de los corazones. Julio oraba con muchísima frecuencia: “Señor no permitas que te robemos tu gloria”. Y es que el predicador tiene el peligro de referir los frutos a la fuerza o al atractivo de su personalidad. Él tuvo problemas con esto, porque la gente le daba mucha gloria y demasiados elogios. Y el Señor no cede su gloria a nadie. Y es bueno que así lo haga. Pero el Señor defendió a Julio de una manera admirable dándole el don de una gran pobreza interior. De tal forma que todo su gran éxito humano no llegó nunca a afectarle el corazón. Tampoco le afectaron demasiado las críticas. Una vez en Lanzarote al acabar una charla de Julio alguien le dijo: “Me ha defraudado Vd. Lo único que siento es cómo está Vd. engañando a la gente”. Y siguió con su discurso sobre métodos orientales de oración. Julio ni se inmutó. No se dejaba conmover ni por los racionalismos, ni por ningún tipo de ideología. Él sabía que no debía entrar en discusión y alimentar así los mecanismos de defensa de mucha gente.

- La muerte de Julio. El 28 de diciembre de 1981 hacia las tres de la tarde, viniendo de Ocaña a Madrid, el P. Julio Figar tuvo un accidente que le costó la vida. Venía a un cursillo sobre oración En una curva peligrosa, en el Km. 41, tal vez por la abundante lluvia caída todo el día, el coche patinó y, dando vueltas sobre sí mismo, invadió la calzada contraria en el momento que pasaba un camión que le arrolló. Allí mismo hay un puesto de la Cruz Roja. Los que estaban de servicio fueron testigos del accidente y ellos mismos le trasladaron a la Clínica 1º de Octubre de Madrid. Allí ingresó con una relativa gravedad a las 16,20 horas. Tenía rotas dos vértebras y un hematoma grande, pero apenas perceptible al exterior, detrás de la oreja derecha. Viajaba solo.

Esta primera tarde reconoció a algunas personas y aunque no podía hablar daba signos de presencia apretando las manos de los que le saludaban. Le pusieron en la habitación 237, ya que no parecía su situación de extrema gravedad. Se quedó con él por la noche Beatriz, una chica del grupo Rosa de Sarón (de la Renovación Carismática), que es enfermera. Hacia las cuatro de la mañana su situación se agravó y Beatriz se dio cuenta de que se iba. Llamó a médicos y enfermeras que le trasladaron a la UVI y le entubaron, ya en situación crítica. Al llegar por la mañana temprano, Beatriz entre lágrimas y sollozos contó lo que había pasado y llena de emoción repetía sin cesar: “Se me ha muerto Jesucristo entre mis brazos. Me he pasado toda la noche besándole los pies. ¡Qué impotencia, Dios mío, que impotencia!”

Permaneció varios días clínicamente muerto, si bien seguía respirando con ayuda de aparatos. En estos días acudió al hospital una multitud de personas que terminaban, por lo general, en la capilla del 7º piso haciendo oración por grupos o asistiendo a alguna Eucaristía. El Señor fue dando paz a los corazones y se comenzó a vislumbrar el misterio de una muerte tan temprana y tan absurda a los ojos de los hombres. Incluso sus padres y sus dos hermanas se contagiaron del ambiente reinante y de la paz de todos. Su madre el segundo día dijo: “noto una fuerza mágica dentro de mí que me da mucha paz”. Así hasta las ocho de la mañana del día 1 de Enero en que falleció. Tenía 27 años de edad y le faltaban algunos meses para cumplir los tres años como sacerdote.

Fueron centenares de personas las que acudieron a visitar su lecho de muerte. Nunca se vio un cadáver tan querido, tan tocado, tan besado, tan contemplado… pasándole rosarios, estampas, etc. Su madre dijo en un momento de especial aglomeración: “nos le rompen, nos le rompen”.

Por eso mucha gente ha comentado: Julio ha muerto, pero su espíritu está entre nosotros. Y la verdad es que esta palabra “espíritu” se podía poner con mayúscula, porque el que actuó en Julio no fue su espíritu, sino el Espíritu de Cristo. Otras han hablado de la necesidad de heredar y continuar el espíritu de Julio. Y desde la fe mucha gente se ha visto sorprendida por una fuerte presencia espiritual de Julio. La muerte de una persona santificada por el Señor, se puede interpretar sin duda en términos de resurrección y de presencia consoladora, sobre todo cuando suceden hechos reales de cambios de vidas y se percibe que algo nuevo ha brotado entre nosotros. Y esto no por los méritos de nadie, sino por un aumento de la Misericordia del Señor.