miércoles, 23 de mayo de 2012

Domingo de Pentecostés (B)


27-5-2012                              PENTECOSTES (B)

Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Voy a tratar de comentar y profundizar en la homilía de hoy sobre las últimas palabras del evangelio, que dicen así: Jesús “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”.
            1) Jesús exhaló el aliento sobre los discípulos. En la mentalidad judía el aliento era el signo de la vida. En efecto, expulsar el último aliento era la señal de la muerte[1], pero recibirlo era el signo de la vida. Por ello, se nos dice en el libro del Génesis que, al crear Dios al hombre, lo hizo de esta manera: “el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente”(Gn. 2, 7). O también en el libro de Job: “Me ha hecho el espíritu de Dios, el soplo del Poderoso me dio la vida” (Jb 33, 4). De aquí podemos sacar dos consecuencias: 1) Cuando Jesús sopla su aliento sobre los discípulos, hemos de tener en cuenta que es Dios mismo quien lo hace. Por eso podemos decir que se trata de una aliento divino. 2) Por otra parte, Jesús, que sopló sobre los discípulos aquel domingo, había regresado de la muerte y estaba vivo: vivo y para siempre. Por lo tanto, lo que Jesús entrega a sus discípulos es un aliento que da vida eterna.
            Según todo esto que acabamos de decir, los discípulos de Jesús creemos firmemente que, en el momento de la fecundación, o sea, de la unión del espermatozoide y el óvulo, Dios mismo sopla su aliento divino de vida eterna en su criatura. En cada ser humano concebido Dios mismo se hace presente[2] mediante el beso de su soplo, pero también, a la hora de su muerte, Dios mismo recibe en sus labios el último aliento del hombre. El aliento vino de Dios y a Dios vuelve; la vida vino de Dios y a Dios vuelve.
            No obstante, hemos de decir que ese soplo que es aliento divino, y ese soplo que está lleno de vida eterna, no sólo nos es dado al inicio de nuestra vida terrena y nos es retirado al final de la misma. NO. Como nos dice el evangelio de hoy, Jesucristo renueva su soplo en distintos momentos de nuestra vida. Voy a contaros un ejemplo que conocí esta semana: una mujer es catequista de varios niños de 1ª Comunión en una parroquia de Avilés. Esta catequista en algún momento enseñó a los niños a orar guardando silencio y escuchando en su interior la voz de Jesús. Alguna vez lo hicieron y a los niños les gustó mucho. Pues resultó que la semana pasada la catequista les propuso otra vez orar de esa manera y ellos aceptaron entusiasmados. La catequista, no queriendo cansarlos, les propuso hacer esa oración de escucha de Dios durante 5 minutos. Empezaron y uno de los niños, el más trasto, comenzó a reírse por lo que la catequista, para que no distrajera a los demás, le dijo que saliera al pasillo y, cuando se le pasara la risa, que volviera. Al terminar el momento de oración la catequista fue preguntando a cada uno de los niños qué había sentido y una niña contestó de modo natural: ‘Sentí que Jesús me decía que quería ser recibido por mí’ el día de la 1ª Comunión.
            Tengo muy claro que Jesús sopla su aliento divino y lleno de vida eterna sobre todos nosotros, y esto lo hace en muchísimas ocasiones a lo largo de toda nuestra vida. Lo que no tengo tan claro es por qué a algunos Jesús nos envía su aliento y nos comportamos como el niño que se reía y le mandaban ir al pasillo hasta que se le pasara la risa, y otros pueden ser como esa niña que percibió claramente el aliento de Jesús pidiéndole permiso para entrar dentro de ella el día de su 1ª Comunión.
            2) Jesús entrega a sus discípulos el Espíritu Santo. Al soplar Jesús sobre sus discípulos les procura el Espíritu: la tercera persona de la Santísima Trinidad pasa a ser compañero inseparable de los cristianos y así hasta el final de los tiempos. El episodio narrado por el evangelio de hoy sucedió el mismo domingo de resurrección, por la noche. Cincuenta días después, en Pentecostés, los discípulos de Jesús reciben ya en toda su fuerza el Espíritu Santo y éste viene acompañado de viento: era el soplo de Dios: “De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”.
            3) Con la fuerza de ese Espíritu los discípulos pueden perdonar pecados en nombre de Dios y también pueden retenérselos en nombre de Dios. En los momentos que estamos viviendo en España, en Europa y en el mundo este don: que Dios y los discípulos de Jesús, en su nombre, puedan perdonar pecados, no está muy considerado. Se dice y se piensa: ‘A mí Dios no tiene pecado alguno que perdonarme, y los cristianos o sacerdotes menos todavía’. Sin embargo, para Jesús era y es muy importante este don. ¿Recordáis cuando le presentan un paralítico desde el tejado para que lo sane, y lo primero que hace Jesús es decirle que le perdona los pecados, y sólo después lo cura de su enfermedad? Sí, para Jesús causa más estrago y es mucho más grave el pecado que lleva el paralítico consigo que su misma enfermedad. Para Jesús es mucho más grave nuestro pecado que no nuestra falta de salud o que la crisis económica que estamos viviendo[3]. Sí, Jesús podría haber dicho cualquier otro de los muchos frutos que produce el Espíritu Santo, pero empezó por el más importante: por el perdón de nuestros pecados.

            ¡Señor, concédenos tu aliento de vida eterna, hoy y siempre!
            ¡Señor, danos tu aliento divino a nosotros que somos tan materialistas y duros de corazón!
            ¡Señor, da tu soplo divino a los niños que te perciben y oyen en su espíritu, pero sobre todo a los niños que no te conocen ‘y se ríen’!
            ¡Señor, otórganos el perdón de todos nuestros pecados y no los retengas en nuestro interior!
            ¡Señor, envíanos tu Espíritu Santo en este día de Pentecostés!


[1] En el salmo 104 se dice explícitamente: “si retiras tu soplo (a las criaturas), expiran y vuelven al polvo” (Slm 104, 29).
[2] “Y Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; a imagen de Dios lo creo; varón y hembra los creó” (Gn. 1, 27).
[3] “No os inquietéis entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’ Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que las necesitáis. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y Dios os dará lo demás” (Mt. 6, 31-33).